<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999</id><updated>2012-02-16T11:09:15.068+01:00</updated><title type='text'>KIMISMO</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>8</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-2440377346649011062</id><published>2012-02-01T19:38:00.004+01:00</published><updated>2012-02-01T19:42:46.591+01:00</updated><title type='text'>DESCARGA GRATIS LAS DOS PARTES DE "KIMISMO"</title><content type='html'>Descarga este libro gratis en los enlaces:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.bubok.com/libros/16990/KIMISMO-La-Odisea-del-Ultimo-Kiyama"&gt;http://www.bubok.com/libros/16990/KIMISMO-La-Odisea-del-Ultimo-Kiyama&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279"&gt;http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-2440377346649011062?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/2440377346649011062/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2012/02/descarga-gratis-las-dos-partes-de.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/2440377346649011062'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/2440377346649011062'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2012/02/descarga-gratis-las-dos-partes-de.html' title='DESCARGA GRATIS LAS DOS PARTES DE &quot;KIMISMO&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-4550465220842364080</id><published>2010-03-03T23:06:00.033+01:00</published><updated>2012-02-01T19:39:41.189+01:00</updated><title type='text'>PUBLICACION DE "EL SUBMUNDO DE MONNIE"</title><content type='html'>Ficha del libro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;KIMISMO. El Submundo de Monnie. Por Elisa Cotarelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Referencia: Artgerust&lt;br /&gt;Género: Juvenil&lt;br /&gt;Temática: Ciencia Ficción y Fantasía&lt;br /&gt;Idioma/s: Español&lt;br /&gt;Formato: 150 X 210mm, 489 páginas.&lt;br /&gt;Precio del libro en papel: 17,50 euros (+ gastos de envio)&lt;br /&gt;Precio del e-book: 4 euros&lt;br /&gt;Editorial: &lt;a href="http://www.artgerust.com/"&gt;http://www.artgerust.com/&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;ISBN: 978-84-15240-25-9&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sinopsis:&lt;br /&gt;Vencido por Altrus, Samuel huye de Candai junto con su familia. Se refugian en la entrada de una cueva y cae en una profunda depresión, hasta que una de las personas que viven con él es asesinada, lo que le obliga a reaccionar. Tendrá que investigar una muerte acaecida en extrañísimas circunstancias. Por si fuera poco, en los barracones de Candai desaparece un esclavo cada noche, evadiendo rigurosas medidas de seguridad...&lt;br /&gt;Por si fuera poco, un amor que comienza en sueños y después se traslada a la realidad, irrumpe en la vida de Samuel llenándola de misterio, pues encuentra el amor de su vida (Monnie) pero ella llega envuelta en secretos que le llenaran de dudas, pues es la principal sospechosa del asesinato y de las desapariciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OS DEJO 10 CAPITULOS PARA QUE VEAIS SI OS INTERESA LA NOVELA (EL LIBRO TIENE 29)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PODEIS COMPRARLO O DESCARGARLO EN EL SIGUIENTE ENLACE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279"&gt;http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SI QUEREIS CONTACTAR CONMIGO, HACER SUGERENCIAS, QUEJAS, HACEROS FAN DEL LIBRO (ME AYUDARÍA MUCHO), O LO QUE QUERAIS, OS DEJO EL ENLACE DE KIMISMO EN FACEBOOK:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.facebook.com/pages/Kimismo-La-odisea-del-ultimo-Kiyama/254078843620"&gt;http://www.facebook.com/pages/Kimismo-La-odisea-del-ultimo-Kiyama/254078843620&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NOTA DE LA AUTORA: el libro en papel está muy bien, viene con una calidad excelente, pero sale un poco caro debido a que la impresión bajo demanda siempre es más costosa que si se imprime una gran cantidad de libros, además están los gastos de envío. En cambio el e-book lo he puesto al precio más reducido que pude, para que todos (los que os guste esta historia) podáis leerla completa. Yo gano muy poco con las ventas de libros en papel (1 euro), con los e-books tampoco, pero me interesaría acreditar un número de descargas para ver si así alguna editorial se anima a publicarme. Además también me serán de gran ayuda vuestros comentarios para dar a conocer esta historia. Es lo que más valoro y, lo que creo que podría resultarme de mayor ayuda, además de las descargas del e-book. Pero lo que más me puede ayudar es que la gente que lea estos capítulos deje sus comentarios en los blogs, redes sociales, amigos, etc. Es muy difícil salir adelante sin dinero para promocionar y sin editorial que respalde al autor. Muchísimas gracias, de corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si quieres descargar o comprar la primera parte, también os dejo el enlace:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LA DESCARGA ES GRATUITA EN ESTE ENLACE:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.bubok.com/libros/16990/KIMISMO-La-Odisea-del-Ultimo-Kiyama"&gt;http://www.bubok.com/libros/16990/KIMISMO-La-Odisea-del-Ultimo-Kiyama&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-4550465220842364080?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='related' href='http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279' title='PUBLICACION DE &quot;EL SUBMUNDO DE MONNIE&quot;'/><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/4550465220842364080/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/02/pagina-web-de-kimismo.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/4550465220842364080'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/4550465220842364080'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/02/pagina-web-de-kimismo.html' title='PUBLICACION DE &quot;EL SUBMUNDO DE MONNIE&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-6631411375447904980</id><published>2010-01-31T00:15:00.023+01:00</published><updated>2011-02-18T22:26:31.947+01:00</updated><title type='text'>CAPITULOS I: LA VISITANTE</title><content type='html'>La cataplasma con la que había untado su cuerpo desnudo comenzaba a secarse, formando profundas grietas que tiraban de la piel hacia los lados causándole una sensación muy molesta. Era la señal de alarma. Si se demoraba en eliminarlo, aquel improvisado vestido de barro se secaría dejando su piel cubierta por una capa tan dura que, para borrarla sin dejar rastro, demandaría un concienzudo lavado. Esa faena agotaba el tiempo que ella consideraba prudente para llegar a casa sin levantar sospechas. Además, si la capa se endurecía, sería necesario un intenso frotado para eliminarla, y eso traería como consecuencia el inevitable enrojecimiento de su blanca piel. Por si fuera poco, conociendo la indiscreción y ansias de cotilleo que tenían tanto su familia como los vecinos para buscar entretenimiento con el que llenar sus monótonas vidas, vendría necesariamente seguido de preguntas sobre las causas de ese cambio en el color cutáneo, a las que no podría dar respuesta.&lt;br /&gt;Era el momento de regresar.&lt;br /&gt;Añadido a lo anterior estaba el hecho de que no debía abusar de la poca paciencia de su padre. Tras muchos días de discusiones y negociaciones, había logrado que él le permitiera disponer (sólo de vez en cuando) de un tiempo libre después del trabajo en los campos de fangut. En algunas ocasiones consentía en que ella abandonara sus labores un tiempo antes de que el resto de la familia se retirara a la casa para tomar la comida de mediodía; otras veces le permitía ausentarse un rato algunas tardes, cuando ellos se retiraban para descansar hasta el día siguiente. En ese aspecto se consideraba privilegiada con respecto a los demás niños y jóvenes del poblado. Ellos no tenían tanto tiempo libre.&lt;br /&gt;Se preguntaba durante cuánto tiempo más podría mantener el engaño, ya que en realidad no empleaba ese tiempo en jugar, como le había dicho a su padre, sino en explorar las rutas interiores de la cueva. Si sus padres supieran la verdad, la encerrarían en la casa durante el resto de su vida. No querrían correr el riesgo de que la maldición proferida por Magmalignus cayera sobre ella con todo su peso.&lt;br /&gt;Aunque realizaba con frecuencia aquellas visitas desde hacía mucho, demasiado tiempo, de pronto se percató de que a pesar del cambio que aquel descubrimiento había representado en su aburrida vida, nunca se había molestado en calcular cuántos días habían transcurrido desde aquella primera vez en la cual descubrió que todo un mundo, desconocido y apasionante, se abría en la boca de la cueva. El tiempo para ella era tan insignificante como una moneda para un millonario. Tenía mucho tiempo, todo el tiempo del mundo. Calculó que quizá había transcurrido un año, aunque también podían ser dos, o diez… Era imposible saberlo con exactitud.&lt;br /&gt;Pero, a pesar de la regularidad con la que frecuentaba aquel lugar, el camino siempre le deparaba sorpresas que se presentaban en forma de rocas que aún no había visto, montículos de artea aquí o allá, en los que nunca antes había reparado. En ese momento pensó que siempre recorría el camino de vuelta tan embebida de la vida que había en la entrada de la cueva que si su secreto quedara al descubierto y se viera obligada a recurrir a su memoria para describir la ruta que le llevaba hasta ellos, le resultaría imposible hacerlo. Como escueta respuesta sólo podría decir que un sendero le guiaba hasta un pequeño pozo con agua suficiente para lavar su secreto y osadía haciendo desaparecer todo rastro del “protector” que usaba para que los escasos rayos de luz que se colaban por la entrada de la cueva no causaran estragos en su piel. Y continuaría el relato diciendo que, una vez satisfecha parcialmente su curiosidad, regresaba a casa siguiendo un largo camino que discurría paralelo al pequeño riachuelo que surcaba las entrañas la cueva y que le conducía a las casas a través de subidas, bajadas, rocas que sortear y otros imprevistos que podrían convertirse en grandes obstáculos para un explorador ocasional que, desde el exterior, se adentrara en la penumbra, pero que resultaban insignificantes para ella, acostumbrada a vivir en la oscuridad. En su relato tampoco podría obviar hacer mención a las dos grandes rocas que le servían de parapeto, colocadas en un punto estratégico por la naturaleza que, en su búsqueda de lo bello y práctico, jamás sospechó acerca del indiscreto uso que podría darles un observador curioso.&lt;br /&gt;Antes de que pudiera darse cuenta sus pensamientos ya habían abandonado la escarpada ruta y estaban de regreso con aquellos seres que despertaban su interés hasta el punto de arriesgarse a espiarlos, aún a sabiendas de lo que podía sucederle si su fechoría era descubierta por parte de alguno de los dos bandos. Si lo hacían los suyos, el castigo sería el confinamiento eterno en aquella choza, a la que no le quedaba más remedio que llamar casa para no ofender a cuantos la habían levantado con mucho sudor y escasos medios. Si la descubrían aquellos a quienes espiaba… mejor no pensarlo. El miedo le cortó la respiración, dejándole la mente en blanco.&lt;br /&gt;También volvió a su mente el recuerdo de aquel día en el que por primera vez vio la casa, ocupando casi toda la entrada de la cueva. Entonces creyó estar ante un gran cubo que una mano gigantesca había escondido allí de forma deliberada, ocultándolo a la mirada de posibles curiosos con una vegetación exterior que lo camuflaba a la perfección, tapando la boca de la cueva sin olvidarse de aparentar casualidad a primera vista, como si aquellos árboles estuvieran allí por obra y gracia de la naturaleza.&lt;br /&gt;No comprendió que aquello era un hogar hasta que un día escuchó una discusión en tono suficientemente elevado como para traspasar las paredes hacia el exterior. Las frases le sonaban raras, pero pudo distinguir en ellas el idioma kimis aunque, eso sí, algo modificado por el transcurso de los siglos y el deterioro del sistema educativo, supuso en esos momentos. Habían pasado varios siglos desde que entraron en aquella cueva y en el exterior la vida seguía su curso, sometida a constantes cambios que tampoco pasaban de largo para el idioma.&lt;br /&gt;Aquel cubo en nada se parecía a las auténticas casas que ella recordaba (obviando los cuchitriles en los que habitaban ahora). Las de antaño (las residencias del Candai libre, previas a la invasión por parte de Altrus y sus secuaces) eran semejantes a esferas cortadas por la mitad, que descansaban en el suelo apoyadas sobre su parte plana. Pero en ningún caso tenían la forma cúbica de un sacai pues, según los expertos constructores de la época, aquella forma era absolutamente inapropiada para la construcción de viviendas porque necesariamente implicaba que al menos una parte de la casa permaneciera completamente oculta a los rayos de Asten que, en cambio, se aprovechaban mejor si las construcciones eran esféricas. Monnie pensó que desde el reinado de aquellas doctrinas habían pasado demasiados años y tal vez los actuales expertos tuvieran buenas razones para ejecutar aquel cambio tan drástico.&lt;br /&gt;Mientras se sumergía en el pequeño pozo de aguas ferruginosas, de donde saldría preparada para emprender el camino de vuelta y presentarse en su casa como si nada hubiera ocurrido, su mente siguió vagando por los recovecos de aquella ciudad que recordaba libre y hermosa. Aquella ciudad albergaba un mundo que, muy a su pesar, se vio obligada a abandonar cientos de años atrás.&lt;br /&gt;Por aquel entonces Candai, con sus viviendas de semiesfera bañadas en cientos de colores diferentes, parecía un hermoso manto de lentejuelas que vestía la colina sobre la que se asentaba. Las casas de los cunches formaban la falda que cubría la ladera. Más arriba, las distinguidas residencias de los roggies adornaban el cuerpo de la montaña. Y el fastuoso palacio que el Rey Kiyama compartía con su hermano Altrus formaba la corona perfecta para la cima. Para ese fin habían segado la cabeza de la montaña y en su lugar instalaron el gran palacio de estructura circular, que abrazaba un inmenso patio en su interior donde guardaba celosamente las más impresionantes naves espaciales jamás diseñadas, según había oído comentar, ya que ni ella ni su familia tuvieron jamás acceso a él. Tenían que conformarse con contemplar las imponentes siluetas de aquellas naves recortarse planas en el cielo, adoptando múltiples formas extrañas, e imaginar cómo sería el resto de su estructura.&lt;br /&gt;A la par que sus manos trabajaban mecánicamente, apresurándose para eliminar la capa de barro que le cubría el cuerpo, su mente seguía vagando por el antiguo Candai, desplazándole hasta las semiesferas asentadas por toda la montaña siguiendo un diseño de urbanización en el que habían trabajado algunos de los mejores arquitectos de la ciudad, capaces de guardar la estética sin olvidar las distinciones que las viviendas debían tener, dependiendo de la clase social de sus moradores. Así las había más grandes y más pequeñas, mejor situadas y peor, unas eran más lujosas y otras más humildes; pero la diferencia fundamental la marcaba el hecho de que sólo algunas de ellas disponían de anduria que, a modo de sombrero plano, cubría la semiesfera. La utilidad real de aquel singular techo era servir de base para el aterrizaje y aparcamiento para la nave familiar, pero también (y ese era su cometido más preciado) llenaba el orgullo de sus dueños aportando estatus social a la vivienda, pues sólo los roggies y kiyamas disponían de nave familiar y de anduria para exhibirla.&lt;br /&gt;Dentro de la clase social de los roggies también había distinciones, que se manifestaban a través de la ubicación de sus viviendas y estaban directamente relacionadas con la afinidad de parentesco o amistad que cada familia compartiera con el Rey Kiyama, con su hermano Altrus o con la compañera del Rey. Así, las casas de los parientes y amigos de la realeza se apostaban en la parte alta de la montaña para que sus dueños disfrutaran del privilegio que aportaba el hecho de residir tan cerca del palacio, beneficiándose del prestigio social que les daba la ubicación de su vivienda y de la seguridad que les proporcionaba la guardia real, que ampliaba su vigilancia hasta sus hogares. Además, el rango social que tenían reconocido les llevaba a ocupar los puestos de mayor responsabilidad en el gobierno de Kimismo.&lt;br /&gt;El Rey Mahi y su compañera Deila eran los moradores habituales del enorme palacio que dominaba la ciudad desde lo alto de la colina, mientras que Altrus Kiyama sólo pasaba allí temporadas, cuando el aburrimiento o la soledad le incitaban a buscar la compañía de la familia.&lt;br /&gt;El palacio, entre otros muchos lujos, disponía de un patio con capacidad para más de mil naves; pero se comentaba que, a pesar de su magnitud, resultaba insuficiente cuando Altrus venía de visita acompañado de todo su séquito, desplazado desde el planeta Atia sin más motivo que el de impresionar a los habitantes de Candai con semejante despliegue de medios y poder. Para magnificarlo aún más, la impresionable ciudadanía había corrido el rumor de que aquello sólo era una pequeña muestra de su verdadero poder y que en el planeta Atia disponía de un palacio mucho más imponente que el de Candai, de tal magnitud que ocupaba una superficie igual a la cuarta parte del planeta y millares de soldados lo custodiaban noche y día.&lt;br /&gt;Aunque ya importaba poco, Monnie sonrió al recordar que ella también descendía de una estirpe de roggies auténticos. Su árbol genealógico no estaba manchado por emparejamientos inadecuados, que solían ser frecuentes cuando algún antepasado enamoradizo se unía con un o una cunche, anteponiendo su felicidad a los intereses de la familia, con la consiguiente mancha en la inteligencia y el honor de todos sus descendientes.&lt;br /&gt;Ella no daba demasiada importancia a las clases sociales y, de hecho, solía compartir juegos con los niños cunches que vivían próximos a su casa ya que, a pesar de ser roggies, la familia de Monnie no estaba directamente emparentada con la realeza y sus ascendientes tampoco habían tenido la habilidad suficiente para ganarse amistades en el palacio. Ese era el motivo por el cual ocupaban una vivienda situada en los últimos peldaños de la colina, a poca distancia de donde comenzaba la ciudad de los cunches, con sus casas formando hileras horizontales y verticales, perfectamente alineadas, por cuyo centro circulaba el sacai (cuadrado como la casa de la entrada de la cueva) que los llevaba de un lado a otro de la ciudad, cubriendo las necesidades de transporte provocadas por la carencia de naves familiares, que les estaba vedada porque era símbolo indiscutible de una distinción social de la que ellos carecían, al formar parte de una raza inferior tanto en inteligencia como en poderes.&lt;br /&gt;A pesar de ser bastante más humilde que las situadas en las partes altas de la colina, la casa de Monnie también se cubría con una anduria en la que se aparcaba la nave familiar, cuyo único uso eran aquellas excursiones que la familia realizaba los días de descanso y que a ella tanto le fascinaban porque aportaban aventura a lo que por aquel entonces consideraba una vida monótona. Siglos después, el recuerdo de aquella época inundaba sus ojos de lágrimas cada vez que pensaba en el tiempo desperdiciado y en lo feliz que era entonces, cuando disponía de casi todo sin darse cuenta ni apreciar su valor. Su abuela siempre le repetía que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde para siempre. ¡Qué razón tenía! Ahora lloraba envuelta en recuerdos que la transportaban hasta la nave de su familia que, como casi todas aquellas cuyo único destino era el ocio, estaba construida con material completamente transparente. Los asientos, el fondo y el techo permitían divisar el paisaje desde cualquier perspectiva.&lt;br /&gt;Al rememorar aquella sensación de libertad y de dominio del medio, una media sonrisa asomó entre el barro mojado y las lágrimas que corrían por su cara.&lt;br /&gt;Unido al de la nave familiar también llegó el recuerdo de su padre pilotándola. Por aquel entonces él guardaba intacta la lucidez mental (sin el egoísmo y la pereza que más adelante le caracterizarían) y solía llevarles de paseo por la zona que más le gustaba a ella, al sur, donde habitaban los grandes animales. Frec, su padre, era un hábil piloto y se acercaba a ellos hasta distancias tan temerarias que ponían la nave al alcance de sus fauces, para luego esquivarles con una maniobra rápida y genial, capaz de desatar la risa de Monnie y el mal humor de su madre.&lt;br /&gt;Frec trabajaba en el observatorio espacial, en la sección de estudio del Universo conocido. Así en aquella época a Monnie le resultaban familiares los términos de distancias interplanetarias, agujeros en el tiempo, en el espacio y composición de los planetas, porque eran usados con frecuencia por Frec cuando, durante la reunión familiar diaria entorno a la última comida del día, buscaba la comprensión de los suyos tras una jornada de trabajo que él describía como agotadora. Pero no lo era tanto, porque su vida laboral transcurría en el laboratorio y nunca viajaba al espacio para hacer prospecciones sobre las zonas ya estudiadas, con el objeto de medir las distancias exactas y aportar muestras materiales. Esa tarea (considerada aburrida y, hasta cierto punto, peligrosa) estaba reservada a los cunches. Ellos la llevaban a cabo dirigidos a distancia por el maestro roggie correspondiente y apoyados por la avanzadísima tecnología de la nave que, por sí sola, hubiera sido capaz de realizar todas las funciones, de no ser por la desconfianza que en aquellos tiempos había hacia la tecnología moderna. “No olvides Monnie que las máquinas necesitan supervisión, no se les puede dejar trabajar solas”, solía contestar Frec cuando ella le preguntaba sobre el motivo de que los cunches tuvieran que realizar trabajos tan peligrosos, en especial después de que el padre de un compañero de juegos hubiese muerto en una de aquellas prospecciones y ella tuviera ocasión de vivir en directo el dolor de su amigo ante la ausencia de su progenitor.&lt;br /&gt;Su madre, a quien ella tenía por costumbre llamar Rostie (nunca “sati”, como hacían los demás niños cuando se dirigían a sus madres) también se las ingeniaba para acaparar la atención en las reuniones familiares y, más a menudo de lo que Frec podía soportar, le interrumpía para contar anécdotas sobre su puesto de responsabilidad en el Control de población de Kimismo.&lt;br /&gt;La labor de Rostie estaba relacionada con la orden Real de que todos los habitantes del planeta se aglutinaran en la ciudad de Candai y la prohibición de residir en cualquier otro lugar. Así se había estipulado para un mejor control de la población y del planeta. Fuera de Candai y su más que vasta zona de influencia (campos de cultivo, minas, fábricas…) comenzaba el dominio de las bestias, delimitado pero respetado, donde vivían y convivían conforme a las leyes naturales, ajenas al complicado e inexplicable avance y dominio del entorno por parte de aquellos que habían sido dotados de una inteligencia superior. Para mantener el nivel de vida, asegurar la reposición natural de los recursos consumidos y evitar la expansión hacia los terrenos del sur (reservados a los animales), se había estipulado que el número ideal de habitantes debía oscilar entre un millón trescientos mil y un millón quinientos mil individuos. Si la población llegaba a superar esa cifra, se debían activar los sistemas de freno para los nacimientos. Si el baremo descendía por debajo del millón trescientos mil, era necesario poner en marcha algún medio para que la natalidad aumentase.&lt;br /&gt;Rostie dirigía las estrategias a utilizar para mantener la población a raya pero, afortunadamente, el número de individuos siempre osciló entre los límites permitidos; sin necesidad de que ella pusiera en práctica sus geniales ideas de control, que exponía con total seriedad en casa durante las cenas, buscando la aprobación y la admiración de la familia, aunque únicamente conseguía causar el estupor de la abuela Amand, la risa de Frec y la incomprensión de Monnie, que por aquel entonces era demasiado joven para saber en qué consistía eso de coger a la mitad de los varones en edad de procrear y colocarles en sus partes un “cucurucho” de zafrán, u obligar a las parejas a dormir separadas los días pares, o implantar cursos de cocina y “saber estar” para los que pretendían vivir juntos, con el fin de retrasar la unión y de paso la natalidad. Hubo muchas otras ideas, similares en su absurdo, aportadas por su madre en las tres ocasiones que había saltado la alarma a causa de que el recuento de la población dio como resultado más de un millón cuatrocientos mil individuos pululando por las calles de Candai.&lt;br /&gt;Sumergida en recuerdos, Monnie había terminado de asearse y hasta había recorrido el camino que separaba la entrada de la cueva de los campos de fangut cercanos a las casas. Iba tan ensimismada que no se percató de presencia alguna.&lt;br /&gt;--- ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Al fin apareció la solitaria! Tu familia te está buscando, seguramente porque tu padre quiere comer y acostarse. ¡Debe estar tan cansado de trabajar el pobrecillo…!&lt;br /&gt;Aquellos aullidos que pretendían ser palabras le trajeron de vuelta a la cruda realidad. Ya estaba llegando a las casas y quien le hablaba era Alabel. Con ella estaban Llui, Anex, Josan, Ire y Dram, que junto a Monnie formaban toda la población infantil y juvenil del lugar. Aunque a ella no le gustaba que la insertaran en ese conjunto, pues estaba convencida de que sus eternos dieciséis (casi diecisiete) años le daban derecho a acceder al grupo de los mayores.&lt;br /&gt;--- ¿Todas esas explicaciones te dio mi padre?&lt;br /&gt;Monnie usó la ironía como arma defensiva porque no lo pudo evitar, aunque sabía que con Alabel era mejor no entrar en dialéctica. Su envidia y perversidad le impedirían mantener la conversación dentro de los límites del respeto.&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! Está preocupado por ti. Eres demasiado pequeña para salir de aquí tú sola… ¿dónde estuviste?&lt;br /&gt;---Por ahí… dando una vuelta. ---contestó Monnie, aparentando indiferencia.&lt;br /&gt;---Por ahí… dando una vuelta. ---repitió Llui con sorna--- Sólo los tontos dan vueltas en un sitio como este, donde no hay a donde ir.&lt;br /&gt;---Ja, Ja, ja, ja, ---rió Ire, abriendo una boca ya de por sí demasiado grande, sin preocuparse de ocultar los cuatro dientes negros que le quedaban.&lt;br /&gt;--- Se te ha caído esto, ¿de dónde lo sacaste?&lt;br /&gt;Además de una sonrisa perversa, Alabel mostraba un trozo de tela raído que, en sus buenos tiempos, pudo haber sido la manga de un bonito rafai azul celeste; pero en esos momentos apenas conservaba color y forma alguna.&lt;br /&gt;---No es mío. ---contestó escuetamente Monnie, mirando con asco la cara de Alabel, desde siempre manchada con grandes pecas que le daban un aspecto sucio.&lt;br /&gt;---Sí, sí que lo es. Yo lo vi caerse de tu mano. ---insistía Alabel, mirando a los demás con gesto retador, exigiendo su complicidad.&lt;br /&gt;Todos asintieron con la cabeza, embobados y sin saber muy bien de qué iba el asunto.&lt;br /&gt;---Que no es mío, repito. Hace unos doscientos años que no tengo, ni tenemos en mi casa telas. Desde que se gastaron las que traíamos cuando entramos aquí. ---contestó Monnie, arrastrando las sílabas de cada palabra para asegurarse de que eran comprendidas por todos los presentes, y sin poder evitar acompañarlas con un gesto de hastío en la cara.&lt;br /&gt;Simplemente quería dar por terminada aquella absurda conversación de la cual ninguno de los presentes, salvo Alabel, parecía comprender ni una palabra.&lt;br /&gt;--- ¡Sí, sí que tienes telas!&lt;br /&gt;Intervino de repente el pequeño Dram, hablando en medio de un gesto de dolor, supuestamente provocado por un inesperado pellizco. Alabel se había situado detrás de él y escondía las manos sospechosamente. Dram, con sus tres años de edad, no podía recordar lo que era la tela, ni los rafai; pero el instinto (y el pellizco) le decían que había llegado el momento de que entrara en escena.&lt;br /&gt;---Que no, Dram, que nooooo. No es mío, será de otro o se habrá quedado ahí cuando entramos en la cueva hace quinientos años. ¡Yo que sé! Y tú tampoco sabes porque eras, y sigues siendo, demasiado pequeño como para recordar.&lt;br /&gt;Monnie se esmeraba en hablar pausado para que el pequeño comprendiera, e incluso se puso en cuclillas para dejar su cara a la altura de la de Dram, suponiendo que con ese gesto ganaría la confianza del niño y le haría rectificar.&lt;br /&gt;--- ¡Que sí! ¡Que sí! Es tuyo --- gritaba Dram, haciendo caso omiso a las explicaciones de Monnie.&lt;br /&gt;El pequeño daba rienda suelta a su rabieta saltando sin cesar. Su cara redonda se transformaba continuamente a través de cientos de muecas que pretendían captar la atención de los demás, pero sobre todo la misión de tal ataque de furia era recabar el auxilio de sus hermanos mayores. La cercanía de Monnie, lejos de darle confianza, le había resultado intimidante.&lt;br /&gt;--- ¡Mira! Ya hiciste llorar a mi hermano. Coge la tela y vete a tu casa o no respondo de lo que pueda pasar aquí… --- amenazó Anex, el hermano mayor de Dram, ensayando una voz autoritaria y retadora, mientras apretaba los puños en señal de contención.&lt;br /&gt;A los quince años Anex ya se consideraba adulto y responsable del cuidado de sus tres hermanos: Josan (un año menor que él), Ire (de once años) y el pequeño Dram, que en esos momentos buscaba protección escondido detrás de sus piernas.&lt;br /&gt;--- ¡Trae esa tela! Es mía, debí perderla sin darme cuenta. --- dijo Monnie, mientras con un gesto rápido arrancaba el andrajo de manos de Alabel.&lt;br /&gt;Había mentido porque le pareció la forma más rápida de dar por terminada aquella absurda conversación que no conducía a ninguna parte.&lt;br /&gt;--- ¡Escuchad cómo miente! ¡Escuchad! ---dijo Alabel de repente, dibujando en su boca una sonrisa triunfal---. Yo misma puse esa tela en el suelo y ahora ella dice que es suya.&lt;br /&gt;--- ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ---gritaban todos al unísono, riendo la astuta ocurrencia de Alabel.&lt;br /&gt;Monnie enrojeció de rabia, se giró tan rápido como pudo y comenzó a correr hacia su casa. La cara le ardía de vergüenza mientras a sus oídos seguían llegando las voces que repetían sin cesar “¡mentirosa! ¡mentirosa!”, seguidas de sonoras carcajadas para ridiculizarla aún más, si cabía.&lt;br /&gt;El camino que conducía a la mugrienta cabaña con pretensiones de ser un casa (de la que sólo tenía el nombre) trascurría por el centro de la zona de cultivos, dividiéndola en norte y sur. Y era relativamente corto, pero ella tenía la sensación de que tardaba una eternidad en recorrerlo para ponerse a salvo entre los muros de su vivienda. Sus piernas corrían rápido, pero la casa seguía demasiado lejos. De no ser por la angustia que le atenazaba el estómago y las lágrimas que hacían borroso el sendero, se hubiera imaginado que había regresado a su vida en el exterior y se divertía con uno de sus juegos favoritos: correr contrasentido en una de aquellas cintas que les transportaban colina arriba hacia el palacio. Allí también se esforzaba para avanzar en sentido contrario a la dirección de la cinta mecánica pero ésta, tan rápida como sus piernas, la mantenía constantemente en el mismo lugar.&lt;br /&gt;Ahora la impotencia y la rabia habían frenado el paso del tiempo y los escasos instantes que la separaban de su refugio no llegaban nunca.&lt;br /&gt;Cuando al fin logró cruzar el arco de la entrada se fue directa hacia las siaras, sin mirar hacia los lados, por si acaso los suyos ya estaban en la casa (no quería dar explicaciones sobre su llanto). Se dejó caer de golpe en la siara del centro, sin respetar propiedades, pues la suya era la de la izquierda. La del lado derecho la ocupaban sus padres y la que ahora había invadido era de la abuela Amand, la más mullida, por ser la última a la que habían cambiado las hojas debido a un exceso de humedad que procedía de la roca a la que estaba arrimada.&lt;br /&gt;La casa de Monnie, al igual que las otras tres que componían el tétrico poblado, se había construido adosada a una pared de roca que se encontraba en la gran cueva, justo al lado de los campos de cultivo. Su ubicación era tan ideal que decidieron aprovecharla para formar el muro trasero de las cuatro casas. Además, la pared tenía amplitud suficiente para construirlas sin necesidad de que estuvieran adosadas unas a otras. Estaban cercanas pero, aun así, guardaban la distancia suficiente para preservar la intimidad de las familias que las habitaban. Para cerrar los laterales y la parte delantera emplearon la dura artea que alfombraba el suelo, a la que dieron forma usando métodos primitivos, a falta de otros recursos. Primero la transportaban con las manos hasta el riachuelo, allí la humedecían con agua y la amasaban hasta darle la forma de una piedra de tamaño medio. Después moldeaban los bordes y lados hasta que el amasijo adquiría una forma más o menos rectangular. Luego las dejaban secar (proceso lento debido a la humedad del interior de la cueva) hasta que servían para ser empleadas en la construcción de las paredes. Así, lentamente, al cabo de varios años, fueron construyendo sus hogares. Todos similares en tamaño y forma. Por todo elemento decorativo presentaban un pequeño hueco con forma de arco en la parte delantera, que también hacía las veces de puerta de entrada.&lt;br /&gt;El interior era diáfano. Al fondo, pegadas a la roca, estaban las siaras que habían fabricado con hojas secas de fangut, la mejor base (y la única) que habían encontrado para descansar. El resto de la casa estaba ocupado en su mayor parte por la mesa donde comían (una gran roca en cuya extracción y transporte habían colaborado todos los vecinos), algunas incómodas sillas, que también eran rocas más o menos pulidas, y los utensilios que usaban para comer, en cuya elaboración habían empleado muchas horas desgastando piedras hasta darles forma de cuenco. La roca para fabricar todos aquellos utensilios había sido robada a la pared en los primeros tiempos de vida en la cueva, a base de emplear muchos días de esfuerzo colectivo, cuando aún reinaba la armonía y el sentido común entre los habitantes de aquél lúgubre lugar.&lt;br /&gt;Sin objetos, ropas, ni comodidades de ninguna especie, la utilidad de las casas no era resguardarse del frío, ni del viento, ni de la lluvia (ausentes en el interior de la cueva) sino única y exclusivamente aportar un poco de intimidad a las cuatro familias que habitaban el lugar.&lt;br /&gt;--- ¿Se burlaron de de ti otra vez?&lt;br /&gt;Aunque Monnie había aprendido a llorar en silencio durante las miles de noches que pasaba en vela buscando una salida a aquella maldición que la había condenado a vivir eternamente en sus dieciséis años, su llanto no consiguió pasar desapercibido para la abuela Amand.&lt;br /&gt;---No pasa nada tati. Ya estoy acostumbrada. ---respondió, mezclando palabras y llanto.&lt;br /&gt;---Ya sé que estás acostumbrada y eso es lo que más me preocupa, porque también sé que hay algo más. Los enfados con los otros jóvenes te ponen de mal humor, pero hasta ahora nunca habían conseguido arrancarte el llanto. Te conozco lo suficiente como para saber que algo más ronda por tu cabeza. Cuéntame, soy toda oídos…&lt;br /&gt;---No lo sé, tati. Nada tiene sentido. Nuestra vida no tiene rumbo porque no progresa, no vamos hacia ninguna parte. Dime… ¿con qué soñabas tú cuando tenías mi edad?&lt;br /&gt;Amand frunció el entrecejo en señal de sorpresa ante la pregunta que le hacía su nieta, mientras trataba de transportarse lo más rápido posible a la época en que tuvo la edad de Monnie, quinientos ochenta años atrás.&lt;br /&gt;---Soñaba con el futuro, con la libertad que me traería y también con las responsabilidades que vendrían en ese mismo lote. También con tener mi propia casa, una familia, una profesión por la que sería respetada… Todas esas cosas, lo normal… ---contestó Amand, cerrando sus pequeños ojos en un gesto que decía sin palabras “¡he metido la pata hasta el fondo! Monnie nunca tendrá ese futuro”.&lt;br /&gt;---No te preocupes tati. Ya sé que no puedo permitirme soñar como tú lo hacías, porque nunca seré adulta. Me pregunto qué pasará dentro de otros cien, doscientos, mil años… ¿cómo envejecerá mi espíritu? ¡Ya soy una anciana envuelta en un cuerpo joven! Pero, cuéntame… ¿todo salió como esperabas?&lt;br /&gt;Al darse cuenta de que una lágrima descendía por las mejillas de su abuela, surcaba sin obstáculos su regordete cuello y desaparecía en medio de una de las pocas arrugas que tenía en el pecho, Monnie trató de esbozar una sonrisa para paliar los estragos que sus lamentaciones y preguntas estaban causando en los sentimientos de su abuela.&lt;br /&gt;---Nada de lo que vino después se asemejaba a mis sueños infantiles y todo, absolutamente todo, resultó mucho más duro de lo que yo esperaba. ---comenzó diciendo Amand, mientras rebuscaba recuerdos en un pasado muy lejano---. Cuando quise darme cuenta estaba encasillada hasta tal punto que no era dueña de mi propia vida, como les ocurre a casi todos los adultos, aunque la mayoría no se percata de ello. Verás Monnie…, cuando empiezas a trabajar, esa tarea te condiciona gran parte de la vida. Tus actos no son fruto de la libertad de elegir, sino que debes atenerte a lo que ordenan tus jefes, a lo que esperan de ti los subordinados, a lo que es conveniente… Si además convives con una pareja y tienes hijos, el resto de tu tiempo también está condicionado, pues has de dedicarte a ellos, a sus familiares, a los amigos comunes… y llega un día en que no te reconoces a ti misma porque nada queda de lo que fuiste y el reducto de tiempo en el que puedes permitirte ser tú misma, sin condicionamientos, es muy pequeño o inexistente. Nada queda tampoco de los sueños del pasado ni de la persona que los tejía. Por eso, cuando nos trajeron a este inmundo lugar, ya mi único deseo era que llegara el momento de ir a vivir al Pinate. A ti, como al resto de los jóvenes, no solíamos hablaros de ese lugar, para que no os sintierais tristes con motivo nuestra partida. Pero ese sitio existía gracias a que la sociedad de Candai estaba muy bien organizada para sacar el máximo partido a todos sus habitantes, pero también velaba por su confort cuando ya no le resultaban útiles. Así, cuando nos hacíamos viejos y no servíamos para trabajar ni para cumplir ninguna otra función social, recibíamos un aviso del Departamento de Abandono de las Funciones para que nos dispusiéramos a dejar nuestra casa y preparar el traslado al Pinate. Por supuesto, recibíamos la notificación con tiempo más que suficiente para poner en orden lo poco que quedaba de nuestra vida. En esa tarea ocupaba yo el tiempo poco antes de venir aquí, y estaba feliz porque el Pinate era un sitio hermoso, rodeado de amplios jardines exteriores, donde pasear y meditar al calor de los rayos de Asten; y en el interior también me esperaban todo tipo de comodidades para hacerme más llevadera la última etapa de mi vida.&lt;br /&gt;--- ¿Por qué nunca hemos hablado de esto, tati? ---preguntó Monnie súbitamente, percatándose de que siempre usaba a su abuela como pañuelo de lágrimas y nunca se había preocupado de averiguar cuáles habían sido sus sueños.&lt;br /&gt;---No lo sé, quizá porque eso ya no importa. ---contestó la abuela, regresando del pasado con los ojos empañados de lágrimas.&lt;br /&gt;--- ¿Qué te gustaría que ocurriera ahora? Quiero decir…, si hubiera futuro.&lt;br /&gt;---Me gustaría que llegara el descanso eterno. Verás Monnie… me siento cansada, muy cansada de vivir arrastrando de un lado a otro este cuerpo que ya no me responde. También siento que mi alma está resquebrajada por los disgustos de toda una vida. La condena es la misma para todos ---prosiguió Amand, mientras acariciaba con cariño la mandíbula de su nieta--- pero tú eres afortunada dentro del infortunio, porque siempre serás joven, tu cuerpo mantendrá su vitalidad y no te faltará la energía. ¡Mírame a mí! Estoy condenada a subsistir por toda la eternidad dentro de una carcasa debilitada, vieja y aquejada de dolores continuos. O, si miramos hacia el otro extremo, ¡piensa en Gonza!, ella siempre será un bebé, nunca llegará a comprender nada de la vida.&lt;br /&gt;---Lo sé, tati. Si por lo menos hubiera otros niños distintos…&lt;br /&gt;---Ya sé que no has tenido mucha suerte. ---contestó Amand, levantándose de la siara, no sin antes besar a su nieta en la mejilla---. Continuaremos hablando, pero ahora debo preparar la comida. Tu padre está a punto de llegar y ya sabes cómo se las gasta.&lt;br /&gt;Monnie asintió en silencio.&lt;br /&gt;En verdad no había tenido suerte alguna con sus compañeros de cautiverio.&lt;br /&gt;La primera casa, comenzando por la izquierda, estaba habitada por la pareja formada por Trot y Ciosta, sus dos hijas y dos familiares. Trot era joven, alto, esbelto, pero sobre todo inteligente y buen conversador; aunque el ambiente se había apoderado de él y, con el paso de los siglos, también se había vuelto taciturno y mezquino, al uso del lugar. Ciosta, su compañera, era entrometida, mandona, coqueta y presumida, sin base física que lo justificara porque sus anchas caderas suponían un antiestético abultamiento en su cuerpo escuálido, además de una cara que captaba todas las atenciones gracias a su nariz extremadamente larga y torcida hacia la izquierda. Tenían dos hijas: Llui, un par de años más joven que Monnie, y Gonza, un bebé de pocos meses de edad. Llui había sido amiga de Monnie en otros tiempos, cuando vivían en Candai; pero el cautiverio también había conseguido sacar a la luz su parte chismosa y envidiosa de cualquier cosa por mínimo que fuera su valor. Con ellos vivía la anciana Venig, la más vieja del lugar, que gozaba de la beneficencia de la familia por ser tía de Trot. Venig nunca había tenido pareja, hijos u otros familiares que se hicieran cargo de ella, por eso su sobrino había decidido acogerla, aún en contra de la opinión de su compañera, que no soportaba las continuas visiones extrañas de la anciana ni sus conversaciones con los difuntos, que tenían lugar a cualquier hora del día o de la noche, soliviantando a cuantos se encontraban a su alrededor con fuertes aullidos que eran fruto de posesiones y abducciones, según decía ella. Completaba el grupo familiar la joven Carr, hermana de Trot, que arrastraba problemas mentales desde una desgraciada caída que había sufrido en su más tierna infancia.&lt;br /&gt;La siguiente casa estaba ocupada por Portio, Aurea, Pel y Alabel. Portio era un varón de baja estatura y complexión delgada, vestido con una piel que se fruncía en mil pliegues delatando su avanzada edad. La maldad que anidaba en su interior le salía por cada poro de la piel. Su compañera, Aurea, muchos años más joven que él, había ocupado en su día un puesto de alta responsabilidad en el Gobierno de Candai, pero su mente no pudo soportar el encierro en el interior de aquella cueva y su personalidad se había deteriorado hasta límites que rayaban la locura. Solía reír por cualquier causa, con sonoras carcajadas que ponían en vilo a todo el poblado. Su hija Alabel era el fruto de aquella extraña familia y hacía cuanto estaba en su mano para superar la maldad de su padre y la locura de su madre. Junto a los tres, tratado como un marginado, vivía Pel, hermano de Aurea. A la desgracia de convivir con aquella familia, Pel unía una deficiencia física que le impedía caminar correctamente. Así arrastraba cada día su pierna izquierda peinando los campos de fangut, donde le obligaban a trabajar hasta que caía exhausto.&lt;br /&gt;La siguiente casa pertenecía a la familia de Monnie, seguida por la última del pueblo, habitada por la pareja formada por Roggie y Socie, cuyas mentes también habían sido superadas por el largo cautiverio. Solían pasar los días cantando y bailando sin que hubiera nada que celebrar. Sus campos de cultivo estaban abandonados y no daban el fruto suficiente para alimentar a sus cuatro hijos (Anex, Josan, Ire y Dram), que sobrevivían como podían valiéndose de su astucia y de la poca caridad ajena que aún quedaba en el lugar.&lt;br /&gt;Pero, a pesar de las deficiencias de la compañía, el cautiverio hubiera sido soportable si no les hubieran estirpado el valvas (un chip que desde niños llevaban colocado en el interior de la cabeza, anexo al cerebro) que contenía todo el saber necesario, además de la diversión apropiada para combatir la soledad porque en él se podían cargar novelas, películas y música, entre otras muchas cosas.&lt;br /&gt;En el Candai que Monnie había conocido no existían escuelas, institutos o Universidades. Sólo ocio y diversión para aprovechar al máximo la mejor etapa de la vida, la infancia.&lt;br /&gt;Cuando los niños alcanzaban la edad de cuatro años sus padres les llevaban al Centro del Saber, donde expertos profesionales instalaban en su mente un chip que contenía los conocimientos que se consideraban apropiados para esa edad. Después, cada año el chip era sustituido por otro que se adecuaba mejor al cambio mental del niño porque contenía conocimientos más avanzados. Al igual que los rafais se iban ajustando al crecimiento físico, el valvas se amoldaba al crecimiento mental.&lt;br /&gt;Al cumplir los veinte años, los jóvenes debían decantarse por una profesión en concreto. En ese momento su cerebro estaba preparado para recibir un segundo chip que le proporcionaría toda la información necesaria para desarrollar la labor elegida. Si el sujeto era aplicado y destacaba porque iba más allá del mero cumplimiento de su trabajo, esforzándose en aportar cosas nuevas que sirvieran para mejorarlo, sus descubrimientos o invenciones pasaban a formar parte de la base de datos del Centro del Saber y serían insertados en las mentes de todas las generaciones futuras, con la consiguiente gloria que ese logro suponía para el inventor.&lt;br /&gt;Por aquel entonces, en el domicilio de cada roggie había un ordenador conectado directamente al Centro del Saber. A él llegaban cada día las noticias que generaba la ciudad. También se recibían las últimas novedades literarias, musicales y las películas que se producían por ordenador en el Centro de Ocio de Candai. El proceso para pasarlas del ordenador al chip mental era sencillo, sólo había que seleccionar la materia en concreto y pulsar una tecla para que la información se transmitiera a través de ondas hasta llegar al chip de la mente receptora. Después, las novelas en audio sonaban con voz clara y pausada en el interior del cerebro, pudiendo incluso elegir entre múltiples tonos de voz. Las imágenes de las películas también se percibían con total nitidez y sólo había que cerrar los ojos para entrar de lleno en el mundo de la fantasía.&lt;br /&gt;Sin embargo los cunches, como clase inferior que eran, tenían restringidos los conocimientos. Por ese motivo se les insertaba un chip diferente, que contenía la cultura considerada adecuada para las funciones que la sociedad les demandaba.&lt;br /&gt;---Abuela ven, quiero preguntarte algo… ---dijo en voz alta, con el fin de que Amand pudiera escucharla desde la cocina.&lt;br /&gt;Los pasos silenciosos de la anciana se acercaron a la siara donde descansaba Monnie.&lt;br /&gt;--- ¿Dime? ---preguntó, esbozando una sonrisa amable.&lt;br /&gt;--- ¿No echas de menos el valvas? ---preguntó, percatándose de que estaba interrumpiendo la labor de su abuela con cuestiones absurdas.&lt;br /&gt;---No tanto como tú… ---contestó Amand, mostrando una media sonrisa con poso triste.&lt;br /&gt;--- ¿DÓNDE ESTÁ LA COMIDA?&lt;br /&gt;Su conversación se vio interrumpida por la fuerte y desagradable voz de Frec (hijo de Amand y padre de Monnie) que llegaba a casa después de dar por terminaba su jornada diaria en los campos de fangut y tenía por costumbre exigir su comida a gritos. No se sabía muy bien si ya no recordaba cómo hacerlo de otra manera o si su mal carácter no se lo permitía.&lt;br /&gt;Amand y Monnie cortaron la conversación de repente, pero sin ningún tipo de sobresalto. Estaban acostumbradas a una escena que se repetía a diario: Frec traspasaba el arco de entrada, inflaba el pecho, levantaba la cabeza y exigía su comida a gritos; tras él venía Rostie, cabizbaja, mirando al suelo mientras arrastraba los pies y el alma, cansados del trabajo y de la pareja que le había tocado en suerte. Normalmente les seguía Monnie, salvo los días (como aquel) en los que su padre le permitía ausentarse. Para obtener de él esa anuencia, ella había puesto el pretexto de que necesitaba un tiempo para jugar, y él había quedado convencido de que esos momentos de asueto servirían para que ella rindiera más cuando estuviera trabajando en los campos.&lt;br /&gt;Ni la abuela ni la nieta se molestaron en dar explicaciones acerca del motivo por el cual aún no estaba su comida sobre la mesa. Sabían que Frec no prestaba atención alguna a sentimentalismos que, según decía él, eran una debilidad propia de las hembras y reclamaba de inmediato lo único que para él tenía verdadera importancia: la comida. Su segunda prioridad era el descanso, como recompensa a lo que consideraba el mayor de los castigos: tener que trabajar para subsistir. Solía engullir rápidamente las hojas de fangut que Amand le servía y después se encaminaba hacia su siara en busca del merecido descanso, y todo eso ocurría sin intercambiar palabra alguna con el resto de la familia. El trabajo era para Frec la mayor de las maldiciones. Por eso ocupaba gran parte de su tiempo en desarrollar complicados cálculos mentales que tenían por finalidad encontrar la proporción exacta entre trabajo y descanso, una fórmula que le permitiera subsistir obteniendo la cantidad de comida necesaria para no fallecer de inanición, pero empleando el menor esfuerzo posible para conseguirla. El resultado era que (sin tener en cuenta la casa de Roggie y Socie) Frec y los suyos pasaban hambre más a menudo que el resto de los vecinos, en cuyas casas siempre había provisiones acumuladas para sortear épocas peores.&lt;br /&gt;---Ya voy, ya voy… No hace falta que grites tanto. ¡No estoy sorda! --- contestó Amand que, aunque estaba acostumbrada a los toscos modales de su hijo, no estaba dispuesta a responder a sus exigencias en un tono amable.&lt;br /&gt;Monnie también se puso en pie. Con gesto rápido se secó los restos de llanto que aún le quedaban en la cara. Sabía que no debía demorarse en acicalamientos porque su padre quería ver a la familia reunida durante las comidas y no tenía paciencia para esperarles demasiado tiempo.&lt;br /&gt;---A veces hay cosas que tienen prioridad sobre la comida. Además, aunque comas un poco más tarde que de costumbre no pasa nada. --- seguía diciendo Amand, arriesgándose en el empleo de un tono de voz que rozaba el límite de lo que Frec consideraba tolerable.&lt;br /&gt;--- ¿Qué puede haber más importante que reponer fuerzas después de trabajar? Quien diga que comer no es tan necesario, es porque no está cansado de trabajar como lo estoy yo. ---contestó Frec.&lt;br /&gt;Amand hizo caso omiso.&lt;br /&gt;Mientras esperaba su ración, tomó asiento en el sitio que desde siempre tenía reservado al lado derecho de la entrada y que todos, familiares y vecinos, respetaban porque sabían que el simple hecho de tener que sentarse en cualquier otro lugar resultaba para Frec un contratiempo y una incomodidad que no estaba dispuesto a asumir bajo ningún concepto, y mucho menos por hospitalidad. Él consideraba que si las visitas tenían la mala educación de sentarse en aquella silla, a sabiendas de que era su preferida, él no tenía ningún motivo para ser cortés con ellos. Con ese tipo de planteamientos, nadie quería arriesgarse a saber hasta donde podía llegar Frec en su descortesía.&lt;br /&gt;---Aquí tienes tu comida. ---dijo Amand, mientras le acercaba el cuenco con un gesto rápido y desairado que él decidió pasar por alto.&lt;br /&gt;Amand y Rosti se sirvieron su propia ración de fangut y se sentaron en silencio a degustarla, procurando no perturbar más a Frec, que ya estaba terminando de dar cuenta de la suya y después se retiraría a descansar, siguiendo la rutina que él mismo había establecido al poco tiempo de entrar en la cueva y de la que no se desviaba si no existía un motivo realmente importante, de vida o muerte, que estuviera relacionado directamente con él. Aún era renombrado el día en que se suicidó el padre de Aurea y Pel. Acababa de recibir su cuenco de manos de Amand cuando entró Aurea pidiendo ayuda a gritos porque su padre estaba muerto. Frec, incómodo, le contestó que si ya había fallecido bien podía esperar un poco más de tiempo, y si no que se hubiera suicidado en otro momento, porque también había que ser maleducado para importunar de esa manera a todos los vecinos durante los momentos de comida y descanso.&lt;br /&gt;--- ¿No vas a comer Monnie? ---preguntó la abuela&lt;br /&gt;---Sí, tomaré algo…&lt;br /&gt;Cogió con desgana el único cuenco que quedaba y se sirvió algunas hojas machacadas y aliñadas con agua. Se sentó a comerlas en compañía de su madre y abuela, procurando mantener el silencio que reinaba en la casa para no sobresaltar el sueño de Frec, que ya se había retirado a descansar en su siara.&lt;br /&gt;A pesar de que Frec exigía que los cuatro se reunieran entorno a la mesa durante las comidas, con el fin de recordarles que aún eran una familia y aportar al acto de alimentarse un toque de solemnidad, como hacían cuando vivían en el exterior, ellas tenían asumido que la única función de aquel ritual que celebraban tres veces al día era proporcionar a su cuerpo los nutrientes necesarios para recuperar el gasto de energía realizado. Pero ya habían olvidado lo que era disfrutar de una buena comida en un ambiente distendido y familiar. La suya era todos los días la misma, el menú se repetía en cada una de las comidas del día y el silencio también se sentaba con ellos a la mesa para recordarles que nada era, ni volvería a ser como antes.&lt;br /&gt;Se alimentaban de hojas de fangut, una planta genéticamente modificada en los laboratorios de Magmalignus, que crecía en el interior de la cueva sin necesidad de luz. Además, para asegurar la horrible supervivencia de los que había condenado a vivir en la oscuridad, Magmalignus modificó la planta de tal manera que por sí sola contenía todas las vitaminas, proteínas y otros nutrientes necesarios para que la salud de los que se alimentasen de ella no se resintiese y quedase así asegurada su condena eterna. No quiso correr el riesgo de que la desnutrición les matara, liberándoles de la maldición que les había echado como castigo a su fidelidad al Rey Kiyama.&lt;br /&gt;El día de la invasión de Candai (quinientos años atrás), los demás roggies (a quienes el miedo del momento había borrado el sentimiento de fidelidad que sentían hacia a su soberano) corrieron mejor suerte que Monnie y sus compañeros de cautiverio, porque ellos hallaron la muerte aquel mismo día. Cuando Altrus les preguntó acerca de sus fidelidades a la realeza, ellos renegaron del Rey Kiyama y declararon su lealtad a Altrus, quien la rechazó en medio de una sonora carcajada, alegando que el nuevo Rey de la galaxia no quería traidores entre sus súbditos. Acto seguido y sin perder la sonrisa, ordenó a sus secuaces que les dieran muerte inmediata. Monnie y los suyos se mantuvieron fieles al Rey Mahi y, como recompensa a su lealtad, recibieron una vida eterna, confinados en el interior de aquella cueva y subsistiendo a base de hojas de fangut.&lt;br /&gt;En los primeros tiempos de adaptación a la vida en la cueva comían las hojas directamente de la planta, cada uno cuando le apetecía. Por aquel entonces estaban desorientados y asustados. Temían por lo que pudiera depararles el futuro y, en aquellas circunstancias de provisionalidad, consideraban absurdo establecer normas de convivencia. Pasaban el día acostados los unos al lado de los otros, sin tener en cuenta parentesco o relaciones de pareja, con la única finalidad de sentirse acompañados en el miedo, que era común a todos ellos.&lt;br /&gt;Las primeras reacciones se produjeron cuando comenzó a escasear la comida y se percataron de que la plantación que Magmalignus les había dejado necesitaba de unos cuidados diarios o, de lo contrario, las plantas se morirían, tal y como él había vaticinado.&lt;br /&gt;Para atender los campos establecieron una rutina diaria de trabajo, que durante años realizaron todos juntos en buena armonía. Pero poco a poco fue desapareciendo el miedo que les unía y surgieron las desavenencias, principalmente porque todos ellos habían llegado a la misma conclusión: que desarrollaban más trabajo y que consumían menos cantidad de comida que los demás. Así era como el prójimo se aprovechaba de su labor. Las discusiones surgían a cada momento y los reproches también. Finalmente, después de muchos debates, llegaron a un acuerdo: para evitar que todos consideraran que estaban trabajando en beneficio del vecino, la mejor solución era repartir la plantación en cuatro partes iguales, una para cada familia, de esa manera cada uno trabajaría para sí mismo y para los suyos.&lt;br /&gt;Así fue como acabó la cooperativa agraria para dar paso a explotaciones particulares, quedando los grupos familiares bien definidos.&lt;br /&gt;Al reparto de la zona de cultivo le siguió el deseo natural de intimidad, que a su vez trajo consigo la necesidad de construir aquellas modestas casas, para que las familias no estuvieran mezcladas.&lt;br /&gt;Y poco a poco fueron recuperando algunas otras costumbres que daban a su vida un falso aspecto de normalidad, entre las que estaba el ritual de la comida que se repetía tres veces al día, tratando de respetar los horarios de antaño, presentes en la mente de todos ellos como reminiscencias de lo que había sido su vida en el exterior.&lt;br /&gt;Aunque ignoraban cuando era día y cuando noche (el interior de la cueva siempre estaba invadido por la misma luz, muy tenue y de color rojizo), lograron establecer una rutina de asombrosa coincidencia con el ciclo horario del exterior, basada únicamente en la intuición colectiva y en la exacta repetición día tras día de cada una de las tareas que hacían. Su reloj biológico les indicaba cuando era el momento de levantarse y tomar la primera comida del día, seguida del trabajo en los campos de fangut hasta que su cuerpo daba la señal de alarma para la siguiente comida. Luego volvían al trabajo, bien en el fangut, en la expansión de los terrenos o fabricando utensilios caseros. Y la jornada finalizaba con otra comida que daba paso al siguiente descanso, supuestamente el nocturno.&lt;br /&gt;Sólo Monnie sabía con certeza que estaban perfectamente sincronizados con el exterior, que trabajaban cuando afuera era día y dormían al caer la noche. Sus visitas a la boca de la cueva así se lo habían demostrado.&lt;br /&gt;Ella pasaba los días ansiando que llegara el momento de irse a dormir. El trabajo en los campos se le antojaba eterno, las comidas también y en general cada instante de actividad en la cueva. Era como si los días fueran más largos cada vez y la noche no llegara nunca. Cuando se acostaba sobre la siara, sonreía de felicidad pensando que, al fin, había llegado el momento.&lt;br /&gt;Desde que comenzó a visitar la boca de la cueva, en concreto desde el mismo día que le vio a él, su mente dejó de viajar en pesadillas a los lúgubres sitios de antaño; y ahora sus sueños la transportaban hasta una maravillosa vida exterior que se desarrollaba en una casa llena de luz, de ropas bonitas y de exquisitos manjares que se reponían por arte de magia para que a ella nunca le faltara de nada. En esa casa sólo estaban ella y el humano de extraño aspecto, con la cabeza coronada de filamentos dorados. En realidad sólo sabía su nombre, Samuel, aunque en sus sueños eran amigos y cada mañana se despedía de ella con un beso en la mejilla y un susurro al oído para decirle que no faltase a la cita en el siguiente sueño. Ella asentía, sonriendo y pensando en la primera vez que le había visto. No lograba entender por qué se sentía tan bien a su lado, teniendo en cuenta el susto que se había llevado en aquella primera ocasión.&lt;br /&gt;Cómo había logrado colarse en sus sueños y hacerse imprescindible en su vida era todo un misterio.&lt;br /&gt;Todo había empezado con el hallazgo de la casa en la que habitaban (el “sacai” como ella solía llamarle a aquella vivienda con forma de cubo).&lt;br /&gt;Durante los primeros cien años de su vida en el interior de la cueva se abstuvo de hacer indagaciones por los alrededores. Sentía auténtico temor a lo que pudiera encontrarse más allá del poblado y los campos. Su familia y vecinos decían que aquella luz tenue que invadía la cueva se convertía en cegadora nada más traspasar la zona de cultivo, y que quemaría la piel y los ojos de todo aquel que se aventurase a exponerse a ella.&lt;br /&gt;Pero poco a poco la curiosidad fue venciendo al miedo. Con mucha cautela se acercó primero hasta el límite de los campos. En la zona este había un túnel invadido por la misma luz rojiza, ni más ni menos intensa que la del poblado. Esa luz permitía ver un estrecho sendero que partía desde la entrada y se perdía a lo lejos, donde sus ojos ya eran incapaces de distinguir. De la zona oeste salía otro sendero, con trazo paralelo al riachuelo que surcaba la cueva.&lt;br /&gt;Pasó muchos días acercándose hasta el túnel del lado este, mirando, tratando de escudriñar en su interior para adivinar a dónde conduciría aquel sendero. Un día se atrevió a dar un paso hacia a delante y comprobó que su piel y ojos seguían en buen estado. Al día siguiente regresó. En lugar de un paso, avanzó dos. Al otro día tres, y así hasta que, al cabo muchos días, quizá años, consiguió recorrer el túnel completo. Se decepcionó cuando comprobó que el camino moría de repente al tropezar con una gran pared de artea. No obstante le pareció el escondrijo perfecto. Cuando estaba exhausta, cansada de trabajar en los campos, de ver como su familia y el resto que le rodeaban iban perdiendo la cordura poco a poco, enfilaba el túnel (que ya había sido bautizado como “El túnel del Velven” -Velven significaba muerte en el lenguaje kimis-) y se refugiaba al final, sentándose en el suelo con la espalda apoyada contra la pared que le daba fin. Todos le preguntaban a dónde iba durante aquellas ausencias. Ella se limitaba a contestar que le gustaba sentarse a descansar en la boca del túnel. Estaba segura de que ninguno se atrevería a aventurarse para comprobar si eran ciertas sus afirmaciones.&lt;br /&gt;Un día de los tantos que acudió al lugar, escuchó voces al otro lado de la pared de artea. Eran casi inaudibles. No conseguía comprender lo que decían, pero estaban allí al fin y al cabo. Quizá fueran su salvación y la del resto de los condenados a vivir en aquella inmunda cueva. Debía llegar hasta ellos.&lt;br /&gt;Empleó más de doscientos años en arañar la pared. Cada día acudía al lugar y sacaba unos cuantos puñados de artea, los envolvía en el viejo rafai con el que había entrado en la cueva (que ya le resultaba inservible como vestido porque estaba tan desgastado que era lo mismo que ir desnuda) y luego los iba desperdigando poco a poco a lo largo del túnel durante el camino de vuelta.&lt;br /&gt;Al desconocer la orientación del lugar que provenían las voces, al principio escarbaba la pared en las tres direcciones (frontal, izquierda y derecha). Tras muchos años y puñados de artea extraídos consiguió formar una especie de sala cuadrada. Siguió excavando hasta que percibió que los ruidos estaban al otro lado de la pared frontal. Entonces centró su trabajo en aquel lateral.&lt;br /&gt;Los sonidos y conversaciones del otro lado se iban haciendo más perceptibles a medida que progresaba la excavación, hasta que un día tuvo la sensación de que, si seguía avanzando, abriría una ventana al otro lado y la descubrirían. Ya podía escuchar perfectamente lo que hablaban: casi siempre quejidos y lamentos acerca del tipo de vida que les había tocado en suerte. Las conversaciones duraban un espacio de tiempo muy corto y después reinaba el silencio. Poco más tarde se adueñaban del ambiente los sonidos típicos del sueño: una inmensidad de ronquidos, tosidos, quejidos amorosos, etc. ¡Al otro lado de la pared habitaba una multitud! Y ella debía verlos. Quería saber quienes eran, por qué estaban allí, por qué eran tan desgraciados en la vida. Deseaba saberlo todo de ellos.&lt;br /&gt;Con sumo cuidado y ayudada por una pequeña piedra plana, abrió una ranura en la estrecha pared que la separaba del objetivo de su espionaje.&lt;br /&gt;Tardó en comprender qué era todo aquello. Durante los primeros días sólo pudo mantener la mirada en la mirilla durante escasos segundos porque la visión que percibía desde el otro lado le producía pánico y malestar. Cientos de sucios colchones alfombraban el suelo de aquel lúgubre lugar, cuyas paredes grisáceas cerradas a cal y canto (salvo por aquellas pequeñas ventanas ubicadas cerca del techo) producían claustrofobia. Todo allí estaba sucio, vacío, inhóspito y sus habitantes rezumaban tristeza por cada poro de la piel.&lt;br /&gt;Cuando comprendió que aquellos eran los descendientes de los cunches que ella había conocido y que estaban sometidos a la esclavitud por parte de Magmalignus, descendió del altillo al que se subía para llegar a la mirilla (que había colocado en un sitio elevado para tener una visión más amplia), emprendió la huida a la carrera y tardó muchos días en regresar a aquel lugar.&lt;br /&gt;Después, durante un tiempo repitió las visitas casi a diario, hasta que tuvo que dejarlo para cuidar a su abuela, que se sumergió durante años en una extraña enfermedad que la había confinado en la siara haciéndole llorar de tristeza constantemente.&lt;br /&gt;Cuando Amand se hubo recuperado, ella regresó al final de la cueva con visitas diarias, hasta que se aburrió porque siempre hacían lo mismo y en el mismo momento del día.&lt;br /&gt;Fue entonces cuando decidió explorar la parte oeste.&lt;br /&gt;Se aventuró por el sendero que acompañaba al riachuelo en su recorrido a través la cueva hasta que consiguió llegar hasta el otro lado. Se paró en cuanto percibió la luz que provenía del exterior. Pero allí no había nada y tampoco podía tomar aquel lugar como sitio de aislamiento y descanso porque corría el riesgo de que la luz le quemara la piel. La segunda vez que visitó aquel lugar, mucho tiempo después, encontró la casa. Ante ese nuevo hallazgo las visitas se hicieron diarias, pero no podía acercarse hasta ella lo suficiente como para averiguar qué era aquello porque la escasa luz que se colaba por los laterales era suficiente como para quemarle la piel y dejarla ciega.&lt;br /&gt;Después de dar muchas vueltas al asunto se le ocurrió la idea de fabricarse un vestido de barro tan opaco que la luz exterior fuera incapaz de traspasarlo. Serviría de base la artea del suelo, que humedecida con agua del riachuelo formaría una especie de pasta con la que embadurnaría su cuerpo. Taparía los ojos con las manos, dejando únicamente una pequeña ranura por la que espiar el horizonte.&lt;br /&gt;Con dudas sobre la eficacia de tan singular protector, avanzó despacio hasta parapetarse detrás de las dos rocas que estaban cercanas a la casa. Y entonces le vio a él.&lt;br /&gt;El susto fue tan grande que durante un tiempo sólo pudo recordar el impacto que le causó la visión del “monstruo” y como acto seguido, sin saber qué ocurrió en el intermedio, apareció acostada en su siara, temblando de miedo e incapaz de discernir si lo vivido había sido sueño o realidad. Aquel ser no se parecía a ningún animal de los que ella recordaba. Salió de una esquina de la casa caminando solo, pensativo, con aquellos pequeños ojos clavados en el suelo. ¡Y se dirigía al lugar donde ella se ocultaba! Pero, por suerte, se paró antes de llegar y decidió repentinamente dar media vuelta. Los ojos de Monnie, acostumbrados a la oscuridad, vieron perfectamente su cara, pálida como la del único muerto que había visto (el padre de Aurea y Pel). Su aspecto era espeluznante. Coronaba su tronco con una cabeza diminuta y sin orejas, pero adornada en la parte de arriba con una especie de filamentos que le colgaban por delante, detrás y los laterales.&lt;br /&gt;Esa misma noche él se adentró en sus sueños. Monnie le veía acercarse al poblado y observarla desde la lejanía mientras ella, a su vez, le miraba parapetada detrás del arco de entrada a su casa.&lt;br /&gt;En la realidad pasaba los días sin atreverse a salir fuera del poblado. Cuando finalizaba el sueño y ella estaba de regreso en el mundo real, sentía pánico con sólo recurrir a la visión de Samuel avanzando por el camino hacia el lugar donde ella se encontraba.&lt;br /&gt;Pero, transcurrido un tiempo, la curiosidad volvió a vencer al miedo para animarla a regresar a la entrada de la cueva. ¡Y lo vio de nuevo! Pero esta vez no huyó, sino que aguardó en su escondrijo, como hizo todos los días que siguieron, en los que pudo comprobar que había otros dos “monstruos” en tamaño pequeño, y uno de ellos era una réplica exacta del mayor.&lt;br /&gt;Pero también había otros kimismanos como ella, varones y hembras, que convivían con los monstruos sin darle importancia a su aspecto. Todos ellos guardaban gran respeto y pleitesía hacia el mayor, al que llamaban Samuel. En alguna ocasión le pareció escuchar también el nombre Kiyama, pero… ¡no era posible!&lt;br /&gt;Tan grande había sido el impacto que ahora aquél extraño se había colado en su subconsciente, ella se había acostumbrado a su presencia y no quería enseñarle la puerta de salida.&lt;br /&gt;A punto de quedarse dormida y dispuesta a acudir a la cita nocturna que tenía lugar durante sus sueños, Monnie estaba pensando que los quinientos años de vida en la oscuridad le estaban pasando factura y que su mente imaginaba cosas extrañas. Tal vez aquellos sueños sólo eran un bastón en el que apoyarse. Era triste vivir de ilusiones para eludir el enfrentamiento con la realidad, pero lo peor era tener la certeza de que nada podría cambiar, pues la maldición de Altrus había sido muy estricta: “SI LA LUZ TOCA VUESTRA PIEL OS QUEMAREIS Y MORIREIS SUMIDOS EN EL DOLOR MAS GRANDE QUE SE PUEDA CONOCER. SI LA LUZ TOCA VUESTROS OJOS, QUEDAREIS CIEGOS. TAMPOCO ABANDONAREIS LA CUEVA DE NOCHE, PUES, SI VUESTRA PIEL ENTRA EN CONTACTO CON EL AIRE DEL EXTERIOR, REACCIONARÁ CREANDO ERUPCIONES, CUYO DOLOR SE HARÁ INSOPORTABLE DURANTE TODA LA ETERNIDAD”.&lt;br /&gt;Quinientos años en las tinieblas habían aclarado su piel hasta dejarla casi transparente y también habían obstruido sus sentidos, salvo el del oído, que era cada vez más agudo. En compensación, algunos de los condenados, y especialmente ella, fueron desarrollando la capacidad de percibir y reconocer el espíritu ( la parte no visible de los seres); y, no sin asombro, descubrieron que era tan personal e irrepetible como el aspecto físico y, como éste, puede ser bello y atrayente, o feo y desagradable. Y, como el cuerpo, el alma también es vital e irradia frescura al comienzo de la vida y se muestra cansada y arrugada en la vejez.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-6631411375447904980?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/6631411375447904980/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulos-i-ii-iii-iv-v-y-vi_31.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6631411375447904980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6631411375447904980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulos-i-ii-iii-iv-v-y-vi_31.html' title='CAPITULOS I: LA VISITANTE'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-480980550354681088</id><published>2010-01-30T23:42:00.008+01:00</published><updated>2011-02-18T22:29:39.181+01:00</updated><title type='text'>CAPITULO II: "La muerte de Melina" y CAPITULO III: "La maldición"</title><content type='html'>--- ¡Vamos! ¡Hay que salir!&lt;br /&gt;Desde la ventana de la habitación que compartía con Guerrero, Rio veía como Asten descansaba sobre la cima de la pequeña montaña que se divisaba a lo lejos. Poco a poco la bola brillante iría desapareciendo y con ella la luz del día. Tenían que darse prisa, de lo contrario apenas quedaría tiempo para jugar en el exterior.&lt;br /&gt;Su padre había sido muy estricto cuando, a regañadientes, les había concedido permiso para salir todos los días. “Os autorizo a salir cuando el Sol (así llamaba él a Asten) se coloque encima de aquella montaña que se ve a lo lejos, pero debéis estar de vuelta en casa antes de que se haga completamente de noche, ¿entendido?”, les había dicho Samuel después de muchas horas negociando con ellos, con Laila e incluso con los abuelos Andon y Jerima.&lt;br /&gt;Todos, excepto el abuelo Andon, comprendían lo aburrido que resultaba para los niños permanecer durante todo el día confinados en el interior de la casa, a pesar de que su habitación estaba orientada hacia el exterior y era de las pocas que disponían de ventana para asomarse al mundo. Menos suerte tenían los inquilinos de las habitaciones orientadas hacia los laterales y el interior de la cueva, pues carecían de mirador alguno. Ese era el argumento que esgrimía el abuelo Andon para justificar su voto en contra de que los niños saliesen de la casa: “si nosotros aguantamos aquí encerrados día tras día, vosotros también podéis, máxime cuando vuestra habitación tiene ventana y las nuestras no”.&lt;br /&gt;La ventana no representaba diversión alguna y a través de ella sólo se veían los arbustos que su padre había plantado delante de la casa para que la ocultaran a la mirada de posibles curiosos. Pero, aún así, las vistas eran un elemento muy valorado y cuando hicieron el reparto de las habitaciones fue un motivo decisivo para que se adjudicaran por sorteo, haciendo una excepción con la de los niños porque todos estuvieron de acuerdo en que, por ser los más pequeños, debía tocarles una con ventana. Su habitación estaba ubicada en la segunda planta, lateral derecho, según se subía la escalera. El mobiliario era sencillo. Tan sólo dos camas separadas por la pequeña mesita de la cabecera, un pupitre situado bajo la ventana y una silla de color azul marino, a juego con las mantas. Ningún objeto infantil ni adorno, salvo el tablero de ajedrez. Aunque había momentos en los que la habitación rebosaba de juguetes y colorido porque a ellos les gustaba divertirse cambiando los muebles a golpe de magia y creando utensilios para nuevos juegos, pero al terminar procuraban dejarla tal cual la había decorado su madre. Sabían que ella se enfadaría y se pondría triste si su buen gusto era cuestionado.&lt;br /&gt;La sala vecina, también con ventana, le había tocado en suerte a Zetu. Era una habitación minúscula donde, con su altura y corpulencia, debía hacer malabarismos para no tropezar en las pocas pertenencias personales que tenía. Pero se había ajustado a la medida de las necesidades y, al ser para una sola persona, se le restó espacio hasta dejarla reducida al mínimo imprescindible. Como único adorno tenía un pequeño espejo enmarcado en color plata que decoraba el cabecero de la cama. “Quizá le sirva para comprobar si cada día le había salido una verruga más”, solía decir Guerrero, mofándose del aspecto repulsivo que presentaba la cara de Zetu, invadida por grandes verrugas negras. “O para ver si su boca se ha estirado un poco más”, contestaba Rio, burlándose también del considerable tamaño de la boca de Zetu.&lt;br /&gt;La otra habitación con ventana, la del lateral izquierdo, les había correspondido a Rue y Ande (hijos de Jalon y Melina). Era una réplica exacta de la de los niños y daba fiel testimonio de que Laila y Jerima andaban faltas de imaginación cuando le indicaron a Samuel cómo tenía que decorar la casa.&lt;br /&gt;Adosada a la de Rue y Ande, sin vistas y encarada hacia el muro derecho de la entrada de la cueva, estaba la de Malu, la desgarbada hija de Zetu, que con sus veinti pocos años era casi tan alta como su padre y sostenía su escuálido cuerpo sobre unas delgadísimas piernas. Su habitación también era minúscula y la cama, al igual que la de Zetu, se había “fabricado” con la misma longitud que las demás. Fue obra de Samuel, que por aquel entonces estaba desganado, sumido en una gran depresión y se limitaba a convertir pequeñas piedras en las cosas que le ordenaban Laila y Jerima, poco previsoras y nada imaginativas. La manta de Malu era de un color verde brillante que, de haber luz natural en la habitación, causaría daño a la vista.&lt;br /&gt;Aunque las quejas de Malu y su padre eran constantes, cuando terminaron de “construir” la casa, Samuel se encerró en su habitación y allí pasaba los días, sumido en la melancolía y sin ánimos de conversar con nadie. Así fue cómo la casa fue quedando con las carencias iniciales, a la espera de que él se recuperara de su enfermedad.&lt;br /&gt;La siguiente habitación (pegada a la de Malu y ocupando la esquina que daba al lateral interior derecho) era la de Samuel y Laila. También carecía de lujos y adornos. Sólo una gran cama en el centro ocupaba casi todo el espacio dejando dos pequeños pasillos a los laterales. Algunas perchas colgadas por la pared componían el resto del mobiliario.&lt;br /&gt;Adosada a la de Samuel y Laila estaba la habitación mayor de la casa. La ocupaban las dos parejas formadas por Andón y Jerima, Amenu y Djama. Se habían visto obligados a compartirla para ganar un poco más de espacio al eliminar el sitio que ocupaban las paredes divisorias. Si se construían dos habitaciones, éstas resultarían demasiado pequeñas. Tenía dos camas de tamaño medio separadas por una mesita, un par de pequeños espejos en las paredes y una estantería donde colocaban las cosas. Los cuatro por unanimidad habían elegido colchas en color rojo, a juego con una alfombra peluda del mismo color, regalo y diseño de Samuel ante las quejas de Djama de lo frío que estaba el suelo cuando apoyaba en él sus pies descalzos. Amenu y Djama eran los más ancianos y sumaban entre los dos más de doscientos cincuenta años.&lt;br /&gt;Haciendo esquina con el lateral interior izquierdo de la cueva estaba la de Jalon y Melina. También estaba ocupada en su casi totalidad por una cama grande, y ésta a su vez por el inmenso cuerpo de Melina cuando descansaba en ella, dejando a Jalon un escaso reducto en la parte derecha. Formaban una extraña pareja. Ella era alta, corpulenta, casi obesa, de cara ancha y orejas enormes; mientras que su compañero era también fuerte, pero mucho más pequeño. Ella le sacaba más de una cabeza en altura.&lt;br /&gt;Finalmente, completando el pasillo cuadrado que giraba entorno a la escalera central, estaba la habitación de Anti y Salu, los otros dos hijos de Zetu. Eran dos gemelos de unos treinta años, famélicos y pálidos, cuya única diversión consistía en hablar un idioma inventado por ellos y que nadie más conocía. Se partían de risa al ver las caras de incomprensión de los presentes cuando ellos se ponían a dialogar en su idioma exclusivo. Al parecer aquel aislamiento había surgido a partir de la muerte de su madre durante un derrumbamiento en las minas de Candai.&lt;br /&gt;Del centro de la planta salía la escalera que conducía al piso inferior, donde se ubicaban el salón, la cocina, el diminuto cuarto de baño y un recibidor cuadrado.&lt;br /&gt;A falta de otras diversiones, Rio y Guerrero empleaban a veces su tiempo recorriendo todas las estancias de la casa e imaginando que un mundo de fantasía se escondía detrás de cada una de sus puertas, y adjudicaban a cada habitación una historia acorde con la personalidad de los que allí dormían.&lt;br /&gt;Pero ningún entretenimiento que tuviera lugar dentro de la casa se podía equiparar a la sensación de libertad que daban los juegos en el exterior, por eso insistieron tanto hasta lograr que se les concediera aquel trocito de tiempo al anochecer.&lt;br /&gt;Cuando se debatió el tema de las salidas al exterior, los niños tuvieron la suerte de que su padre fuera más comprensivo que el abuelo Andon (que se negaba en rotundo a que salieran de la casa) y supiera buscar un término medio que les permitía divertirse un rato cada día sin correr riesgos, o corriendo los mínimos imprescindibles. Era evidente que no debían salir en pleno día porque podían ser vistos desde alguna nave que sobrevolara la zona, dando al traste con la leyenda de que todos ellos habían muerto durante la destrucción del palacio y desatando la ira de Magmalignus, que regresaría para terminar su trabajo exterminándoles a todos.&lt;br /&gt;--- ¿Pensaste algo para hoy? ---preguntó Guerrero, mientras recogía las piezas de ajedrez esparcidas por encima de la cama.&lt;br /&gt;---Pensar… ¿en qué? ¿Para jugar?&lt;br /&gt;--- ¡Claro! ¿Para qué va a ser?&lt;br /&gt;---Pero… ¿no quedamos en seguir practicando la desmaterialización hasta que nos salga bien?&lt;br /&gt;Rio estaba sorprendido ante la pregunta de su hermano porque la diversión favorita de ambos eran los juegos de magia y dominio de los poderes, además del ajedrez (un juego nuevo que les había regalado su padre). Solían practicar ambas diversiones durante casi todo el día, pero preferían aprovechar el tiempo que pasaban en el exterior para ejercitar los poderes, sencillamente porque necesitaban un espacio donde poder colocar las cosas que creaban de la nada, aunque fuera para destruirlas instantes después. Cada tarde salían de la casa, sorteaban con cuidado la empinada cuesta rocosa que daba acceso a la cueva y luego, ya en terreno más llano pero aún pendiente, corrían colina abajo hasta llegar a la llanura del valle por cuyo centro discurría el río. Allí se daban un baño en el pequeño pozo que se formaba en un lateral y después comenzaban a practicar en el vasto campo colindante.&lt;br /&gt;En algunas ocasiones se habían adentrado en el interior de la cueva hasta el lugar donde morían los escasos rayos que se colaban desde el exterior, pero la escasa luz y aquellas paredes oscuras que sudaban agua impregnando el ambiente de olor a humedad salada, hacían que aquel lugar no les resultara atractivo para desarrollar sus juegos y prácticas de magia.&lt;br /&gt;Dentro de la casa, el juego del ajedrez y la invención de historias fantásticas ocupaban casi todo su tiempo durante los largos días que permanecían encerrados en su habitación, salvo algún descanso que dedicaban a ejercitar sencillos juegos de magia. En ambos campos habían hecho considerables progresos y les gustaba seguir avanzando, explorando cosas nuevas. Esos días estaban practicando la desmaterialización. Sabían que su padre era capaz de hacerlo y, aunque no les había explicado cómo, ellos también se esmeraban en concentrarse al máximo para cambiar la estructura de las células de su cuerpo. De momento no habían conseguido progreso alguno, pero creían estar en el buen camino y su ánimo de seguir intentándolo no decaía.&lt;br /&gt;---A mi me da un poco de miedo. ---contestó Guerrero mientras abría la puerta para salir de la casa.&lt;br /&gt;Ante la respuesta inesperada de su hermano adoptivo, Rio abrió al máximo sus almendrados ojos color miel. Guerrero no conocía el miedo, o por lo menos eso había creído él hasta esos momentos.&lt;br /&gt;---Miedo… ¿por qué? Si papá lo hace, yo también puedo. ---contestó Rio, orgulloso de saberse heredero de los poderes de Samuel.&lt;br /&gt;Una sombra bañó el rostro de Guerrero. Él no era hijo de Samuel, aunque se sentía como tal, por eso solía entristecerse cuando el tema de la herencia genética salía a la luz. Poco recordaba de su verdadero padre y, desde que él había desaparecido, lo que más deseaba era compartir con Samuel y Rio algún parecido físico, por insignificante que fuera. Por ese motivo había adoptado también forma humana como ellos.&lt;br /&gt;---Imagínate lo que ocurriría si lo haces y después no puedes regresar a tu estado. Será mejor esperar hasta que papá nos enseñe. Seguir intentándolo solos puede ser peligroso. ---contestó Guerrero, desechando el atisbo de envidia que había asomado instantes antes.&lt;br /&gt;Rio no contestó. Quizá su hermano tenía razón. Él también sentía un poco de miedo a conseguir desmaterializarse y luego no poder regresar al estado anterior.&lt;br /&gt;Descendieron en silencio a través de las rocas que rodeaban la entrada de la cueva. Estaban colocadas en un terreno empinado y había que bajar con cuidado, procurando colocar los pies en algún saliente relativamente seguro. Después vendría el descenso de la colina, a través de un terreno también empinado, pero exento de rocas y piedras que pudieran hacer daño a los pies. Esa parte solían bajarla corriendo para adelantar tiempo. Cada día procuraban ir por un sitio distinto con el fin de evitar que las repetidas pisadas formaran un sendero delator que pudiera guiar al enemigo hasta la casa. Eso no lo había dicho su padre, sino que era cosecha propia y se sentían orgullosos de su astucia.&lt;br /&gt;--- ¡Vale! Se lo diremos para que sea él quien nos enseñe. Ya falta poco… ¿echamos una carrera? ---contestó Rio, después de un largo tiempo de silencio durante el cual habían recorrido casi todo el camino hacia el valle.&lt;br /&gt;A Rio le encantaba competir con su hermano aunque, en cuestión de deportes, siempre salía perdedor.&lt;br /&gt;--- Sabes que te voy a ganar... ---contestó Guerrero, encogiéndose de hombros.&lt;br /&gt;--- ¡Vamos! ---incitó Rio, adelantándose para comenzar la carrera.&lt;br /&gt;Guerrero aceptó el reto.&lt;br /&gt;Aunque Rio había partido con algo de ventaja, le adelantó en pocos segundos y continuó la carrera sin mirar atrás, cruzando los campos de artea rojiza, salteados con algún que otro matorral que alcanzaban la altura de sus rodillas. A su paso, los uros también salían corriendo para buscar escondite entre la vegetación. A pesar de que se había acostumbrado a ellos, Guerrero seguía sintiendo repugnancia hacia aquel pequeño animal, redondo como una bola cubierta por una pelambrera larga y grisácea, que se movía saltando sobre dos patadas tan delgadas que apenas se distinguían. De no ser por el tubo que, a modo de boca, le sobresalía por la parte delantera, daría la sensación de que se trataba de una pequeña pelota que volaba por los aires.&lt;br /&gt;Continuó corriendo hasta llegar al borde del pozo de aguas rosáceas donde solían bañarse cada tarde, y allí se dejo caer al suelo, con los brazos y piernas extendidos en forma de aspas, bromeando como si la carrera hubiera sido muy larga y él estuviera exhausto.&lt;br /&gt;--- ¡Ves, te he ganado! ¡Te he ganado!&lt;br /&gt;El sonido de los pies de Rio esforzándose por llegar junto a él competía con el arrullo del riachuelo que pasaba a su lado.&lt;br /&gt;Rio frenó de repente y se quedó quieto junto a su hermano, con la mirada clavada en el pozo, donde un enorme cuerpo cubierto de escamas verdes sobre una masa amorfa y gelatinosa asomaba entre las aguas, dividiéndose en dos columnas a modo de cuellos sobre las que reposaban sendas cabezas del tamaño de balones gigantescos, en las que se dibujaba una enorme boca redonda mostrando unas fauces afiladas como cuchillos que relucían en la semi-oscuridad abriéndose y cerrándose sobre si mismas con ritmo sincronizado. Sobre ellas, un gran ojo cubría toda la frente emitiendo destellos de fuego.&lt;br /&gt;--- ¡Mira allí! ¡Hay monstruos en nuestro pozo! ---dijo Rio, señalando con la barbilla porque el miedo le había paralizado el resto del cuerpo.&lt;br /&gt;--- ¡No digas tonterías! ---contestó Guerrero, indiferente.&lt;br /&gt;Se había acomodado muy bien usando la artea como colchón y le daba pereza incorporarse para echar un vistazo al pozo.&lt;br /&gt;---Guerrero, por favor, levántate y vayamos a casa. ---suplicó Rio, con un hilo de voz que salía quebrado de su garganta seca.&lt;br /&gt;Guerrero miró a su hermano con gesto de fastidio, pensando que daba tanto la lata que así era imposible disfrutar de aquellos minutos al aire libre. Pero se levantó de un salto cuando vio que Rio estaba temblando, con la cara desencajada y empapada en lágrimas.&lt;br /&gt;---En el pozo no hay nada. ---dijo, aunque, por si acaso, sólo había echado una mirada rápida, de soslayo.--- Pero si…, es mejor volver a casa.&lt;br /&gt;--- ¿De verdad no los viste? ---insistía Rio.&lt;br /&gt;--- Allí no hay nada, solo agua, como siempre. Pero volvamos a casa. Tengo que “hacer” la comida para mañana.&lt;br /&gt;Guerrero se incorporó y ambos enfilaron el camino de vuelta con paso apurado y sin mirar hacia atrás. No querían correr por miedo a incitar al monstruo a perseguirles y procuraban mantener activa la conversación para entretenerse y espantar el miedo mientras se alejaban del lugar lo más rápidamente posible.&lt;br /&gt;--- ¡Bah! ¡Hacer la comida! Si sólo tienes que pensar en algo de comer y aparece de repente. Lo que pasa es que tienes miedo, como yo.&lt;br /&gt;---No es sólo “pensar en algo de comer”. Después os quejáis de que tengo poca imaginación, que siempre hago lo mismo, que esto y que lo otro. Para “preparar” una comida tengo que imaginármela antes, sino no funciona. Nunca se os ocurre pensar que moriríais de hambre, de no ser porque yo estoy aquí. ---contestó Guerrero, harto de que siempre criticasen el menú que les servía.&lt;br /&gt;---No sería así porque papá y yo podemos transformar cualquier cosa en comida. --- contestó Rio, para hacerle ver que no era tan imprescindible como creía.&lt;br /&gt;--- ¿Y qué ibais a transformar? ¡¿Artea?! Aquí el único que tiene el poder de hacer magia y crear de la nada soy yo. ---repuso Guerrero, con aire despectivo y orgulloso.&lt;br /&gt;---Seguro que podríamos sobrevivir sin ti, aunque no te lo creas.&lt;br /&gt;Rio estaba un poco enfadado por la prepotencia de su hermano.&lt;br /&gt;---Y si no soy más imaginativo con la comida es porque no recuerdo como es. Cuando vine de Trutón era demasiado pequeño como para acordarme de lo que se comía allí, y lo único que tengo en mente son las dos o tres comidas diferentes que la abuela preparaba cuando vivíamos en palacio.&lt;br /&gt;Ya se habían alejado y estaban iniciando la cuesta que les llevaría hasta la cueva, pero Rio seguía temblando y Guerrero no se atrevía a mirar hacia atrás para comprobar si había algo en el pozo, que ya quedaba lejano pero aún era visible.&lt;br /&gt;---Dejemos el tema de la comida ¿vale? ---dijo Rio, agarrándose al brazo de su hermano en un gesto con el que pretendía aparentar cariño, pero que estaba más próximo a buscar compañía para vencer el miedo.&lt;br /&gt;--- ¿Sigues teniendo miedo? ---preguntó Guerrero, al sentir que las manos de su hermano apretaban su brazo con más fuerza de la debida.&lt;br /&gt;---Si…&lt;br /&gt;---Yo también. Nunca dejo de pensar en lo que le ocurrió a Melina.&lt;br /&gt;---No debemos hablar de eso, papá nos lo prohibió ¿no te acuerdas?&lt;br /&gt;--- Callando no conseguiremos ahuyentar el miedo. Piensa en lo que pasó ahí abajo, porque estoy seguro de que en el pozo no había nada, sólo cosas que nos imaginamos.&lt;br /&gt;---Cuando duermo siempre sueño con monstruos como los que vi en el pozo. Nos persiguen para matarnos y todas las noches conseguimos salvarnos por los pelos.&lt;br /&gt;---A mi me pasa lo mismo, ya te lo dije. Siempre veo al monstruo que mató a Melina. ---dijo Guerrero, apretando también con fuerza el brazo de su hermano para asegurarse de que no se apartase de él.&lt;br /&gt;--- ¿Cómo sabes que fue uno? Yo creo que tuvieron que ser varios... ¡Y pensar que la abuela también estuvo a punto de morir!&lt;br /&gt;---Es una pena que no quiera contarnos lo que pasó aquel día. A mi me gustaría saberlo ¿y a ti?&lt;br /&gt;---A mi también, aunque me da muchísimo miedo.&lt;br /&gt;La contestación de Rio fue un susurro destinado a sus adentros, que salió al exterior por casualidad y dio a entender a Guerrero que la mente de su hermano había retrocedido unos días atrás, cuando ambos estaban en su habitación jugando al ajedrez.&lt;br /&gt;Era última hora de la tarde y no habían salido porque un chaparrón de agua comenzó a caer justo en el momento que se disponían a salir. Como solía ocurrir cada veinte días, más o menos, el agua caía de repente como si alguien se dedicara a tirarla con cubos enormes desde lo alto. La lluvia duraba sólo unos segundos, pero después todo quedaba anegado y había que esperar hasta que el suelo la filtrara.&lt;br /&gt;En esos momentos Rio retiraba un caballo que había “comido”, para unirlo a los cinco peones y un alfil negros que ya tenía en sus haberes. Pero la pieza no llegó a su destino y cayó otra vez sobre el tablero porque en el trayecto fueron sorprendidos por los alarmantes gritos de su abuela Jerima. “Saaamuel, Laaaila, venid aprisa, nos han atacado….creo que Melina está muerta”. Y así varias repeticiones más con gritos aterradores que resonaban en toda la casa y les sacaron a todos de sus dormitorios para llevarles, desorientados como sonámbulos, a lo alto de la escalera, donde se reunieron sin saber que estaba pasando, si debían bajar o quedarse allí.&lt;br /&gt;Otra oleada de gritos les sacó de la duda y se lanzaron todos a la vez escaleras abajo. Rio y Guerrero iban los últimos. Cuando llegaron al recibidor todo el grupo se había situado ya formando un círculo hermético en torno a Jerima, que sollozaba sin cesar e intentaba relatar lo ocurrido y contestar a las múltiples preguntas que le hacían los que la rodeaban.&lt;br /&gt;Los pequeños intentaron abrirse paso y sacar ventaja de su baja estatura para situarse en un primer plano, gateando por el suelo para aprovechar los escasos huecos que quedaban. Resultó ser misión imposible. Todos aquellos pies parecían estar pegados a la alfombra del recibidor y no se movían ni un centímetro para permitirles avanzar. Les impactó ver el charco negro que empapaba la alfombra entorno a los pies de Jerima y avanzaba sin cesar conquistando terreno al azul celeste original. Más arriba, el rafai que cubría las piernas de su abuela estaba hecho jirones y teñido de negro con alguna que otra salpicadura en tono naranja.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurrió, sati? ¿Por qué estás así? ---preguntaba Laila, agarrando por los hombros a su madre para que dejara de temblar y comenzara el relato de lo ocurrido.&lt;br /&gt;---Melina es-tá mu-mu—erta. ---contestó Jerima, tartamudeando.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde? ¿Dónde está? ¡Habla!&lt;br /&gt;Ahora era Jalón, pareja de Melina, quien preguntaba.&lt;br /&gt;---Es-tá mu-er-ta.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde está? ¿Dónde? ¿Dónde?&lt;br /&gt;Jalón ya había perdido la paciencia y asía con fuerza la tela del rafai que cubría el pecho de Jerima, acompañando cada pregunta con una fuerte sacudida.&lt;br /&gt;---Así sólo conseguirás asustarla más, ¡déjame a mí! --- dijo Ande, el menor de los hijos de la pareja---. Escucha Jerima, sabemos lo mal que lo estás pasando, el miedo que sientes y lo difícil que es para ti todo esto. Ahora estás a salvo entre nosotros, te protegeremos y nadie va a hacerte daño; pero necesitamos saber dónde está mi madre, quizá aún podamos salvarla.&lt;br /&gt;--- Es—tá—ba—mos en la cue—va. Ella mu—rió.&lt;br /&gt;Jalón y sus hijos, Rue y Ande, no esperaron a escuchar más detalles. Tan pronto mencionó la palabra “cueva” rompieron el círculo a empujones y salieron corriendo en busca de Melina, seguidos de Amenu y Djama, preocupados también por lo que pudiera haberle sucedido a su hija. Djama cogió a su compañero de la mano para guiarle en el camino. El anciano tenía el iris del ojo cubierto por una membrana gruesa y transparente que le había dejado casi ciego. Samuel decía que eran “cataratas”, una especie de enfermedad ocular que se presenta en la vejez.&lt;br /&gt;Poco a poco los demás también fueron encontrando una excusa para dejar a Jerima sola y temblando en medio del recibidor. Su aspecto, que en principio era muy escandaloso porque había manchas de sangre por todos lados; pero, una vez analizado más a fondo, se podía comprobar que sólo presentaba rasguños sin importancia. Sin embargo, pudiera ser que en el interior de la cueva se encontraran con algo mucho más trágico.&lt;br /&gt;---Espera aquí, sati. Vamos a buscar a Melina, pero enseguida estaremos de vuelta. ---le dijo Laila a su madre, mientras la cogía por el brazo para ayudarle a sentarse en el sillón que hacía guardia permanente junto a la puerta de entrada.&lt;br /&gt;Jerima hizo un gesto de descontento, como si no quisiera resignarse a perder protagonismo y, una vez acomodada en el sofá, rompió en sollozos incesantes escondiendo la cara entre las manos. Laila hizo caso omiso del llanto y salió de la casa, seguida de cerca por Rio y Guerrero que, aunque nadie les había dicho nada acerca de ir ni de quedarse, aprovecharon el desconcierto del momento para seguir a su madre y comprobar lo que había ocurrido dentro de la cueva.&lt;br /&gt;En fila doblaron la esquina izquierda y cruzaron el estrechísimo pasadizo que separaba el lateral de la casa de la pared de entrada de la cueva, guiados por la poca luz que lograba esquivar los arbustos que Samuel había plantado para ocultar la casa.&lt;br /&gt;--- ¡Melina! ¡Melina, responde! ¿Qué te han hecho?&lt;br /&gt;Era el eco de la voz de Jalón que resonaba en el interior de la cueva y llegaba hasta ellos formando sonidos desgarradores.&lt;br /&gt;--- ¿Qué pasó, sati? ¡Despierta, por favor! ---repetían los hijos.&lt;br /&gt;--- ¡Melina! ¡Somos nosotros! Hemos venido a sacarte de aquí.&lt;br /&gt;--¿Por qué hay tanta sangre? ¿Qué ha ocurrido aquí?&lt;br /&gt;--- ¡Por Hatai! ¿Qué le ha pasado en la cara? ¡¿En verdad es Melina?!&lt;br /&gt;Varios de los presentes hablaban a la vez y entre todos ellos destacaba la voz de Jalón que, rota de dolor, intentaba sin éxito reanimar a su compañera.&lt;br /&gt;Laila y sus hijos siguieron caminando hacia el interior, guiados por el eco de las voces y por una luz tenue que procedía de una piedra que Samuel sostenía en la mano. El lugar donde yacía Melina estaba muy cerca de la casa, pero les daba la sensación de que el tiempo se había detenido y la distancia aumentaba para hacerse insalvable.&lt;br /&gt;Con cada paso que avanzaban la escena se hacía más nítida por la mayor cercanía y porque sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad. Las voces se habían acallado y los presentes, convencidos de que ya nada se podía hacer para salvarla, se habían apartado en señal de respeto y consternación. Formaban un círculo entorno a ella y permanecían silenciosos, con la mirada clavada en el suelo, como si estuvieran adorando el cuerpo que allí yacía.&lt;br /&gt;Los niños seguían caminando detrás de su madre, procurando no perder detalle del dantesco escenario.&lt;br /&gt;Poco a poco el cuerpo de Melina se fue dibujando con claridad en medio de los que la rodeaban manteniendo cierta distancia y de aquellas tinieblas invadidas por la luz de la improvisada linterna que Samuel sostenía en su mano derecha. Yacía tendida en el suelo sobre un charco de sangre. Su cuerpo, ya de por si muy corpulento, se había hinchado como un globo, deformando la cara y convirtiendo el resto en una masa amorfa que amenazaba con desparramarse por todo el suelo aprovechando las roturas de su vestimenta.&lt;br /&gt;Laila se giró e hizo a sus hijos una señal de “stop” con la mano, para que no avanzaran más y esperaran en el lugar mientras ella se acercaba al grupo. Lo que había allí no era apto para el público infantil.&lt;br /&gt;Los niños no pusieron pegas. Quedaron clavados en el lugar, temblando y con los ojos desencajados. El escenario era dantesco. Estaban en medio de la oscuridad, iluminados por la escasa luz que salía de la piedra que sostenía su padre. Las sombras de los presentes, deformadas y alargadas, se extendían por las paredes de la cueva moviéndose al son de los gritos desgarradores de los familiares de Melina y de los llantos de los acompañantes. Eran como monstruos negros y gigantes que invadían la cueva entorno al cuerpo tendido en el suelo que ponía rostro a la muerte.&lt;br /&gt;Su madre regresó enseguida, con la cara inexpresiva, los ojos perdidos entre las tinieblas y la boca abierta, incapaz de articular palabra. Les hizo otro gesto con la mano para indicarles el camino de vuelta.&lt;br /&gt;La siguieron sin rechistar.&lt;br /&gt;Nada más entraron en la casa, Laila cerró con llave, levantó a su madre (que continuaba sentada en el sofá del recibidor en la misma postura) y empujó el sofá hasta arrimarlo a la puerta de entrada. Su mirada estaba desencajada como la de un demente. Con movimientos ágiles comenzó a correr de habitación en habitación buscando más cosas por toda la casa, con el fin de hacer una montaña de objetos tan grande que su magnitud fuera suficiente como para mantenerles a salvo en el interior. Ayudada por el pánico, arrastró los sofás del salón hacia la entrada como si su peso fuera tan ligero como una pluma de ave. Allí sirvieron de base para colocar encima las sillas, ropas y otros objetos que fue encontrando por la casa, hasta que formó una pila que alcanzaba el techo. Cuando ya no cabía la posibilidad de amontonar más, suspiró satisfecha.&lt;br /&gt;--- ¡Ya está! ¡Creo que es suficiente! ---dijo mientras pasaba la mano por la frente para limpiarse el sudor.&lt;br /&gt;Otro arrebato la llevó hasta la cocina, de donde regresó esgrimiendo dos enormes cuchillos, uno en cada mano.&lt;br /&gt;---Hay que estar preparados, pronto nos tocará a nosotros. ---dijo, con total convicción.&lt;br /&gt;---Mami… ¿por dónde van a entrar los demás cuando vuelvan de la cueva?&lt;br /&gt;Laila no prestó atención al comentario de Rio y revisaba la hoja de los dos cuchillos que sostenía en las manos para comprobar que estaban afilados. Se detuvo cuando escuchó que alguien aporreaba la puerta desde el exterior.&lt;br /&gt;--- ¡Ya están aquí! ¡Vienen a por nosotros! Niños… esconderos arriba, debajo de vuestras camas, y no os mováis de allí ni hagáis ruido. ---dijo su madre, sin parar de dar vueltas por todo el recibidor, mientras esgrimía con fuerza un cuchillo en cada mano.&lt;br /&gt;--- ¡Laila, abre! Somos nosotros, ¿qué está pasando ahí dentro?--- preguntaban varias voces a la vez.&lt;br /&gt;---Son el abuelo y los demás… ¡hay que abrirles! ---dijo Guerrero, poniendo manos a la obra para retirar los objetos que se apilaban delante de la puerta.--- ¡Venga, Rio! ¡Mami! Hay que quitar todo esto para que puedan entrar.&lt;br /&gt;Confusa y desorientada, Laila dejó caer los cuchillos en medio de la alfombra manchada de sangre y se dispuso a deshacer lo que tanto trabajo le había costado unos momentos antes.&lt;br /&gt;--- ¿Qué te ocurre hija? ¿No querías dejarnos entrar? ---preguntó Andón nada más franquear la puerta de entrada, con la respiración entrecortada pero esbozando una leve sonrisa que trataba de quitar importancia al nerviosismo de Laila.&lt;br /&gt;Ella se encogió de hombros y correspondió con una sonrisa inocente.&lt;br /&gt;---Laila, lleva a los niños y a Jerima al piso de arriba y quédate allí con ellos hasta que te avisemos. ---dijo Samuel, empleando un tono de voz autoritario e inusual en él.&lt;br /&gt;--- ¿Por qué papi? ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no podemos quedarnos aquí? No molestaremos a nadie.&lt;br /&gt;--- ¡Haced lo que os digo! Ya responderé a vuestras preguntas cuando todo haya terminado.&lt;br /&gt;Su padre estaba desconocido aquella tarde, como si de repente hubiera despertado del largo letargo en el que permanecía sumido desde aquella lejana noche en la que el fuego llovido desde el cielo les obligó a huir de Candai corriendo y sin mirar atrás.&lt;br /&gt;Aquellos también habían sido unos días de pánico y desconcierto. Durante un tiempo estuvieron vagando por los campos en busca de un refugio capaz de ocultarles de la ira de Magmalignus, hasta que la providencia puso aquella cueva ante sus ojos proporcionándoles un lugar para vivir aunque fuera sin esperanzas de futuro.&lt;br /&gt;Cuando al fin se decidieron a habitarla, Amenu ponía inconvenientes para quedarse allí, alegando que en realidad seguían muy cerca de Candai, tanto que podía resultar peligroso.&lt;br /&gt;Pero a pesar de la insistencia del anciano decidieron quedarse a vivir en la cueva porque nadie más compartía tan disparatada opinión. La habían encontrado después de varios días caminando sin rumbo y desde allí no se divisaba la ciudad. Ante esa evidencia desecharon las advertencias de Amenu. Pero ningún argumento impidió que él, en contra de la opinión de todos, siguiera sosteniendo que Candai estaba justo al otro lado de la montaña.&lt;br /&gt;Desde aquel entonces, Samuel casi no había vuelto a articular palabra, sólo algunas escuetas respuestas que le resultaba imposible eludir. La derrota sufrida a manos de Altrus le sumió en una profunda depresión que se había adueñado de su espíritu y amenazaba con comerse también su cuerpo, cada vez más escuálido por la pérdida de peso. En su cara se había dibujado una tristeza permanente y los ojos le rebosaban con un llanto constante que afloraba en silencio. Apenas comía y se pasaba las horas encerrado en su habitación. Sólo se permitía salir un rato cada tarde, para “meditar”, como decía él. Entonces se adentraba solo en el interior de la cueva y regresaba un tiempo después con el rostro aún más taciturno. Ninguno de ellos sabía lo que hacía allí dentro, en medio de la oscuridad, porque no permitía que nadie le acompañara. Y, aunque todos los de la casa estaban muy preocupados por su estado de salud y les mordía la curiosidad por saber si estaba tramando algo o quizá ensayando algún poder recién descubierto que les sacara del atolladero en el que estaban metidos, nadie se había atrevido a seguirle para comprobar lo que hacía en el interior de la cueva.&lt;br /&gt;Los trágicos hechos de aquella tarde encendieron la chispa en la mente de Samuel. Aquél brote de vitalidad, que había surgido paralelo a la muerte de Melina, cogió por sorpresa a los niños que, a regañadientes, reconocieron la autoridad paternal y subieron la escalera para entrar en su habitación, procurando dejar la puerta discretamente entreabierta, con una pequeña rendija que permitiera colarse a la conversación que llegaba desde el recibidor.&lt;br /&gt;Laila también obedeció sin rechistar, cogiendo del brazo a su madre para acompañarla a su dormitorio.&lt;br /&gt;---Se oye fatal, parece que están diciendo algo como “hay que hacerlo ahora mismo”, pero no entiendo nada más ---dijo Rio mientras mantenía la oreja pegada a la ranura de la puerta y miraba hacia su hermano, que le estaba haciendo señas para que repitiera rápido lo que estaba oyendo.&lt;br /&gt;--- ¡Déjame a mi! ---respondió Guerrero, apartándole de un empujón.&lt;br /&gt;--- ¿Qué dicen? ¿Entiendes algo?&lt;br /&gt;---Nada. Tenemos que salir a lo alto de la escalera. Si vamos gateando por el suelo, no nos verán. Ve tú delante.&lt;br /&gt;La cima de la escalera ofrecía una vista privilegiada del recibidor y la conversación llegaba con claridad. Estaban todos reunidos, apiñados para espantar el miedo. Samuel había tomado la palabra.&lt;br /&gt;---Jalón, Rue, Ande… Si a vosotros os parece bien, yo propongo que la enterremos ahora mismo. Si lo dejamos para mañana habrá que esperar hasta que se vuelva a hacer de noche, pues de día no podemos arriesgarnos a salir porque alguien podría vernos y sería nuestro fin. Y esperar hasta mañana por la noche también puede ser peligroso porque no sabemos lo que ha pasado ni qué fue lo que causó su muerte. En principio parece obra de algún tipo de alimaña y si la dejamos allí corremos el riesgo de no encontrar el cadáver cuando vayamos a buscarlo mañana. El causante de su muerte podría regresar.&lt;br /&gt;Jalón permaneció callado, con la mirada perdida en alguna parte del suelo. Había envejecido varios años en unas horas. Sus más de ochenta años bien llevados cayeron de repente como un peso muerto sobre sus espaldas, encorvando su talle erguido y apagando su hasta entonces espíritu juvenil como una vela que amenaza con extinguirse tras un soplo de aire.&lt;br /&gt;---Estamos de acuerdo en lo que propones, ¿verdad papá? ¿Qué opinas tú, Rue? ---preguntó Ande, el hijo menor de Melina, cuya serenidad estaba impresionando a todos.&lt;br /&gt;---Si, hijo, estamos de acuerdo. Encárgate tú. ---contestó Jalón, sin levantar la vista del suelo.&lt;br /&gt;---Y, en vez de conservar el cadáver, ¿no sería mejor hacerlo desaparecer? Tú, Samuel, podrías hacerlo ¿verdad? ---preguntó Ande, con cierto temor por lo arriesgado de su propuesta, pues sabía que Samuel era partidario de los enterramientos.&lt;br /&gt;La situación era novedosa para todos ellos. Samuel provenía de una cultura donde los muertos seguían ocupando su espacio. Sus restos se enterraban en cementerios donde familiares y amigos acudían a visitar las tumbas. En cambio, en Kimismo, eran los propios guardias los que se encargaban de hacer desaparecer el cadáver. La familia sólo tenía que olvidar, por lo menos de cara al exterior, porque los duelos no estaban permitidos en los barracones de Candai. Era una sociedad que tenía asumido que estaba de paso, que algún día se marcharía para siempre y que los cadáveres no eran sino una carcasa a desechar. Durante el corto reinado de Samuel se habilitó un cementerio a las afueras de la ciudad, simplemente porque él lo propuso y el resto de los habitantes estuvieron de acuerdo. Pero las circunstancias habían cambiado y una tumba en medio del campo supondría un elemento delator más.&lt;br /&gt;---Sí, yo podría hacerlo… pero esa decisión debéis tomarla vosotros, que sois su familia. ---contestó Samuel.&lt;br /&gt;El padre y sus dos hijos entraron en el salón para hablar en privado. Amenu y Djama, padres de Melina, también se acercaron tímidamente, aunque no habían sido invitados a opinar.&lt;br /&gt;El corto tiempo de espera transcurrió en silencio. Enseguida apareció Ande para dar el veredicto.&lt;br /&gt;--- Hemos llegado a un acuerdo. Es mejor que el cadáver de mi madre desaparezca. ---contestó como portavoz de la familia, que seguía llorando la ausencia en el salón a puerta cerrada.&lt;br /&gt;---Y… ¿cuándo preferís que lo haga? ---preguntó Samuel con la delicadeza que la ocasión requería.&lt;br /&gt;---Ahora mismo. Cuánto antes terminemos con esto, mejor. Ella ya no habita en ese cuerpo que está dentro de la cueva. Ahora sólo existe en nuestras mentes. ---respondió Ande con voz decidida y mirada triste.&lt;br /&gt;Samuel asintió en silencio y se dispuso a salir para cumplir con el trágico cometido. Abrió la puerta exterior y se giró sorprendido al ver que nadie le seguía. Los demás permanecían en el recibidor, quietos como estatuas.&lt;br /&gt;--- ¿Me acompañáis para despediros de ella? ---preguntó.&lt;br /&gt;---No es necesario. Ella ya no está allí. No hay de quien despedirse. ---dijo Ande.&lt;br /&gt;Los demás continuaron mirando al suelo. Samuel no sabía cómo reaccionar ante una situación tan novedosa y una actitud tan diferente a la que él consideraba que sería la “normal”.&lt;br /&gt;---Pero alguien debería acompañarle. Puede correr peligro. No sabemos qué fue lo que la atacó a ella. ---propuso Andon, mirando a su alrededor en busca de voluntarios.&lt;br /&gt;Desde lo alto de la escalera, Rio y Guerrero vieron como su padre, seguido de Andón y Zetu, salía de la casa mientras los demás permanecían inmóviles sobre la ensangrentada alfombra que, a través de su dúo de colores, ofrecía fiel testimonio del antes y el después en las vidas de los habitantes de la casa.&lt;br /&gt;En un momento dado se dispersaron hacia la escalera, por donde subieron en silenciosa procesión para desaparecer después tras la puerta de sus habitaciones.&lt;br /&gt;Los días que siguieron al de la muerte de Melina fueron del todo extraños y además muy, muy aburridos. Los niños no podían salir de su habitación, por prohibición expresa de sus padres y por la vigilancia a la que les sometían todos los demás, que vagaban por la casa como almas en pena con el miedo reflejado en sus angustiados rostros. Pero parecían recibir una especial compensación emocional proporcionando “seguridad” a los más pequeños de la casa y, para cumplir su cometido, oteaban todo el día desde las esquinas, chivándose inmediatamente a Samuel o a Laila si los veían poner un pie fuera del umbral de la puerta.&lt;br /&gt;Era un verdadero fastidio no estar al corriente de lo que pasaba, ni de lo que decían esos cuchicheos constantes que sobrevolaban el ambiente enrarecido de la casa y que, por más que pegaran la oreja a la puerta, no conseguían sintonizar debidamente. “¡Si por lo menos tuvieran la feliz idea de utilizar la telepatía!”, decía Rio, aún a sabiendas de que, generalmente, sólo la usaban para comunicarse a distancia o cuando, por el motivo que fuera, no era conveniente que alguien pudiera escuchar lo que se decía. Entonces se comunicaban directamente con el receptor del mensaje, simplemente pensando en su código personal. Pero, cuando los receptores eran varios, la comunicación telepática tenía que ser también “abierta” y cualquiera podía acceder a ella. Por eso, para intercambiar confidencias en grupo, desechaban la telepatía y, simplemente, hablaban en voz baja.&lt;br /&gt;--- ¿Sabes una cosa hermano? ---le había preguntado Guerrero un día.&lt;br /&gt;---Si no me dices lo que es, no sabré si la sé o no.&lt;br /&gt;--- Cuando jugábamos dentro de la cueva yo tenía la sensación de que no estábamos solos. Sentía la presencia de alguien, como si nos estuvieran observando…&lt;br /&gt;Aquellas palabras le proporcionaron a Rio la dosis de miedo suficiente para todos los días venideros. El también había notado algo así cuando se adentraban en la cueva. Era la sensación de que alguien acechaba desde la oscuridad. ¿Y si algún animal tuviera allí su refugio? Su padre les había contado que en la Tierra las cuevas estaban habitadas por osos, unos animales enormes, con cuatro patas, el cuerpo cubierto de pelo y una fauces tan temibles que podrían despedazarles en cuestión de segundos. ¿Y si fuera eso lo que le ocurrió a Melina?&lt;br /&gt;Por su cabeza comenzaron a desfilar imágenes una tras otra, a cual más terrible, a modo de diapositivas que representaban con toda claridad las cosas horribles que podían haberles ocurrido a él y a su hermano durante algunas tardes en las que habían estado jugando en la cueva. Las imágenes cada vez pasaban más deprisa, y más, y más, hasta que todo se volvió oscuridad…&lt;br /&gt;Aquel episodio puso fin al “encierro”. Al parecer encontraron a Rio tirado en el suelo, entre las dos camas que tenía la habitación, inconsciente, con el cuerpo bañado en sudor y a su hermano llorando a su lado e incapaz de articular palabra.&lt;br /&gt;Samuel decidió tomar cartas en el asunto y trajo de vuelta la normalidad para todos los habitantes de la casa, aunque con ciertas restricciones. Mientras tanto, él seguía indagando en pos de la verdad sobre la extraña muerte de Melina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPITULO III: "LA MALDICION"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Monnie solía despertarse un poco antes de que la abuela Amand llegara a su lado para darle un par de suaves toques en el hombro, como señal de que había llegado el momento de levantarse, desayunar y salir con sus padres a los campos para trabajar en las tareas de cultivo del fangut. Pero esa mañana sus ojos se abrieron incluso antes de lo habitual, iluminados por un fulgor que nacía en el fondo del alma. Optó por seguir soñando aunque ya estuviera despierta.&lt;br /&gt;Él ya se había marchado, pero le quedaban los recuerdos de la hermosa noche que habían pasado juntos y nada ni nadie podría impedirle rememorarlos hasta en el más mínimo detalle. Ella sabía que aquellas aventuras nocturnas formaban parte de un sueño, pero no le importaba demasiado porque las sentía con la misma intensidad que si estuvieran ocurriendo en la vida real. También sabía que el hecho de conocer a Samuel había removido los cimientos de su existencia hasta tal punto que su subconsciente le traicionaba permitiéndo que él se colara en sus sueños cada noche para servirle en bandeja una felicidad que nunca estaría a su alcance en la vida real. De lo que pasaba por su mente durante la noche sólo Samuel era real; el resto era fruto de su imaginación, que había comenzado a tejer un amor platónico desde la primera vez que le vio en persona.&lt;br /&gt;Viajó en su memoria hasta el lugar donde en sueños se reunía con Samuel. Allí se encontró consigo misma, vistiendo un rafai rojo y hecha un manojo de nervios ante la promesa que había hecho de reunirse con él, tal y como ambos convinieron durante el sueño de la noche anterior. El lugar de la cita era idílico. La mente de Monnie lo había urdido a la perfección dibujando la estampa de un lago redondo de aguas mansas, tapado con un manto de estrellas reflejadas desde el cielo en sus aguas cristalinas, abrazado en toda su circunferencia por una cordillera de montañas rocosas y custodiado por el enorme y centenario árbol de grandes hojas en forma de corazón, testigo mudo de todos sus encuentros.&lt;br /&gt;Cuando llegó al lugar él ya la estaba esperando a orillas del lago, absorto mirando las ondas concéntricas que formaban las piedras que iba tirando al agua a modo de entretenimiento para llenar el tiempo de espera. Ella aprovechó para contemplarle durante unos segundos con el descaro de quien observa sin ser visto. Cuanto más le miraba más perfecto le parecía. Su cuerpo se vestía con una piel blanca, lisa, perfecta. El pelo, como él llamaba a lo que le cubría la cabeza, era del color de los rayos de Asten y brillaba incluso en plena noche. Su silueta alta, erguida, imponente, formaba el complemento perfecto para la postal que sobre el estanque dibujaba la escasa luz que Asten emitía mientras se ocultaba definitivamente hasta la mañana siguiente. Monnie sonrió recordando la primera vez le vio salir de la casa. En aquel momento sintió miedo ante el extraño que se acercaba a las rocas donde ella se ocultaba. Su físico le pareció horrible, de aspecto monstruoso.&lt;br /&gt;--- ¡Estás ahí! ---exclamó Samuel cuando giró la cabeza hacia el lugar de donde procedía el pequeño ruido que había escuchado.&lt;br /&gt;---Sí, estaba observando las curiosas formas que dibujan las piedras al caer al agua. ---mintió Monnie.&lt;br /&gt;---Me alegra que hayas venido pronto porque hoy tengo una sorpresa para ti. Me gustaría llevarte a un lugar, si te apetece… ---dijo él, acompañando su propuesta con una sonrisa.&lt;br /&gt;--- ¿Y dónde está ese lugar? ---preguntó Monnie con coquetería.&lt;br /&gt;---Es el sitio del que provengo, donde nací y donde he vivido los mejores años de mi vida. ---contestó Samuel con nostalgia y la mirada perdida en las aguas del lago.&lt;br /&gt;---Sí, pero… ¿dónde está?&lt;br /&gt;---En un lejano planeta, llamado La Tierra. ¿Vienes conmigo? ---Insistió.&lt;br /&gt;Monnie pensó que, con aquel tono de voz que empleaba acompañado de una sonrisa que le desarmaba la voluntad, lo habría seguido hasta los mismísimos infiernos, si él se lo hubiera pedido.&lt;br /&gt;---Sí. ---dio por toda respuesta.&lt;br /&gt;--- ¡Ven, acércate! Dame la mano y cierra los ojos.&lt;br /&gt;Llegado a este punto del recuerdo, lamentó no haber estado más serena después de que él le hiciera aquella petición; pues lo único que ahora recordaba era la calidez y la suavidad de sus manos y, con tan pocos detalles, no podría recrearse durante el resto de su vida reviviendo aquellos escasos segundos que le había tenido tan cerca, porque antes de que lograra recuperarse de su embriaguez habían llegado a una casa extraña, llena de raros objetos distribuidos por todas partes, hasta el punto de que había que moverse con sumo cuidado para no tropezar en los estrechísimos pasillos que quedaban libres.&lt;br /&gt;--- ¡Cuántas ganas tenía de volver aquí!&lt;br /&gt;--- ¿Dónde estamos, Samuel?&lt;br /&gt;--- ¡Ah! Perdona por no explicarte. Estamos en mi casa. Bueno… en la que era mi casa. Hemos aterrizado justamente en el salón. --- contestó él, mientras pasaba la mano por encima de un mueble y luego la mirada por la mano, haciendo un gesto raro --- ¡Esta casa necesita una buena limpieza!&lt;br /&gt;Samuel sacudió su mano, dejando en el aire una estela de polvo amarillento.&lt;br /&gt;Monnie miraba con curiosidad todos aquellos objetos (a cual más raro) que llenaban la casa y guardaban entre ellos una única característica en común: todos tenían formas rectas. Parecía que los “humanos” (como Samuel llamaba a los de su especie) tenían especial predilección por aquella forma geométrica, tan discriminada en Kimismo a favor de las cosas redondeadas.&lt;br /&gt;--- ¡Ven! Quiero enseñarte algo que echo mucho de menos en Kimismo ---dijo Samuel con entusiasmo, mientras guiaba a Monnie hacia la librería que presidía el salón, eligiendo al azar “El nombre de la Rosa” entre las docenas de libros polvorientos que allí descansaban desde hacía años, esperando viajeros dispuestos a trasladarse a sus mundos imaginarios.&lt;br /&gt;--- ¿Qué es? ---preguntó ella esbozando una sonrisa tímida, sin apartar la mirada del extraño objeto (también cuadrado, por supuesto) que Samuel sostenía en una mano mientras se esmeraba en limpiarlo con la otra.&lt;br /&gt;--- ¡Ah! ¡A ver si lo adivinas! Cógelo, si lo aciertas te lo regalo.&lt;br /&gt;Monnie lo cogió con ambas manos y comenzó a darle vueltas hacia un lado y hacia el otro. Cuando momentos después lo abrió, descubrió en su interior un sistema de signos que guardaban alguna relación con la escritura que ella había conocido. Aunque recordaba que en aquella época (durante los escasos años que vivió en libertad fuera de la cueva) era más habitual utilizar archivos de audio para conocer la materia contenida en los libros, porque las últimas novedades literarias pasaban del ordenador familiar al chip mental individual con sólo seleccionar la materia en concreto y pulsar una tecla. Después las novelas sonaban en el interior del cerebro, pudiendo incluso elegir entre múltiples tonos de voz. Pero, aún así, también existía un sistema de escritura y tenía muchos adeptos que preferían interpretar los símbolos por sí mismos y después dotarlos de sentido al ritmo que ellos considerasen conveniente, sin tener que verse sometidos a un sistema de audio, que algunos consideraban que iba muy rápido y otros que era demasiado lento.&lt;br /&gt;En el Candai de aquella época también existían los almacenes de libros, donde sólo se guardaban los de menor categoría, cuyo contenido se almacenaba en unas máquinas llamadas “riges”, de pequeño tamaño y forma de anillo dividido en dos mitades que se acoplaban por medio de un imán. Los riges se insertaban en una especie de espetas fijadas en las paredes del almacén, que se llenaban hasta el máximo de su capacidad pudiendo contener cientos de ellos cada una. En la parte exterior los riges llevaban un microchip que reconocía el nombre del libro de forma hablada, de tal manera que cuando alguien buscaba un título concreto entre el sinfín de obras que allí descansaban, sólo tenían que mencionarlo y el chip que se veía reconocido en aquellas palabras emitía un pitido con destellos de luz para que el interesado lo localizara. Para sacarlo de la “espeta” sólo tenía que despegar el imán, sin necesidad de sacar todos los que delante de él completaban el recorrido de tan singular método de almacenamiento. Y para orientar a los lectores que acudían sin elección previa, había un expositor ubicado en la entrada, con un catálogo que incluía todos los libros que allí se podían encontrar.&lt;br /&gt;En cambio las obras maestras se almacenaban en el Centro de Saber y en los ordenadores familiares o chips personales. Pero, dado que éstos tenían una capacidad limitada, los libros considerados más insignificantes se enviaban a los almacenes, para liberar espacio a favor de las obras más importantes.&lt;br /&gt;---Es un libro. ---contestó Monnie, probando suerte.&lt;br /&gt;--- ¡¿Cómo lo supiste tan rápido?! ---preguntó Samuel y, a la par que la sonrisa emergía en sus labios, los ojos se clavaban en Monnie brillando de admiración.&lt;br /&gt;--- ¿Crees que en Kimismo no conocemos los libros? Bueno…. los conocíamos, después todos fueron destruidos, según tengo entendido… Pero no eran así, los nuestros eran… ---Monnie se paró a buscar una palabra que resultara comprensible---, eran como pequeñas máquinas y el contenido se cargaba mediante ondas que viajaban por el aire ¿te haces una idea?&lt;br /&gt;---Más o menos… Reconozco que estáis a años luz de nosotros y no solo en distancia espacial. Pero es curioso que, con una inteligencia muy superior y tantos avances tecnológicos, allí se viva de una forma tan primitiva, si lo comparamos con la vida de la gente aquí en la Tierra.&lt;br /&gt;---Eso es culpa de Altrus y de nadie más. ---dijo Monnie, intentando poner las cosas en su sitio.&lt;br /&gt;--- ¿Quieres que te enseñe a leerlo?&lt;br /&gt;Samuel comprendió que quizás no había estado muy acertado al hacer la comparación y cambió el rumbo de la conversación.&lt;br /&gt;--- ¡Me encantaría!&lt;br /&gt;---Ven, siéntate aquí. ---propuso él, dando un par de palmadas en el sitio vacío que se encontraba a su lado en el sofá, invitándola a que lo ocupara.&lt;br /&gt;Ella dudó durante unos instantes. A pesar de que la proposición era completamente de su agrado temía que, al estar tan cerca de él, su cuerpo le jugara una mala pasada y reaccionara con temblores, sudores y cambios repentinos de coloración que pasarían del blanco al rojo en pocos instantes, delatando unos sentimientos que le interesaba mantener ocultos.&lt;br /&gt;---Ven, siéntate a mi lado ---insistió él.&lt;br /&gt;“¡Vamos, no seas tonta, no desaproveches una ocasión como esta!” repetía ella para sus adentros, hasta que logró reunir fuerzas para vencer la timidez e ir al lado de Samuel, que sostenía el libro abierto entre sus manos y parecía entusiasmado con la idea de iniciarla en la lectura.&lt;br /&gt;Atravesó la distancia que le separaba del sofá y se dispuso a recibir clases para desentrañar aquella maraña de garabatos.&lt;br /&gt;La escritura humana era sencilla. Compuesta sólo de unos pocos símbolos combinados entre sí que formaban palabras, algunas de las cuales tenían significado por sí mismas, pero otras muchas sólo lo adquirían cuando se unían a otras. Monnie pensó que las de esta última clase eran semejantes a las parejas y, sin querer, recordó aquella famosa cita de su abuela, en la que se refería al amor comparándolo con las aguas de dos ríos que se unen. La fusión es tal, decía, que al poco tiempo ya no se podrá distinguir cuáles son las aguas de uno y cuales las del otro, pero si algún día vuelven a separarse, continuarán su camino en solitario pero sus aguas ya nunca serán las originales, sino que llevarán la mezcla que aportó el otro para siempre, hasta que el gran mar las absorba y allí se pierdan para siempre. Amand siempre acompañaba aquella cita del amor con una mirada de añoranza y una sonrisa rota que, sin embargo, parecía haber salido a flote ante la evocación de recuerdos muy gratos.&lt;br /&gt;Decidió desechar pensamientos que en esos momentos no venían a cuento y centrarse en la lectura.&lt;br /&gt;La escritura humana difería de la kimismana en que esta última sólo daba oportunidad a las palabras dotadas de significado por sí mismas, eliminando todo lo superfluo. Se asignaba un único símbolo o letra a cada palabra. A esa letra se le podían agregar algunas variantes, según el significado que se le quisiera dar en cada momento. A modo de ejemplo, Monnie recordó las múltiples formas de escritura que tenían las derivadas de la palabra “camino”. En el idioma kimismano, camino se simbolizaba con dos rayas cortas y paralelas. Sin embargo, si lo que se quería expresar era la acción de “caminar”, se añadía una raya perpendicular en el extremo izquierdo. Esa raya se ponía en el centro para la expresión “caminante”. Si se añadía un punto en medio, se expresaba una distancia recorrida. De esa forma su escritura constaba de miles de símbolos diferentes que, en un relato, se sucedían unos a otros sin estar unidas por preposiciones ni conjunciones.&lt;br /&gt;Resultó ser una alumna muy aventajada y bastaron tres horas escasas para que pudiera leer de corrido el libro elegido por Samuel. Pero la historia que se relataba en él le causaba angustia y ni siquiera el hecho de sentir el cálido roce de la pierna y el hombro de Samuel eran razón suficiente para que deseara continuar allí sentada leyendo aquella trágica historia en la que ocurrían una sarta de muertes a las que encontraba mucha similitud con algo que había presenciado días atrás y que no dejaba de atormentarla, a pesar de que trataba por todos los medios de desterrar aquel recuerdo de su mente. Pero los malos recuerdos son vecinos descarados que se niegan a irse aunque les echen y, aunque se logre cerrar la puerta tras ellos, esperan en el rellano para colarse tan pronto aparezca la ocasión sin necesidad de ser invitados.&lt;br /&gt;--- ¿Nos marchamos? Pronto será hora de despertar. ---propuso Monnie mientras cerraba el libro con cuidado, pues sabía que cada uno de ellos era un tesoro para Samuel.&lt;br /&gt;---Tienes razón. Debemos marcharnos, pero antes recoge tu regalo, ¡te lo has ganado! --- dijo él, ofreciéndole el libro y una sonrisa.&lt;br /&gt;Ella lo recogió.&lt;br /&gt;---Lo he pasado muy bien. ---dijo Monnie&lt;br /&gt;---Yo también. ¿Repetimos mañana?&lt;br /&gt;Ella solía concederle a Samuel el honor de proponer la siguiente cita. Y para esa pregunta siempre tenía preparada una rapidísima respuesta en forma de “sí” que expresaba con un simple meneo de cabeza.&lt;br /&gt;A menudo se angustiaba pensando en lo que podría ocurrirle si algún día, por expreso deseo o por olvido, él no planteara la pregunta principal de la noche, la más importante de todas, la que invitaba a otra cita dando continuidad a aquel sueño. Y se le antojaba que, si eso llegara a ocurrir, simplemente no querría seguir viviendo porque el mundo se le presentaría demasiado aburrido, insulso y carente de interés alguno que justificara el sacrificio que ella tenía que hacer para seguir en él durante toda la eternidad sin esperar compensación alguna.&lt;br /&gt;--- ¡Monnie! ¡Monnie! ¡Despierta! Tienes que levantarte, tus padres ya están desayunando.&lt;br /&gt;Era la voz suave de Amand, que le traía de vuelta al mundo real.&lt;br /&gt;---Voy enseguida.&lt;br /&gt;Salió de la siara emborrachada de recuerdos y siguió a su abuela hasta la entrada de la casa, donde Frec y Rostie daban cuenta de su desayuno mientras planeaban la nueva jornada laboral que iba a comenzar.&lt;br /&gt;En un momento dado se acordó del regalo que Samuel le había dado durante el sueño y regresó a la siara corriendo, con la esperanza de encontrar el libro en algún lugar. Rebuscó entre las hojas de fangut, en el suelo, al lado de la roca de la pared…, pero el libro no estaba por ninguna parte.&lt;br /&gt;Regresó a la mesa desilusionada y convencida de que los objetos y las personas que aparecen en los sueños sólo tienen cabida en el mundo de la mente Por un momento todo le había parecido tan real que creyó que encontraría el libro en algún lugar de la casa.&lt;br /&gt;---Las plantas están bien. Ayer revisé todo el campo. Así que hoy dedicaremos la mitad del tiempo a su cuidado y después trabajaremos en la expansión del terreno. Luego a la noche, antes de acostarnos, hay que volver a revisar los cultivos para decidir lo que haremos mañana. Te encargas tú de eso. ---decía Frec mirando a Rostie, que se limitaba a asentir en señal de obediencia.&lt;br /&gt;---Ya lo has oído Monnie, desayuna rápido que hay trabajo. ---dijo Rostie tan pronto Frec terminó de disponer la jornada diaria.&lt;br /&gt;--- ¿Para qué tanta expansión? ¿No tenemos ya bastantes tierras de cultivo? ¿Es que no entendéis que la familia no va a aumentar, que para los que somos ahora tenemos más que suficiente y que no hay un futuro para el que proveer? ---preguntó Amand al ver que Frec se angustiaba pensando en la dura jornada que le esperaba.&lt;br /&gt;---Futuro es precisamente lo que tenemos, otra cosa no habrá, pero futuro… ¿O ya has olvidado que hay una maldición que te mantendrá en este mundo por toda la eternidad? ---contestó Frec, empleando un tono de voz bajo y pensativo que no era habitual en él.&lt;br /&gt;--- ¡Por eso mismo lo digo! Si hemos de vivir para siempre, hay que tomar las cosas con calma. Lo que pasa es que tú te dejas guiar por los demás. Esas absurdas envidias entre tú y Portio harán que os matéis trabajando para ver cuál consigue tener más extensión de terreno.&lt;br /&gt;---A ti nadie te manda venir a trabajar, así que deja de meterte en mis asuntos.&lt;br /&gt;Frec zanjó la conversación con su madre de la manera habitual, acompañando sus duras palabras con un sonoro golpe en la mesa para darles más énfasis. Amand, acostumbrada al mal humor de su hijo, se limitó a dirigir la mirada hacia otro lado, meneando la cabeza y poniendo cara de lástima.&lt;br /&gt;Monnie sabía que la abuela tenía razón en lo que estaba diciendo. La maldición que Magmalignus profirió contra ellos el día que terminaron el “tratamiento” les obligaba a vivir durante toda la eternidad, sin reproducirse, sin crecer ni envejecer y, aunque su padre dijera que tenían mucho, muchísimo futuro por delante, en realidad el porvenir se había terminado para ellos el mismo día que fueron capturados en Candai y obligados a abandonar sus casas con lo puesto para entrar en una nave que les condujo hasta Atia, el planeta habitado por Magmalignus y su séquito de guardias, ingenieros, arquitectos, investigadores y demás.&lt;br /&gt;Aquel día fue el último de sus vidas.&lt;br /&gt;La “conquista” de Candai comenzó de madrugada, aprovechando el efecto sorpresa y el camuflaje que da la oscuridad de la noche. Y se había presentado silenciosa para coger desprevenido al Rey Kiyama y a su ejército. Ellos fueron los primeros en ser aniquilados, según decían algunos. Aunque también hubo quien no se resignaba a tan fatídico final y mantenía la hipótesis de que habían conseguido huir gracias al chivatazo, vía telepática, de un asesor de Magmalignus, que después fue asesinado de una manera espantosa al descubrirse su fechoría.&lt;br /&gt;Los roggies que negaron su fidelidad al Rey Kiyama –casi todos- para unirse a Altrus tampoco llegaron a ver la luz del nuevo día. Por vía telepática, Altrus ordenó a los jefes de cada familia que salieran al exterior, donde fueron interrogados. Tan pronto renegaron del Rey Mahi y le declararon a él su fidelidad, ordenó darles muerte. Sus compañeras e hijos (que seguían en el interior de las casas) fueron decapitados mientras dormían, por unos guardias bien adiestrados y sedientos de sangre que irrumpieron en la intimidad de sus hogares esgrimiendo sus mortíferas dagas con una sonrisa perversa dibujada en la boca. Casi todos ellos pasaron del sueño nocturno al descanso eterno sin conocer siquiera la cara de la muerte.&lt;br /&gt;A Monnie y a los suyos les despertó una jauría de gritos y portazos dentro de la casa. Era una situación tan fuera de lugar que ella creyó estar sufriendo una pesadilla, hasta que comprobó que el dolor producido por los golpes que estaba recibiendo y la sangre que teñía de negro sus ropas era real; y que debía obedecer sin dilación las órdenes del grupo que estaba dentro de su habitación, gritándole para que saliera de la cama y se dirigiera al exterior de la casa.&lt;br /&gt;Con el aturdimiento que provocan las situaciones que no encajan en la mente, se dispuso a salir sin darse la prisa requerida, motivando así el golpe que uno de los secuaces de Magmalignus le propinó en la espalda, valiéndose de la sofisticada arma en forma de tubo que portaba. El fuerte e inesperado dolor la transportó hasta el exterior envuelta en una nube negra que le dificultaba la visión. Fuera de la casa, su familia y algunos vecinos se amontonaban al pie de la escalera que conducía al interior de una nave. Todos llevaban puestas sus ropas de dormir, unos camisones blancos, rectos, que cubrían todo el cuerpo hasta los pies y que, desde hacía años, era una moda generalizada en Candai en cuanto a ropa de descanso nocturno.&lt;br /&gt;El predominio de la oscuridad de la noche sobre la claridad del alba que intentaba abrirse paso, el color oscuro de la nave y el negro de los uniformes que vestían los guardias de Altrus formaban un conjunto en perfecta armonía, donde el tupido grupo de camisones blancos (al que se unió Monnie empujada a machetazos) parecía un espectro de varias cabezas que miraba a su alrededor incrédulo ante la situación que se le presentaba, incapaz de procesar las órdenes que daban los guardias para subir a una nave cuadrada, de dimensiones colosales, que esperaba delante con una puerta abierta, de la que partía una escalera que descendía hasta tocar el suelo.&lt;br /&gt;--- ¡Subid! ¡Inmediatamente! ---gritó el guardia que, por su actitud, parecía tener el mando de la situación.&lt;br /&gt;Alguien se puso en marcha hacia las escaleras. Los demás le siguieron con paso lento y cansado.&lt;br /&gt;Cuando el grupo alcanzó el último peldaño, fueron recibidos por otros guardias que esperaban dentro para guiarles hasta el fondo de una amplia sala, donde una puerta enrejada se abrió para cederles el paso, volviendo a cerrarse cuando entró el último. Uno de los guardias emitió un sonido gutural, inmediatamente la escalera se recogió plegándose sobre sí misma, la puerta se cerró y la nave se puso en marcha, silenciosa y solemne.&lt;br /&gt;Continuaron el viaje de pie, en silencio y con la mirada perdida en la desnuda sala con forma de pentágono que se abría ante sus ojos a través de las rejas. La ausencia de objetos decorativos y aquel color negro brillante que cubría sus pulidas paredes, iluminadas con luces ocultas de tono azul metálico, oprimían más que cualquier cárcel.&lt;br /&gt;La nave parecía estar completamente vacía. Ningún ruido ni movimiento delataba la presencia de tripulación alguna. El miedo llenaba todo el vacío, obligándoles a viajar apiñados para sentir el contacto físico con los demás, que les proporcionaba una pequeña expectativa de protección.&lt;br /&gt;A Monnie le resultó imposible determinar la duración del viaje, pero le pareció una eternidad. Su espalda se resentía por los golpes recibidos, la cabeza le estallaba de dolor y, aunque estaba en medio del grupo, tiritaba de frío.&lt;br /&gt;De repente las rejas de la celda se plegaron sobre sí mismas y ellos abandonaron la nave en perfecta alineación, cumpliendo las órdenes recibidas por megafonía. Ella se limitaba a no perder su posición en el grupo y caminaba por inercia hacia donde el resto la llevaba&lt;br /&gt;Ya en el exterior, se encontraron en la esquina de una enorme explanada que, aunque en esos momentos estaba vacía, por los dibujos del suelo representando naves de todas las formas y tamaños imaginables se adivinaba que era el punto de aterrizaje de toda la flota de Magmalignus y que cada una tenía su lugar asignado dentro de aquella inmensidad, que colindaba con un edificio de una amplitud absolutamente desproporcionada e imposible de abarcar con la vista. Sus dimensiones eran tales que ni toda la población de Candai multiplicada por cien llegaría a ocuparlo.&lt;br /&gt;El jefe volvió a dar órdenes de mantener la fila tal cual estaba y caminar siguiéndole a él. Entretanto, los demás guardias formaban una hilera paralela que caminaba a la par, se supone que para evitar sublevaciones o que su Jefe fuera atacado aprovechando la oportunidad de tenerle de espaldas.&lt;br /&gt;Cuando el guía se paró, los demás lo hicieron también, procurando mantener la distancia que llevaban durante la marcha.&lt;br /&gt;Después vino el silencio, la espera…,¿y ahora qué? se preguntaban todos ellos, temiendo por lo que el destino pudiera tenerles deparado.&lt;br /&gt;De pronto se escuchó un pequeño chasquido que provenía de la pared lateral, seguido de un ligero ruido continuado que a Monnie volvió a recordarle las escaleras mecánicas que subían al palacio porque también se mantenían paradas y silenciosas cuando nadie las usaba, pero recibían al viajero con un sonido característico cuando se ponían en marcha. Miró hacia la pared. Allí se había abierto un boquete redondo que avanzaba de frente y se dirigía hacia ellos arrastrando detrás un tubo transparente también redondo que se iba desplegando a medida que avanzaba. La parte delantera, del mismo material y color que la fachada de la pared, se mantuvo cerrada hasta que llegó a la altura del Jefe de los guardias y, una vez allí, se abrió hacia un lado (de forma similar a las tapas de algunos tubos de pastillas alimenticias, que usaban cuando no había tiempo o ganas de cocinar) dejando al descubierto el interior vacío y una estrecha pasarela para poder caminar.&lt;br /&gt;Nueva orden de ponerse en marcha hacia el tubo, esta vez con los guardias y su Jefe a la retaguardia.&lt;br /&gt;La indecisión del primero de la fila para entrar en el extraño pasadizo la solventaron de la única forma que sabían: haciendo que el indeciso probara en su espalda la dureza del material con que estaba fabricada el arma que portaban. A partir de ese momento todos siguieron caminando con decisión.&lt;br /&gt;Atravesaron el tubo y otra puerta se abrió al detectar la presencia del que encabezaba la fila y, sin necesidad de esperas, se encontraron en una sala cuadrada, iluminada hasta un límite que resultaba cegador. En el lateral derecho esperaban veinticinco urnas acristaladas que formaban una fila tan perfecta que delataba la meticulosidad de quien las había colocado allí. Su tamaño y una especie de colchón con almohada que se percibía a través de sus paredes transparentes no dejaban lugar a dudas sobre cual era su finalidad, especialmente para Monnie, que se había tomado la molestia de contar el número de tripulantes que habían viajado hasta aquel lugar (que suponía era el palacio de Magmalignus en Atia) y también contó rápidamente el número de urnas. Habían venido veinticinco y había veinticinco urnas esperándoles.&lt;br /&gt;Pero… ¿por qué traernos tan lejos para matarnos aquí? ¿Por qué no nos eliminaron en Candai como a los demás? ¡Claro! Esos tubos son para torturarnos y sacarnos información… Su cabeza no paraba de dar vueltas a la situación, de hacerse preguntas y dar respuestas que deseaba no se confirmasen.&lt;br /&gt;--- ¡Muévete! ---escuchó de pronto.&lt;br /&gt;Sus cavilaciones la habían dejado inmóvil y no se dio cuenta de que los que iban delante de ella en la fila ya ocupaban sus puestos dentro de cada una de las urnas.&lt;br /&gt;El duro acero de un arma se clavó en su espalda para conducirla hasta la siguiente urna vacía que, ante su presencia, se abrió por un lateral, invitándola a entrar. Ella se metió dentro, colocándose boca arriba con la cabeza apoyada sobre la pequeña almohada. La urna volvió a cerrarse herméticamente.&lt;br /&gt;“¡Sati, ayúdame! ¡Abuela!”, pensaba Monnie, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas humedeciendo la almohada.&lt;br /&gt;En la sala se había planteado un conflicto. Gonza, un bebé de pocos meses, también corría el mismo destino que todos ellos y había viajado en los brazos de su madre, pero ahora debían separarse para que el pequeño ocupara el puesto que le correspondía en su propia urna, y debía permanecer allí solo.&lt;br /&gt;---Por favor, por favor… tenga compasión ¿no ve que sólo es un bebé? ---clamaba Ciosta, la madre, dirigiendo sus plegarias al Jefe de los guardias, que hacía caso omiso y se disponía a arrebatarle a su pequeña hija.&lt;br /&gt;--- ¡No, no! ¡Ella se queda conmigo! Cabemos las dos en la misma caja. ---gritaba Ciosta, desafiando al Jefe.&lt;br /&gt;Monnie tomó conciencia del coraje que da la maternidad.&lt;br /&gt;--- ¡Guardias! ¡Quitadle a su hija y metedlas a cada una donde corresponde!&lt;br /&gt;El Jefe fue implacable y, de inmediato, un grupo de unos diez guardias inmovilizaron a la madre de pies y manos mientras otros le arrebataban a su hija de los brazos, encerrando a cada una en la urna que tenían asignada.&lt;br /&gt;El incidente con Ciosta y los llantos de Gonza sacaron de quicio a sus raptores y, para evitar más problemas, procuraron acelerar el proceso de encierro.&lt;br /&gt;El alivio se dibujaba en sus rostros cada vez que una de aquellas cajas acristaladas y herméticas se cerraba. Aceleraban su trabajo hasta tal punto que los últimos de la fila entraron en las urnas a empujones. Monnie supuso que aquella rapidez que los guardias les exigían obedecía necesariamente a un ansia interior de terminar un trabajo sucio. Y eso significaba que no saldrían de allí con vida.&lt;br /&gt;Los guardias abandonaron la sala cuando ya todos habían ocupado su propio ataúd, no sin antes comprobar debidamente la imposibilidad de huir de aquella muerte anunciada, cerciorándose de que los cierres estaban bien anclados.&lt;br /&gt;--- ¡Abuela! ¡Abuela! ---gritaba Monnie, mientras golpeaba el duro cristal con todas sus fuerzas.&lt;br /&gt;El cristal no se inmutaba, pero sus nudillos comenzaron a acusar un fuerte dolor que le obligó a desistir.&lt;br /&gt;--- ¡Cállate Monnie! Aquí seguro que hay cámaras vigilando y nos pueden castigar si nos escuchan hablar---contestó Amand, conectando por telepatía.&lt;br /&gt;---Abuela, tengo mucho miedo… ¿qué nos va a pasar?&lt;br /&gt;---No lo sé, pero recuerda que debemos mantener la dignidad hasta el final. No supliques y no ruegues clemencia, pase lo que pase, porque el final que nos tengan preparado vendrá de todas maneras, por mucho que supliquemos. Y no vamos a darles el gusto de vernos morir humillados. ---contestó su abuela, dando muestras de su gran valentía.&lt;br /&gt;--- ¿Tú también tienes miedo?&lt;br /&gt;---Tengo mucho, muchísimo miedo. Sobre todo porque creo que no vamos a morir, al menos de momento. No nos han traído aquí para matarnos, porque eso lo podían haber hecho en Candai, ahorrándose las molestias de hacer este viaje con nosotros ¿no crees?&lt;br /&gt;--- ¡Eso mismo he pensado yo! Pero me pregunto qué querrán de nosotros. ¿Sacarnos información, tal vez?&lt;br /&gt;---No lo creo. Nosotros somos los que menos información tenemos porque no trabajábamos junto al Rey. Además, curiosamente, han matado a los que sí lo hacían. Creo que todos aquellos que colaboraban hombro con hombro con el Rey han muerto. Yo escuché los gritos de terror que provenían de las casas vecinas, seguidos del silencio repentino de la muerte, que todo lo acalla. Por eso estoy muy confundida y no creo que el fin de todo este montaje sea obtener información.&lt;br /&gt;---Tienes razón, no había pensado en eso. ¡Eres un genio! Y todo esto será obra de Altrus… ¿verdad, abuela? ---seguía preguntando Monnie, ya más calmada.&lt;br /&gt;---Nunca me gustó ese chico. Su mirada era gélida y dura como una roca. Y ese deseo de poder…&lt;br /&gt;---Parece que le conoces muy bien.&lt;br /&gt;--- ¡Más de lo que me gustaría! Yo ayudé a criarles, a él y a su hermano. Desde pequeños ya se marcaban grandes diferencias entre ellos y en sus juegos inocentes quedaba patente la bondad de uno y la perversidad del otro. Mahi, nuestro Rey, ganaba a su hermano en inteligencia, pero aún así siempre perdía en los juegos porque Altrus usaba artimañas tan sucias como demandara la victoria y se rodeaba siempre de aliados tan malvados como él. Cuando se marchó del palacio para instalar su vivienda en Atia sentí un gran alivio al saberle tan lejos.&lt;br /&gt;--- ¿Y qué querrá ahora de nosotros? ---volvió a preguntar Monnie.&lt;br /&gt;--- ¡Quien sabe! ¡Quien sabe! ---repetía Amand en tono melancólico y pensativo, como si estuviera entrando en un profundo sueño.&lt;br /&gt;“¡Nos estamos durmiendo!” pensó Monnie, que también comenzaba a sentir un agradable sopor que le obligaba a cerrar los ojos, a pesar de que ella luchaba con todas sus fuerzas para mantenerlos abiertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;……&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al instante siguiente (o eso le pareció a ella, porque en realidad, como supo poco después, habían transcurrido treinta y dos días) llegó a su mente una voz fuerte, profunda, misteriosa y aterradora, que le ordenaba despertarse. Sus ojos se abrieron lentamente y lo primero que percibió fue una intensa luz roja, brillante, artificial y cegadora que inundaba toda la sala y en el centro la figura velada de Altrus, que se dibujaba imponente con su estatura de más de dos escais, capaz de rebajar a la categoría de enano al más alto de los kimismanos, que apenas alcanzaría a rebasar su cintura. Aumentaban su envergadura sus ya de por sí anchos hombros, que él acentuaba aún más con unas hombreras superpuestas a un rafai de tela negra brillante, salteado con espectaculares y extraños dibujos de significado desconocido, si es que tenían alguno. Pero aún más temible resultaba su dura mirada escudriñando el entorno con un toque irónico.&lt;br /&gt;--- ¡Salid! ¡Ya habéis dormido bastante! JA, JA, JA. ---dijo.&lt;br /&gt;Las urnas se abrieron por un lado para permitirles la salida, pero nadie se atrevía a abandonarlas porque ofrecían una seguridad psicológica indescriptible, como si se tratara de salir del vientre materno a un mundo infectado de peligros.&lt;br /&gt;--- ¡Rápido! ¡No tenemos toda la eternidad!, JA, JA, JA. ---dijo, sin que nadie lograra comprender el sentido de aquella ironía.&lt;br /&gt;Trot fue el primer valiente en poner pie en la sala. Le siguieron los demás, con movimientos lentos y descoordinados, como zombis que abandonaban sus lugares de enterramiento.&lt;br /&gt;--- Venid aquí, situaros en fila frente a mí y tumbaros boca abajo en el suelo, con las piernas y los brazos extendidos. La madre de aquel bebé, que lo coja en brazos y lo traiga también aquí. ---ordenaba Altrus, suavizando su voz hasta convertirla en un susurro.&lt;br /&gt;---Habéis permanecido aquí durante treinta y dos días, con sus noches ---continuó diciendo cuando ya todos tenían la cara tocando el suelo---. Todas las células de vuestro cuerpo han sido tratadas, una a una, de tal modo que jamás envejecerán ni morirán.&lt;br /&gt;Un escalofrío recorrió el cuerpo de Monnie. “¿Qué significa esto? Es evidente que nada bueno” pensaba. Las siguientes palabras de Altrus la sacaron de dudas.&lt;br /&gt;---Viviréis por toda la eternidad tal cual estáis ahora. Los jóvenes serán jóvenes para siempre, los viejos permanecerán viejos y el bebé siempre será bebé. No conoceréis las enfermedades y, por supuesto, jamás moriréis. Pero tampoco podréis tener hijos. Alguno de vosotros estará pensando que por qué soy tan bueno, ya que alcanzar la inmortalidad es el deseo de todo mortal. La respuesta es sencilla: habéis permanecido fieles a vuestro Rey y a mí me gusta la fidelidad. Por ese motivo ordené matar a todos aquellos que, cuando comprobaron que mi hermano estaba derrotado, acudieron a mí suplicando para obtener favores. Vosotros viviréis para siempre, pero será en el lugar que yo os tengo reservado: una cueva. Y prestad atención: “SI LA LUZ DEL DIA TOCA VUESTRA PIEL, OS QUEMAREIS Y VIVIREIS PARA SIEMPRE SUMIDOS EN EL DOLOR MAS GRANDE QUE SE PUEDA CONOCER. SI LA LUZ DEL DIA ALCANZA VUESTROS OJOS, QUEDAREIS CIEGOS. TAMPOCO ABANDONAREIS LA CUEVA DE NOCHE, PUES, SI VUESTRA PIEL ENTRA EN CONTACTO CON EL AIRE DEL EXTERIOR, REACCIONARÁ CREANDO ERUPCIONES INCURABLES QUE OS CAUSARÁN UN DOLOR INSOPORTABLE”.&lt;br /&gt;Ahora eran varios los escalofríos que recorrían el cuerpo de Monnie (y seguramente de todos los demás) de pies a cabeza y de la cabeza a los pies, sin parar. Temblaba y, aunque suponía que no se había alimentado durante los treinta y dos días pasados, sentía deseos incontenibles de vomitar y de evacuar lo poco que pudiera quedar en sus intestinos.&lt;br /&gt;---Me he tomado la molestia ---continuó diciendo con su voz pausada, de ultratumba--- de prepararos la comida en vuestro futuro hogar. Allí os estará esperando. Es una planta que yo he creado, a la que deberéis cuidar con total dedicación. A cambio, ella os proporcionará alimento suficiente para que el hambre no taladre vuestros estómagos y también constituirá el tratamiento de continuación al que habéis recibido aquí para manteneros tal cual estáis para siempre. Y ahora, para que no dudéis de mi bondad, os voy a hacer un regalo: aquí tenéis unos bonitos rafais. Hay uno para cada uno de vosotros. ¡No querréis ir vestidos con esos horribles atuendos de dormir! Y cuidadlo bien, os tiene que durar una eternidad, JA, JA, JA….&lt;br /&gt;Y desapareció envuelto entre las brumas de una niebla espesa que se formó a su alrededor.&lt;br /&gt;La mente de Monnie quedó en blanco hasta que, no recuerda cuanto tiempo después, retomó conciencia ya en el interior de la cueva, abrazada a su abuela. Ella fue quien le contó que, simplemente, habían vuelto a Kimismo en la misma nave y aterrizaron en la boca de la cueva para dirigirse hacia sus entrañas a través de una especie de tubo que salió de un lateral de la nave, lo mismo que había ocurrido en la pared de la explanada en Atia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;……&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--- ¡Monnie! ¡Despierta! ¿En qué estás pensando? ¿No ves dónde estás tirando la artea?&lt;br /&gt;Era la voz de Frec, que sonaba lejana.&lt;br /&gt;Desde el día que llegaron a la cueva había transcurrido muchísimo tiempo. Portio, que siempre contaba los días, decía que habían pasado quinientos años. Pero a ella le parecía que había sido ayer, pues tanta similitud tuvieron entre sí todos los días venideros que aquellos quinientos años se habían saldado como un solo día. Ahora la voz de su padre la devolvía a la realidad.&lt;br /&gt;---Perdona, no me di cuenta.&lt;br /&gt;---No te diste cuenta, no te diste cuenta… ---su padre repetía las frases como si fuera un niño en pleno berrinche--- ¿No sabes que la artea hay que llevarla al hoyo?&lt;br /&gt;---Sí, sí que lo sé, pero la estaba tirando aquí sin querer.&lt;br /&gt;--- ¡En qué estarás pensando…!&lt;br /&gt;Estaban trabajando en lo que ellos llamaban “labores de expansión”. Era una ardua tarea que consistía en aumentar sus campos de cultivo a base de excavar en la mole endurecida que formaba la pared de la cueva, con las manos o valiéndose de alguna piedra que se prestase para la labor. Después transportaban la cantidad que cabía en el cuenco que formaban sus manos juntas y la amontonaban en un profundo hoyo que las aguas subterráneas habían abierto en la zona noroeste.&lt;br /&gt;Al principio, durante muchos años, mantuvieron intacta la extensión de cultivos que les había entregado Altrus. Al fin y al cabo no se podían reproducir y, al no crecer la población, tampoco había necesidad de aumentar los terrenos.&lt;br /&gt;Pero no tardaron en llegar las desavenencias entre ellos y se impuso la necesidad de repartir el terreno en cuatro partes, tantas como familias. Dos líneas de piedras que iban de norte a sur y de este a oeste dividieron el campo en cuatro partes iguales.&lt;br /&gt;El reparto trajo consigo un nuevo concepto: el de la propiedad. Todos vieron que existía la posibilidad de tener posesiones en aquél inframundo y que se podían incrementar para enriquecerse más. La competencia por aumentar la extensión de los terrenos fue la consecuencia inevitable. Quien tenía más campos de cultivo era considerado más acaudalado, y la riqueza traía consigo el respeto y la admiración que alimentaban el orgullo, tan necesario en aquél submundo donde habían entrado desprovistos de él.&lt;br /&gt;Llegaron al acuerdo de que cada familia podía extender sus terrenos cuanto quisiera, pero debían hacerlo por alguna de las dos partes que no colindaban con el campo de los vecinos.&lt;br /&gt;Portio y su familia trabajaban sin descanso para mantener un estatus que les había catapultado a encabezar la lista de los más acaudalados del lugar. A pesar de que a Portio la maldición le había sorprendido en una edad avanzada y su cuerpo era menudo, de baja estatura y apariencia débil, siempre se le podía encontrar trabajando en los campos de cultivo, ya fuera cuidando las plantas de fangut o expandiendo los terrenos. Aurea, su compañera, y Alabel, la hija de ambos, también se regocijaban de poseer más terrenos que nadie y no dudaban en enemistarse con los demás si el territorio equivalente a una pulgada estaba en juego.&lt;br /&gt;La ambición fue la causante de que entre la familia de Alabel y la de Monnie se diera una curiosa situación. Portio y Frec habían tenido algunas diferencias y llevaban más de cien años sin hablarse. Por su parte, Aurea y Rostie seguían el ejemplo de sus compañeros y tampoco intercambiaban palabras entre ellas. Se habían convertido en dos parejas de amistades y enemistades “cruzadas” ya que, sin embargo, Portio trataba con gran deferencia a Rostie y lo mismo hacía Frec con Aurea. A menudo Amand y Monnie bromeaban diciendo que la solución a tan absurda situación pasaba por un intercambio de parejas.&lt;br /&gt;La codicia por las tierras había sido la causante de ambas enemistades. Todo comenzó cuando Portio acusó públicamente a Frec de mover las “marcas” (piedras que señalaban los límites de la propiedad de cada familia). Frec se defendió, además de negándolo, llamando a Portio “enano loco” y disponiéndose a asestarle unos cuantos puñetazos, que habrían alcanzado su objetivo de no ser por la rápida intervención de Trot, que se colocó en medio de ambos contrincantes para impedir la pelea. Y así comenzó aquella temporada de locura en la que ambos dedicaban las noches a espiarse mutuamente para evitar que las piedras cambiaran de lugar.&lt;br /&gt;La sucesión de noches en vela despertó la ira de Aurea e iluminó su mente con la feliz idea de acudir a casa de Rostie para apelar a su condición femenina y exigirle que convenciera a Frec para que cesara el espionaje al que tenía sometido a Portio. Aurea fue mal recibida y salió de la casa con cajas destempladas, seguida de Rostie destellando ira y dispuesta a llegar a las manos, si era necesario, para defender la inocencia de Frec en todo aquel asunto del cambio de marcas.&lt;br /&gt;Monnie y Alabel continuaron la tradición familiar y tampoco hacían buenas migas, aunque en ese caso no era debido a la codicia por los campos de cultivo. A Monnie esos asuntos le traían sin cuidado y, en cuestión de terrenos, sólo le importaba la ubicación de los mismos, a los efectos de no invadir propiedad ajena cuando salía a dar sus largos paseos para explorar los intestinos de la cueva. Se consideraba afortunada porque los que poseía su familia eran los mejores para sus propósitos. De un lateral de sus propiedades partía “El túnel del Velven”, un angosto pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña, donde habitaban “los del final de la cueva”, aunque hacía años que no les visitaba, simplemente se acabó cansando porque allí nunca pasaba nada. Todos los días repetían la misma rutina. Llegaban del trabajo arrastrando los pies tras una larga jornada, se acostaban en unos mugrientos colchones que les esperaban tendidos en el suelo, después la oscuridad se apoderaba de los barracones y ellos dormían un sueño que pretendía reparar los desajustes de su miserable vida. Nunca había novedades, por eso había dejado pasar más de diez años desde la última visita. Y ahora prefería dedicar sus escapadas a observar a “los de la entrada de la cueva”, cuya vida era mucho más interesante, sobre todo porque allí estaba él.&lt;br /&gt;---Papi… ¿nunca sentiste curiosidad por saber a dónde conduce El túnel del Velvén? ---preguntó Monnie de repente, para saber lo que opinaba su padre y cuál sería su reacción en caso de que sus aventuras quedaran al descubierto.&lt;br /&gt;--- ¿A qué viene ahora eso? ¿No sabes que no podemos salir de aquí? ---farfulló Frec.&lt;br /&gt;---Claro que lo sé, pero… ¿tú no tienes curiosidad? ---reiteró ella.&lt;br /&gt;---No, no tengo ninguna curiosidad. Sobre todo si pienso en lo que podría ocurrirme si la luz del exterior llegara a rozar mi piel. Y tú tampoco deberías tenerla porque eres lo suficientemente mayor como para conocer las consecuencias.&lt;br /&gt;--- ¿Qué consecuencias? ---preguntó ella, intentando aparentar desconocimiento.&lt;br /&gt;--- ¡¿Qué consecuencias?! ¡Pareces tonta! ¿No ves esa luz roja? ---preguntó Frec, malhumorado y señalando la tenue luz con tintes rojizos que llegaba hasta ellos procedente del interior del túnel.&lt;br /&gt;Monnie sabía que era inofensiva y que no provenía del final de la cueva ni era originada por Asten, sino que salía de las mismas entrañas de Kimismo y por eso no les dañaba. Más bien era beneficiosa, porque todas las veces que se había bañado en aquella maravillosa luz mientras recorría el túnel buscando nuevas emociones, aún sin encontrarlas regresaba a su casa revitalizada y llena de vida.&lt;br /&gt;Ahora lo único que le interesaba era averiguar si su secreto estaba a salvo de los demás. Era importante que todos ellos tuvieran miedo y se abstuvieran de inspeccionar el túnel para averiguar lo que había al final.&lt;br /&gt;---Sí papi, sí que la veo, pero… ¿será cierto que puede quemarnos? ---preguntó Monnie con una ingenuidad cuyo fin era indagar el grado de temor que sentían los demás.&lt;br /&gt;--- ¡¿Y aún lo dudas?! ¡Pareces tonta! ---repitió Frec con un gesto despectivo hacia su hija.&lt;br /&gt;--- Lo dudo porque nunca lo hemos comprobado. Pero… ¿crees que ninguno de los demás ha inspeccionado el túnel? ¿Ellos también tienen miedo?&lt;br /&gt;---Mira Monnie…, algunos de los que viven aquí son muy malos, perversos y hasta locos, diría yo, pero ninguno de ellos es tan tonto como para arriesgarse a que esa maldita luz les queme la piel, dejándoles sumidos en insufribles dolores para el resto de sus días, que son muchos. ¿Te ha quedado claro? ---preguntó Frec con mirada severa y gesto amenazante.&lt;br /&gt;---Sí, muy claro. ---contestó ella, contenta de que su secreto estuviera a salvo.&lt;br /&gt;--- ¡A trabajar! Ya hemos perdido tiempo suficiente con tonterías.&lt;br /&gt;--- ¡No son tonterías! Son asuntos que me preocupan porque muchas veces me he planteado si merecerá la pena arriesgarse para ver lo que hay.&lt;br /&gt;--- ¡Basta ya! ---gritó Frec--- ¡Estoy muy cansado de tanta insolencia!&lt;br /&gt;---Pero papi… ¿por qué no? ---repitió Monnie, a sabiendas de que estaba rebasando el límite de paciencia de su padre.&lt;br /&gt;--- ¡He dicho basta ya! ---volvió a gritar Frec--- ¡Vete a casa y acuéstate en la siara! ¡Estás castigada! Te quedarás sin cena.&lt;br /&gt;Para evitar que cualquiera de sus gestos generara una mala interpretación que pudiera enfadar aún más a su padre, Monnie se tomó tiempo y cuidado en devolver al suelo la piedra que había usado para ganar a la cueva unos centímetros de campo de cultivo. Después abandonó el lugar sin atreverse a levantar la vista del suelo, conocedora de que en esos momentos cualquier gesto o mueca podría ser considerado un signo de rebeldía.&lt;br /&gt;Cabizbaja recorrió también el camino que la separaba de la casa.&lt;br /&gt;---Tengo que acostarme, tati. Órdenes de mi padre…&lt;br /&gt;Dijo tan pronto rebasó el arco que intentaba adornar la entrada de la casa, adivinando que su abuela se encontraba donde siempre: en el rincón de la izquierda, tratando de sacar el utensilio de cocina que alguna piedra escondía en su interior y que, según decía ella, llevaba allí toda la vida, esperando que ella lo liberara a base de pulir y pulir.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¿Habéis discutido? ¿O ambas cosas…?&lt;br /&gt;--- Creo que hoy fue culpa mía. Comencé a hacerle preguntas sobre el Túnel del Velven y ya sabes...&lt;br /&gt;--- ¿No le habrás insinuado que quieres ir a explorarlo?&lt;br /&gt;---Más o menos… ---contestó Monnie, esbozando una sonrisa a medias.&lt;br /&gt;---No sé por qué te empeñas en preocupar a tus padres de esa manera. ¿No te das cuenta de que ellos temen por tu seguridad?&lt;br /&gt;--- Sí que me doy cuenta, pero…&lt;br /&gt;--- ¿Entonces? ¿Por qué te regocijas causándoles preocupaciones?&lt;br /&gt;---Eso me pregunto yo también, pero tienen tan poca paciencia… Ya viste cómo me castigó por sólo tres o cuatro preguntas que le hice. Nunca me ayudan en nada, no me comprenden, parece que vivimos en mundos distintos. No sé como explicarte, pero siempre pienso que no me quieren, es más, diría que incluso me odian.&lt;br /&gt;Mientras Monnie hablaba sobre los sentimientos de sus padres hacia ella, Amand prestaba más atención a sus gestos que a sus palabras. Hablaba de que sus padres no la querían con absoluta indiferencia, como quien está meditando sobre algo intrascendente y llega a una conclusión cualquiera. Amand tuvo la certeza de que aquella joven había sufrido hasta tal punto que las cosas importantes de la vida se habían vuelto indiferentes para ella.&lt;br /&gt;---Te equivocas, Monnie. ---dijo Amand ensayando su tono de voz más dulce, como si se dispusiera a contar a su nieta un cuento que la transportaría al sueño nocturno---. ¿Recuerdas lo preocupados que estaban aquel día?&lt;br /&gt;--- ¿Qué día?&lt;br /&gt;--- Cuando llegaste a casa asustada, herida, con el cuerpo manchado de sangre y una piedra en la mano, diciendo que era un arma que ibas a usar para defenderte de los monstruos. ¿No recuerdas que tus padres te abrazaron y te consolaron para que dejaras de llorar?&lt;br /&gt;---Sí que lo recuerdo…&lt;br /&gt;“¡Cómo no recordarlo!”, pensó Monnie. Después de la invasión de Candai, aquel había sido el día más trágico de su larga vida. Los hechos que había presenciado tenían todos los tintes de una tragedia pero, por motivos estratégicos y de conveniencia, no podía ponerlos en conocimiento de los suyos. Aquel día el miedo se apoderó de ella y, sin saber cómo, acertó a explicar lo sucedido dando la versión de que había sufrido una crisis nerviosa y, en medio de un ataque de ansiedad, le pareció ver que un monstruo traspasaba la pared y se dirigía hacia ella con intención de atacarla. Entonces cogió una piedra para defenderse y luchó contra él. Finalmente, la terrorífica alimaña resultó ser una escarpada pared de la cueva, adornada con formas extrañas. Su valentía se saldó con varias heridas superficiales, causadas en el fragor de la batalla.&lt;br /&gt;--- ¡Ves como tus padre te quieren! Lo que ocurre es que son un poco huraños y no te lo demuestran tanto como deberían.&lt;br /&gt;---Me voy a acostar tati. Si viene mi padre y me ve aquí, se enfadará muchísimo.&lt;br /&gt;Monnie quería buscar refugio en la siara para disimular el temblor de piernas y los escalofríos que sentía al recordar lo que escuchó y, sobre todo, lo que presenció aquel día en la entrada de la cueva. Aunque había decidido desterrar ese horrible recuerdo, tratando de alejarlo cada vez que acudía a su mente, parecía que había venido para quedarse y no se dejaba desplazar tan fácilmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PARA CONTINUAR LEYENDO HAZ CLIK EN "ENTRADAS ANTIGUAS"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-480980550354681088?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/480980550354681088/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-vii-el-viaje-kimismo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/480980550354681088'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/480980550354681088'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-vii-el-viaje-kimismo.html' title='CAPITULO II: &quot;La muerte de Melina&quot; y CAPITULO III: &quot;La maldición&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-5930849087819278479</id><published>2010-01-29T18:59:00.008+01:00</published><updated>2011-02-18T22:00:39.443+01:00</updated><title type='text'>CAPITULO IV: "El interrogatorio de Jerima"  y CAPITULO V: "La planta fangut"</title><content type='html'>4. EL INTERROGATORIO DE JERIMA&lt;br /&gt;Samuel abrió lentamente los ojos. Acababa de despertar aturdido, con sensación de cansancio, como si regresara a casa después de realizar un largo viaje. Tardó unos segundos en reconocer el ambiente y las cosas que le rodeaban. Lo único familiar era la grata sensación de sentir el calor que desprendía el cuerpo de su compañera, que dormía vestida con su rafai entre las sábanas blancas de algodón.&lt;br /&gt;Le había costado tiempo y esfuerzo implantar el uso de la ropa de cama entre los kimismanos, acostumbrados a dormir en los barracones, enfundados en el mismo rafai que usaban durante todo el día y tendidos sobre colchones desnudos, pero finalmente terminaron cambiando de opinión. En ese cambio había tenido mucho que ver la constante insistencia de Samuel alegando que, al menos, debían probar aunque sólo fuera por una noche. En principio sentían curiosidad al contemplar las sábanas y edredones “fabricados” por Samuel, pero renunciaban a su uso alegando sentir claustrofobia al meterse en aquella especie de caja de la que sólo sobresalía la cabeza, y sostenían que los rafais eran ropa suficiente para afrontar la escasa diferencia de temperatura entre el día y la noche. Sin embargo unos pocos decidieron complacer las peticiones de Samuel (únicamente por respeto hacia él) y encontraron la moda importada de la Tierra tan cómoda que nunca más quisieron prescindir de las sábanas, ni de los colchones, camas, somieres, mantas… y manifestaban abiertamente haber descubierto al fin que el descanso también puede ser un placer y no sólo una necesidad, como creían cuando dormían en los barracones de Candai sobre aquellos colchones, tan desgastados por el uso que había que estar realmente cansado para conciliar el sueño, amén de levantarse al día siguiente con el cuerpo dolorido por estar acostado durante toda la noche sobre el duro suelo de artea.&lt;br /&gt;Se giró para mirar a Laila, aún dormida. La semilla de la duda intentaba germinar en su mente y pretendía instalarse en ella definitivamente, a base de comparaciones. La imagen de la muchacha con la que compartía los sueños volvió a su mente, tan nítida como aquella habitación que lo envolvía. Ella era joven, mucho más que Laila, demasiado joven… tal vez dieciséis años, o dieciocho…&lt;br /&gt;Samuel sabía que aquella chica sólo existía en sus sueños, pero su preocupación real era descubrir por qué su mente la había creado y le dejaba colarse en su vida noche tras noche tan pronto quedaba dormido. Se preguntaba por qué era tan feliz en sus sueños, cuando ella estaba presente, y por qué se sentía tan desdichado al despertar para descubrir que todo había sido eso, sólo un sueño. Por qué aquella desconocida ocupaba sus pensamientos durante el día y le torturaba obligándole a compararla con Laila.&lt;br /&gt;Desde el nacimiento de Rio, Laila había perdido esbeltez. Antaño su cintura era un fruncido en la redondez de sus curvas. Ahora ese frunce había desaparecido por completo y su cuerpo semejaba al de una botella que seguía una línea recta desde los hombros hasta las caderas. El resto de su fisonomía también había sucumbido bajo los efectos de la maternidad y, sobre todo, de los estragos causados por una alimentación descontrolada, fruto del descubrimiento de los bombones, dulces, turrones y demás manjares que Samuel encargaba a Guerrero para que los incluyera en el menú, con la intención de tomarlos como postre. Pero ella había cambiado los conceptos y comía a base de dulces, y una vez harta, tomaba otra cosa si le apetecía.&lt;br /&gt;En cambio, la mujer de los sueños (de la que sólo sabía que se llamaba Monnie) era alta y esbelta. Quizá su aspecto aparentaba demasiada fragilidad, pero no le restaba encanto, más bien se lo añadía porque él tenía la sensación de que, si dejaba de cuidarla durante un solo instante, desaparecería de su vida o se rompería como si fuera una pieza de cristal valioso dejada a merced de lo que la suerte quisiera depararle.&lt;br /&gt;Pero, sobre todas las cosas, la mujer de los sueños tenía los ojos más bellos que había visto jamás, y también los más extraños. Su forma exterior se asemejaba a la de una almendra dibujada a trazo firme, que a su vez enmarcaba dos grandes faros de color gris perla que brillaban con la intensidad del diamante.&lt;br /&gt;Sonrió al pensar que su subconsciente había conseguido idear a una mujer perfecta, que no tenía cabida en el mundo real. Gracias a Dios, pensó, volviendo a mirar a Laila. Tal vez su mente había creado aquella compañera imaginaria para vengarse de los ataques de celos de Laila, que veía una rival en cada fémina que hablaba con él, sin importarle la edad ni el parentesco (sentía celos hasta de su madre Jerima, también de la difunta Melina y de cualquier otra de las que vivían en la casa) motivando discusiones que ya tenían una frecuencia diaria.&lt;br /&gt;---Buenos días… ¿Llevas mucho tiempo despierto? ---preguntó Laila entre bostezos.&lt;br /&gt;---Un buen rato…&lt;br /&gt;--- ¿Esta noche tampoco conseguiste dormir?&lt;br /&gt;---Al contrario, dormí bastante bien, mucho mejor de lo que es habitual en mí. Parece que las cosas vuelven a la normalidad porque ya estoy consiguiendo descansar tres o cuatro horas seguidas. ---contestó Samuel, escondiendo la mirada bajo un sentimiento de culpa que afloraba sin motivo, al fin y al cabo él no podía controlar el hecho de que su subconsciente le buscara una compañera imaginaria para suplir las carencias que tenía en el mundo real.&lt;br /&gt;---Todo pasará, ya lo verás… Es normal que, después de lo que vivimos aquella noche, tu sueño quedase alterado. Lo mismo nos ocurrió a los demás, pero tu recuperación es más lenta debido a que te sientes responsable de todos nosotros y no tiene por qué ser así, ya que somos adultos y podemos cuidarnos solos.&lt;br /&gt;Le sorprendió el buen carácter que presentaba su compañera aquella mañana. Decidió seguirle la corriente. Quizá poco a poco las aguas volverían a su cauce y aquella relación aún podía salvarse del naufragio.&lt;br /&gt;---En cierto modo lo soy. Todo fue culpa mía por iniciar la revolución que os sacó de los barracones. Si yo no hubiera venido a Kimismo, vosotros seguiríais con vuestra vida de siempre y no os veríais en la necesidad de estar escondidos en este agujero…&lt;br /&gt;---Y yo no te hubiera conocido, no sabríamos lo que es la libertad… ---interrumpió ella, utilizando un tono meloso y buscando la mirada huidiza de Samuel.&lt;br /&gt;Él desconfiaba de la amabilidad de Laila porque últimamente ella le daba una de cal y otra de arena, así que decidió cambiar de tema para evitar entrar en intimidades.&lt;br /&gt;---Han pasado varios días desde la muerte de Melina y tu madre parece estar lo suficientemente repuesta como para mantener una conversación. Debo hablar con ella para comenzar a investigar sobre lo ocurrido en la cueva. ---dijo, evitando el encuentro de miradas.&lt;br /&gt;---Piensas que Magmalignus nos ha descubierto ¿verdad?&lt;br /&gt;---Confío en que no haya sido él quien causó la muerte de Melina. De ser así, que Dios me ayude porque no sé cómo protegeros a ti y a los niños. Aunque no he gastado energía desde la última vez que estuve en La Gran Aura, aún me siento débil e incapaz de luchar contra él ---contestó, hablando para sus adentros.&lt;br /&gt;--- Hemos tenido muy mala suerte, pero todo cambiará. Sé que estás empezando a recuperarte, lo noto en tu actitud...&lt;br /&gt;--- ¡¿En mi actitud?! ---preguntó Samuel, temiendo que su comportamiento hacia ella hubiera cambiado en los últimos días y dejara entrever lo que estaba viviendo en sueños.&lt;br /&gt;Laila pareció no darse cuenta del desasosiego que le habían causado sus palabras y continuó hablando para darle ánimos.&lt;br /&gt;--- Desde que llegamos aquí todo tu mundo fue esta habitación, y hasta se podría reducir tu existencia solamente a esta cama, porque en ella has permanecido acostado día y noche. La tristeza, la falta de actividad y tu actitud de negarte a comer te fueron consumiendo poco a poco, pero la muerte de Melina te ha despertado. Aquel día volviste a ser tú, tomaste el mando de la situación. Ahora quieres investigar lo que ocurrió… A eso me refiero con lo del cambio de actitud.&lt;br /&gt;--- ¡Ah! ---exclamó él, aliviado.&lt;br /&gt;El orgullo afloró en la boca de Laila a modo de sonrisa.&lt;br /&gt;---Ahora tengo que hablar con tu madre. También debo volver al interior de la cueva y recabar toda la información posible sobre lo que ocurrió aquel fatídico día, porque si fue obra de Magmalignus no se detendrá ahí. Significaría que nos ha descubierto y ha decidido eliminarnos uno a uno.&lt;br /&gt;---Yo también estuve pensando en todo el misterio que rodea a esta extraña muerte y, después de mucho meditar, me quedaron muchas, muchísimas preguntas a las que no encuentro respuesta.&lt;br /&gt;--- ¿Qué tipo de preguntas? ---interrogó Samuel con el ceño fruncido.&lt;br /&gt;Laila se sentó en la cama para comenzar su explicación.&lt;br /&gt;--- En primer lugar, si nos ha descubierto también habrá comprobado que somos muy vulnerables y que puede aniquilarnos a todos sin que tan siquiera tengamos tiempo a percatarnos del ataque. Entonces… ¿por qué asesinar solamente a uno, pudiendo terminar con todos a la vez? Haciéndolo de esta manera, uno a uno, corre el riesgo de que nos pongamos en guardia, huyamos a otro lugar o nos escondamos… y así le resultará mucho más difícil acabar con nosotros.&lt;br /&gt;---Eso mismo pensé yo, pero con Magmalignus nunca se sabe… Quizá lo que le divierte es darnos caza poco a poco y mantener amedrentados a los que vayan quedando.&lt;br /&gt;--- ¿Y por qué empezar por Melina? ¡Estábamos todos a su merced! Nunca hemos tomado ninguna medida de seguridad.&lt;br /&gt;--- ¡Ahí sí que te doy la razón! Se supone que, de eliminar a alguno de nosotros, lo más inteligente sería comenzar por mí. ---contestó Samuel, con cierta presunción, al saberse el único que disponía de poderes para enfrentarse a Magmalignus.&lt;br /&gt;---También están Rio y Guerrero. Ellos tienen poderes, al igual que tú. ---atajó Laila, para bajar a Samuel de la nube.&lt;br /&gt;--- Pero ellos son pequeños. Magmalignus sabe que no están preparados aún y que no suponen más peligro para él que una mosca para un elefante.&lt;br /&gt;---Bien, pues ya tenemos dos cuestiones sin respuesta en este extraño asesinato. ---repuso Laila.&lt;br /&gt;---Yo tengo otra más… ¿por qué tanto ensañamiento? El cadáver de Melina estaba destrozado… ---dijo Samuel, tratando de evitar, sin éxito, que sus pensamientos se trasladaran al momento y al lugar de los hechos.&lt;br /&gt;Melina yacía boca arriba y se la reconocía únicamente por las ropas que llevaba puestas y su enorme corpulencia. Su cabeza parecía un botijo de barro, con el cráneo hundido a ambos lados y, en la parte superior, una abertura por la que bullía sangre negra y espumosa mezclada con masa cerebral. La cara, donde antaño reinaban dos ojos saltones que de manera inexplicable sobresalían entre cúmulos de grasa, ahora era una masa informe, hinchada y abultada en la zona próxima al cuello. Ojos, boca y nariz habían desaparecido entre un amasijo informe de sangre y artea mezcladas en proporciones similares. Sus vestiduras estaban hechas jirones, rotas por múltiples sitios y debajo de cada rotura asomaba una herida causada en su magullado cuerpo.&lt;br /&gt;Samuel, que tenía vocación de médico forense y cuando vivía en Madrid pasaba tardes enteras en la Biblioteca municipal empapándose de libros sobre esa materia (pero, no obstante, tuvo que renunciar a su vocación para complacer a sus padres, que veían en la Ingeniería Industrial la cima del éxito profesional y personal) había observado con detalle las heridas del cadáver, llegando a la conclusión de que todas ellas presentaban idéntica morfología. Le pareció que habían sido causadas por un instrumento que reunía las características de ser cortante y contundente a la vez (tal como un machete o algún otro objeto de dimensiones y peso considerable) porque los tejidos estaban seccionados, presentando contusiones y laceraciones. Además, los bordes de las heridas eran irregulares, lo que significaba que el instrumento mortífero era más bien burdo (quizás una simple piedra), y las paredes de la herida quedaban completamente abiertas, sin puentes de unión, como llamaban en medicina forense a los pequeños filamentos de carne que quedaban unidos en la herida. Eso le hizo pensar que el arma tenía unas proporciones considerables.&lt;br /&gt;Todos los habitantes de la casa sostenían que tales heridas habían sido producidas por las garras de un animal o de algún monstruo que habitaba aquella cueva, pero Samuel estaba convencido de que esa teoría no tenía fundamento porque las garras hubieran actuado sobre el cuerpo ejerciendo presión y deslizándose posteriormente. De esa manera las heridas presentarían una cola de ataque (otro término forense para denominar el primer contacto de la garra con la herida) corta y profunda y, además, el trayecto de la garra sobre la carne dibujaría una cola terminal cuando perdiera el contacto con el cuerpo de la víctima. El cadáver tampoco presentaba desgarros ni heridas mutilantes. Samuel estaba convencido de que el arma empleada para cometer el crimen actuó por presión, asestándole golpes mortales, y manejada por una fuerza viva, tuviera o no aspecto de monstruo.&lt;br /&gt;--- ¿Para amedrentarnos aún más? ---preguntó Laila, subiendo el tono de voz, al ver que Samuel se había quedado ensimismado, dejando su rafai a medio vestir formando un ovillo entorno a sus pies.&lt;br /&gt;--- Tal vez… Iré a ver a tu madre. Ella estaba con Melina cuando ocurrió todo y seguro que tiene más información de la que nos dio en su momento.&lt;br /&gt;Samuel subió el rafai hasta la cintura, enfundó los brazos y cerró la parte delantera. Cada vez que se cubría con aquella vestimenta, tan cómoda y fácil de usar, recordaba sin añoranza el incómodo traje que estaba obligado a vestir cuando trabajaba en la factoría de coches en Madrid. Allí las ropas estaban diseñadas para disfrute de los observadores, que se deleitaban viendo a los demás trajeados, planchados e impecables, sin dar importancia a la comodidad de quien tenía que llevarlas durante todo el día. ¡Y aquellos zapatos de tacón con los que las mujeres torturaban sus pies! Eran un objeto fetiche que deleitaba la vista de cualquier observador tanto como hacía la vida imposible a su porteadora. A pesar de sentirse humano y estar orgulloso de serlo tenía que reconocer que, en lo que a vestimenta se refiere, los kimismanos eran mucho más prácticos.&lt;br /&gt;Siguiendo la costumbre instaurada durante los años de convivencia, se acercó a Laila y le propinó un beso en la mejilla, rápido y mecánico, antes de salir en busca de la verdad, que suponía le estaba esperando en la habitación de Jerima.&lt;br /&gt;La habitación colindante a la suya (por la derecha) era la de Andón y Jerima, los padres de Laila, que la compartían con Amenu y Djama. Una pequeña puerta daba acceso a los escasos ocho metros cuadrados que ocupaba la estancia.&lt;br /&gt;Samuel dio dos pequeños golpes con los nudillos, a la espera de recibir la confirmación para entrar.&lt;br /&gt;--- ¿Quién es? ---preguntó Jerima&lt;br /&gt;---Soy Samuel. Me gustaría hablar contigo, si consideras que el momento es adecuado, de lo contrario vendré más tarde.&lt;br /&gt;---Entra.&lt;br /&gt;Para recibirle, Jerima se había sentado precipitadamente a la orilla de la cama y trataba de ajustarse el rafai para cumplir con el mínimo decoro.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde están los demás? ¿Ya bajaron a desayunar? ---preguntó Samuel.&lt;br /&gt;---Sí, se levantan muy temprano. Al igual que yo, ellos tampoco pudieron dormir esta noche. Después de lo que ha sucedido…&lt;br /&gt;Samuel agradeció que ella le tendiera un puente directo hacia el tema de conversación, porque no sabía cómo iniciarlo.&lt;br /&gt;--- Precisamente de eso vengo a hablarte. Necesito que me cuentes con todo detalle lo que pasó aquella tarde, desde que te encontraste con Melina hasta el momento de su muerte.&lt;br /&gt;--- ¿Por qué quieres recrearte con algo tan trágico? A mi me ha tocado vivirlo y con que lo sufra yo es suficiente… ---contestó ella, sin apartar la vista del suelo.&lt;br /&gt;---No, no es suficiente. No se trata de recrearme ni de buscar detalles morbosos, pero es evidente que algo o alguien ha asesinado a Melina. Y ese algo o alguien repetirá su fechoría si no le detenemos. Cualquiera de nosotros puede ser el siguiente. No vengo a preguntarte por capricho, sino para tomar acciones en defensa de todos los que estamos aquí. Tengo dos hijos y mi deber es velar por su seguridad.&lt;br /&gt;Jerima se perdió durante unos instantes en el rostro serio y preocupado de Samuel, luego escondió la mirada y suspiró como si la vida se le escapara por la boca. Estaba tan encogida e indefensa que él sintió remordimientos al someterla a preguntas que le harían revivir su tragedia.&lt;br /&gt;---Pregúntame lo que quieras. Si es por la seguridad de todos… ---contestó con voz casi inaudible, resignada a colaborar aún en contra de su voluntad.&lt;br /&gt;Samuel tomó asiento en el borde de la cama y recogió las manos sobre el regazo. No había preparado el interrogatorio y dudó unos instantes sobre cuál sería la forma correcta de abordar el asunto, entrando en la temática principal con la delicadeza que la situación requería. Tras un tiempo de silencio decidió explorar el extrarradio antes de adentrarse en el núcleo.&lt;br /&gt;--- ¿Ibais a menudo Melina y tú al interior de la cueva? ---preguntó, con tiento, al ver que ella se sentaba a su lado en el borde de la cama, encogida, con la vista clavada en el suelo, indefensa, frágil y resignada a someterse al indeseado interrogatorio.&lt;br /&gt;--- Como tú bien sabes, ella y yo somos… éramos amigas y, a veces, nos gustaba aislarnos del grupo para estar solas y tener ocasión de hacernos confidencias. Eso no significa que tuviéramos grandes secretos que contar. En realidad sólo se trataba de pequeños problemas cotidianos que trae la vida en pareja, preocupaciones por los hijos y otros por el estilo. Confiábamos la una en la otra, eso era todo…&lt;br /&gt;Jerima hizo una pausa y buscó la mirada de Samuel.&lt;br /&gt;---Continúa. ---se limitó a decir él.&lt;br /&gt;--- Aquella tarde observé que ella estaba triste y pensativa. La conocía de toda la vida, por eso supe de inmediato que algún problema rondaba por su cabeza. Después de comer vi que subía sola a su habitación y decidí seguirla para ofrecerle mi ayuda. Llamé a su puerta, pero ella no me invitó a pasar, sino que desde el interior me contestó que se encontraba un poco mareada y quería descansar. Yo sabía que era una excusa, así que insistí. Ella aplazó la confesión de sus problemas diciendo que hablaríamos después, cuando hubiera descansado un poco. Yo esperé impaciente, sentada en el sofá de la entrada. Cuando la vi aparecer en lo alto de la escalera contacté con ella por telepatía para saber cómo estaba y ofrecerme para conversar sobre el tema que tanto parecía preocuparle. Ella agradeció el apoyo que yo le ofrecía y me manifestó su deseo de hablar, pero dijo que no podía ser en el interior de la casa, pues alguien podía escucharnos o interceptar nuestra conversación. Parecía tener un problema realmente grave que, además, debía mantenerse en secreto. Ni siquiera su pareja e hijos debían saberlo, según me confesó.&lt;br /&gt;--- ¿Y eso lo hacíais a menudo? Quiero decir… adentraros en el interior de la cueva para hablar. ---interrumpió Samuel.&lt;br /&gt;La pregunta sorprendió a Jerima. Ella le estaba contando que algo grave le ocurría a Melina aquella tarde, y él se limitaba a interrumpir preguntando una nimiedad. Pero la intención de Samuel era averiguar si la visita de ambas al interior de la cueva era casual o, por el contrario, iban todos los días y en horario regular. Así determinaría también si la presencia del asesino era fruto de la casualidad, o había establecido una vigilancia previa y sabía que sus víctimas estarían allí en ese momento.&lt;br /&gt;---Fue la primera vez. Siempre hablábamos en su habitación o en la mía. ---contestó ella, claramente malhumorada.&lt;br /&gt;---Sigue, sigue contando… ---animó Samuel.&lt;br /&gt;---Salimos al exterior, ella giró a la izquierda en dirección al pasadizo que separa la casa de la pared de la cueva. Yo la seguí, creyendo que íbamos hacia la parte posterior de la casa, donde podríamos hablar con la seguridad de que no habría nadie escuchando. Pero ella no se detuvo y, cuando vi que se adentraba en la cueva, le pregunté hacia dónde nos dirigíamos. Ella me contestó que íbamos a un lugar más seguro, donde no existiera ninguna posibilidad de que alguien nos escuchara. Caminaba con paso rápido y yo la seguía con dificultad, haciendo constantes paradas para tomar aliento y decirle que ya estábamos suficientemente lejos, que allí nadie podría oírnos, que por favor se detuviera. Pero ella seguía corriendo, sin dar muestras de cansancio. De vez en cuando se paraba, miraba hacia atrás y me decía “¡Vamos, que aquí hasta las paredes tienen oídos!”. Después se giraba repentinamente y continuaba corriendo. Mi fatiga iba en aumento y ella cada vez me sacaba mas distancia, hasta que…&lt;br /&gt;--- Tranquilízate, aquí estás a salvo, pero es necesario que yo cuente con todos los detalles.--- dijo él al ver que su suegra detenía el relato para estallar en temblores y sollozos.&lt;br /&gt;Un tiempo de silencio, interrumpido por constantes suspiros, amenazaba con acabar con la narración de los hechos. Jerima temblaba y Samuel se sentía culpable por traer de vuelta tan desagradables recuerdos.&lt;br /&gt;---Después todo pasó muy rápido… ---continuó, usando la telepatía porque las emociones habían secado su garganta y no le permitían articular palabra.&lt;br /&gt;---Trata de recordar… ---transmitió él, sintiéndose un ocupa que invadía la voluntad de Jerima usurpándole el derecho a olvidar.&lt;br /&gt;---Como te decía… todo pasó muy rápido. Yo la seguía a varios pasos de distancia. De pronto vi… ---Jerima tragó saliva para pasar los recuerdos--- vi algo blanco que salía del lado derecho, traspasando la pared de la cueva. Era como un espectro informe que se abalanzó sobre ella. Después escuché un grito desgarrador y, cuando quise reaccionar, la “cosa blanca” había desaparecido y Melina estaba en el suelo, inmóvil. Me acerqué a ella, comprobé que estaba muerta y mis piernas, movidas por el miedo, hallaron fuerzas para llevarme hasta la casa y pedir auxilio.&lt;br /&gt;---Trata de recordar cómo era la “cosa blanca” que viste… ¿qué forma tenía?&lt;br /&gt;Jerima aplacó el llanto y dudó antes de responder.&lt;br /&gt;--- Era como nosotros ---dijo sin demasiada convicción---, pero se movía con una rapidez asombrosa. Salió de la nada y desapareció casi por arte de magia. Y esa blancura… brillaba como un faro en medio de la oscuridad de la cueva.&lt;br /&gt;--- ¿No dijiste que era informe?&lt;br /&gt;Jerima irguió el talle y mostró expresión de desconcierto.&lt;br /&gt;---Eso me pareció en principio pero ahora, recordando con más detalle, estoy segura de que era como nosotros. ---explicó.&lt;br /&gt;A Samuel no le resultaban nada convincentes las explicaciones que estaba recibiendo. Parecían fruto de la improvisación.&lt;br /&gt;---Entonces… ¿Melina no tuvo tiempo de reaccionar? ---preguntó.&lt;br /&gt;---En absoluto, todo sucedió muy deprisa. ---contestó ella, dando una palmada con sus manos para indicar que ese era el tiempo que había durado el ataque.&lt;br /&gt;---Y esa figura… ¿era delgada, obesa, normal? Tú has dicho que tenía una forma como la vuestra, pero sabes que todos sois diferentes, sirva de ejemplo el compararos a ti y a Melina. Ella era muy corpulenta y tú eres delgada. ¿Cómo era la figura de la cueva?&lt;br /&gt;---Delgada, era muy delgada.&lt;br /&gt;Samuel volvió a tener la sensación de que ella pretendía desconcertarle y contestaba a sus preguntas sin pensar la respuesta, diciendo lo primero que se le pasaba por la mente.&lt;br /&gt;--- ¿Viste que usara algún arma, que llevara algo en las manos?&lt;br /&gt;---Ahora que lo preguntas… ¡llevaba una piedra en la mano izquierda! Debió usarla para hacerle los cortes a la pobre Melina.&lt;br /&gt;--- ¿Sabes si murió en el acto o estaba aún viva cuando llegaste hasta ella?&lt;br /&gt;---Murió en el acto ---contestó, sin pensar---. Yo me acerqué para ayudarla pero, al ver que no hablaba ni respiraba, abandoné el lugar inmediatamente para pedir ayuda.&lt;br /&gt;Las respuestas que estaba recibiendo no le convencían y tenía la certeza de que ella estaba inventando cosas para terminar lo antes posible y dar el tema por zanjado. Decidió aplazar el interrogatorio para otro momento.&lt;br /&gt;---Vamos a dejarlo por hoy, pero seguramente necesitaré más detalles y tendremos que volver a hablar. De todos modos, si te acuerdas de algo más, dímelo. Es muy importante para la seguridad de todos. ---dijo Samuel en tono de agradecimiento, mientras depositaba un rápido beso en la frente de Jerima.&lt;br /&gt;--- Ayudaré en lo que pueda, aunque es muy difícil para mí tener que recordar aquel fatídico día una y otra vez.&lt;br /&gt;---Lo sé ---contestó Samuel desde el alfeizar de la puerta, ofreciéndole una sonrisa cómplice.&lt;br /&gt;Aquello no pegaba ni con cola, pensó mientras se dirigía a su habitación para tratar de casar las piezas de tan complejo puzzle.&lt;br /&gt;¿Qué secreto tan importante podría guardar Melina como para querer adentrarse en lo más profundo de la cueva para evitar escuchas? Se había hablado mucho sobre lo que ella hizo aquella fatídica tarde y, al parecer, todos la vieron subir a descansar a su habitación después de la comida. También vieron a Jerima sentada en el sofá de la entrada en actitud de espera, que terminó cuando Melina salió de su habitación y abandonaron la casa juntas. Se trataba de información contrastada que Samuel daba por cierta.&lt;br /&gt;Algo rondaba en la cabeza de Melina. Algo grave, inconfesable, y había decidido confiar en su única amiga para compartirlo lejos de posibles escuchas indiscretas.&lt;br /&gt;Samuel no se calificaba a sí mismo como una persona observadora, sino mas bien todo lo contrario, se consideraba muy despistado; pero llevaba viviendo entre ellos el tiempo suficiente como para saber que su suegra y Melina trataban de aparentar cierta amistad, pero en realidad no hacían muy buenas migas, o eso le parecía a él. Era cierto que, en algunas ocasiones, las había visto alejarse de los demás para hablar en privado pero, observando sus ademanes y gestos, no parecían muy amigables, sino que más bien daba la sensación de que se encontraban inmersas en una discusión.&lt;br /&gt;Otro punto dudoso era la distancia a la que apareció el cadáver. Por las explicaciones que había dado su suegra, se deducía que habían caminado un buen trecho. Ella había dicho que siguió a Melina mientras sus piernas lo permitieron, pero varias veces se había quedado rezagada y Melina tuvo que hacer constantes altos en el camino para animarla a que la siguiera. Samuel había sido de los primeros en llegar al lugar del crimen y pudo comprobar que el cuerpo se encontraba a unos cien metros de la casa, una distancia que no daba para tantos altos en el camino. Salvo que ese algo o alguien que la había asesinado se tomara la extraña molestia de acercar el cadáver a la casa mientras Jerima corría a pedir auxilio. Conjetura que parecía improbable porque él mismo se había adentrado varios metros más en la cueva, en busca de algún arma o instrumento capaz de obrar aquellos espeluznantes cortes, y no había observado rastros de sangre hacia el interior. Además, los cortes que presentaba el cadáver y la sangre que lo rodeaba hacían pensar que, en caso de ser transportado, habría dejado un reguero negro en el camino. En la inspección que hizo el mismo día del crimen no encontró ni rastros de sangre ni el arma homicida.&lt;br /&gt;Por otro lado estaba lo que Jerima llamaba la “cosa blanca”. Ese “algo” que había aparecido de repente, matando a Melina en un abrir y cerrar de ojos, se había ensañado haciéndole aquellos cortes por todo el cuerpo y había desparecido en menos de un segundo, a juzgar por el gesto rápido que hizo ella con las manos para explicar el espacio de tiempo en el que había transcurrido todo.&lt;br /&gt;Teniendo en cuenta todos esos datos, se planteaban dos posibles hipótesis.&lt;br /&gt;La primera de ellas era que, si el asesinato tenía una base lógica (y para él esa base lógica era que hubiera sido cometido por alguien de la casa), entonces al puzzle que estaba tratando de encajar le faltaban las piezas principales, conformadas por secretos que formaban parte de la vida de aquellas gentes y que él desconocía.&lt;br /&gt;En el transcurso de los pocos años que llevaba conviviendo con ellos pudo comprobar que Melina no había cultivado enemistades, sino que más bien era una persona afable, siempre dispuesta a la colaboración, por lo que resultaba difícil suponer que tuviera enemigos entre los presentes. Pero, aunque así fuera, en el caso de que existieran enemistades y secretos ocultos, capaces de incitar a alguien de la casa a planear su asesinato, resultaba absurdo que lo hiciera en presencia de Jerima, pensaba Samuel tratando de imponer la lógica para esclarecer aquel extraño asesinato.&lt;br /&gt;Pasó a sopesar la segunda hipótesis.&lt;br /&gt;Si todo ocurrió tal y como había relatado Jerima, y aquella “cosa blanca” era el asesino, había un porcentaje altísimo de probabilidades de que Magmalignus estuviera detrás del crimen.&lt;br /&gt;Aunque esa segunda posibilidad no encajaba en la mente de Samuel porque se presentaba envuelta en multitud de interrogantes. ¿Por qué atacar sólo a uno de ellos, teniéndoles a todos a su merced? ¿Por qué permitir que se pusieran en guardia, pudiendo sorprenderles?&lt;br /&gt;Era consciente de que, si Altrus era el autor, para obtener respuesta a tales preguntas sería necesario descender al subsuelo de la maldad y explorar las alcantarillas que surcaban la mente de Magmalignus. Algo que resultaba del todo imposible, pues sería factible adivinar lo que tramaba una mente bondadosa, pero nunca podría llegar a imaginar los planes de alguien que había hecho de la perversidad su estandarte. Rebuscando entre las opciones más retorcidas, la que cobraba más fuerza era que Altrus pretendía divertirse jugando con ellos al gato y al ratón, dándoles caza y muerte uno a uno, mientras los demás esperaban dentro de su jaula, atemorizados, hasta que él viniera a por el siguiente.&lt;br /&gt;En todo caso, había llegado a la conclusión de que era urgente prepararse para el siguiente ataque, que tendría lugar sin duda alguna, y quizá muy pronto. Tanto si era obra de Magmalignus como si tenían un demente viviendo en la casa, volvería a actuar con total certeza.&lt;br /&gt;El peligro había encendido la señal de alarma en su mente y se movía con fuerzas renovadas. Salió apresurado de la habitación, rumbo a la escalera que bajaba al primer piso. Programaba una reunión urgente para buscar soluciones y contrastar propuestas con el fin de hacer frente al enemigo que acechaba desde la oscuridad.&lt;br /&gt;Instintivamente se detuvo en lo alto de la escalera, esperando algún tipo de ruido que le guiara hacia el lugar donde se encontraban los demás, pues no quería desperdiciar ni un segundo buscándoles por la casa. El rumor de conversaciones, que aún mantenían un tono demasiado bajo en señal de luto, llegó hasta sus oídos atravesando la puerta de la cocina. Hacia allí se dirigió, saltando los peldaños de dos en dos, e irrumpió como un huracán en la tranquilidad de los que se reunían en torno a unas tazas humeantes y un dulce recién hecho.&lt;br /&gt;--- ¡Atención todos! ¡Venid al salón! Es importante y urgente. ---gritó Samuel nada más abrir la puerta de sopetón.&lt;br /&gt;No se detuvo a esperar preguntas ni a escuchar impedimentos, sino que dio media vuelta y se dirigió al salón para esperarles allí. Eligió el sofá que consideraba más cómodo y tomó asiento con toda naturalidad, como si la parte más complicada del camino hubiera sido tomar la decisión de iniciarlo, y ahora sólo quedara la parte más sencilla, caminar.&lt;br /&gt;Enseguida comenzaron a llegar, con una urgencia que se cortaba de repente tan pronto cruzaban la puerta para encontrarle cómodamente sentado en el sofá y con el semblante tranquilo.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre? ---era la pregunta que se repetía cada vez que alguien entraba.&lt;br /&gt;---De momento nada más que lo que ya ocurrió, y lo considero motivo suficiente como para reunirnos con el fin de adoptar medidas de seguridad para protegernos. Tomad asiento y escuchad mi propuesta. ---dijo Samuel, haciendo un ademán con la mano para invitarlos a que se acomodaran.&lt;br /&gt;Sin hacer comentarios, pero con ceremonia y muestras de respeto concordantes con la situación, fueron cubriendo los huecos que quedaban libres en los cuatro sofás que llenaban la estancia como único mobiliario del salón.&lt;br /&gt;Cuando cesó el murmullo de rafais rozando la tela de pana marrón que enfundaba los sillones, Samuel tomó la palabra para explicar los hechos ocurridos días atrás, ya conocidos por todos. La expectación aumentó cuando añadió a la historia la información que había recabado de la única testigo presencial, cuya versión nadie más se había atrevido a preguntar, no por falta de curiosidad, sino por respeto. Y ahora suponía una auténtica novedad envuelta en morbo.&lt;br /&gt;Terminó su exposición de los hechos dejando patente la suposición de que lo ocurrido era obra del mismísimo Magmalignus, quien había descubierto que aún seguían con vida y había decidido aniquilarlos uno a uno para ocasionarles el mayor sufrimiento posible.&lt;br /&gt;Obvió hacer comentarios sobre las dudas que tenía respecto al asesinato, las piezas que no cuadraban y la ausencia de lógica que rodeaba todo aquel turbio asunto. Prefirió optar por la versión que parecía más creíble, y también la menos alarmante porque, al fin y al cabo, si el asesino estaba en esos momentos sentado en aquel salón, no era conveniente hacer patentes tales sospechas, porque causarían una desconfianza que haría imposible la convivencia en la casa e imposibilitaría el descubrimiento de un criminal ya puesto sobre aviso.&lt;br /&gt;--- ¿No os parece muy extraño que Magmalignus atacara a Melina aquel día y que desde entonces no volviese a ocurrir nada extraño? Además… ¿por qué asesinar sólo a uno de nosotros, pudiendo terminar con todos de un plumazo? ---preguntó Zetu tan pronto Samuel terminó la explicación.&lt;br /&gt;Zetu abrió la veda a un tiempo de preguntas y respuestas que no había sido propuesto porque Samuel no quería que comenzaran las cavilaciones, ya que suponía que sólo les llevarían hacia enfoques distorsionados de los hechos y dificultarían la toma de decisiones.&lt;br /&gt;--- ¡Eso mismo pensé yo! ---exclamó Andón, levantando la voz para adelantarse a todos los demás, que ya habían abierto la boca para opinar y se quedaron a medio camino---. Esta muerte no parece obra de Altrus, sino de algún tipo de bestia que habita esta cueva.&lt;br /&gt;--- ¡Estoy de acuerdo con él! ---proclamó Zetu, señalando a Andón con la mano a través de un movimiento enérgico, propio de su elevada estatura y complexión atlética.&lt;br /&gt;Y ocurrió lo que más temía Samuel. Empezaron las conjeturas, el miedo opinaba por boca de los allí reunidos y, en definitiva, cada uno comenzó a planear disparatadas acciones individuales para defenderse de futuros ataques.&lt;br /&gt;---Escuchad todos… ---dijo Samuel, mientras trataba de captar la atención dando palmadas para aplacar el murmullo que inundaba el salón.&lt;br /&gt;---Supongamos que el asesinato lo cometió una bestia que habita en esta cueva, tal y como defienden Andón y Zetu ---prosiguió cuando los comentarios cesaron y estaba seguro de tener la audiencia toda él---. ¿Con qué objetivo ataca una bestia?&lt;br /&gt;Dejó la pregunta en el aire, pero no obtuvo más respuesta que el silencio colectivo.&lt;br /&gt;---Con la finalidad de alimentarse ¿verdad? ---continuó tras la leve pausa---. Pero al cuerpo de Melina no le faltaba ni un bocado, muchos de vosotros sois testigos de lo que estoy diciendo. Sin embargo tenía cortes por todo el cuerpo. Cortes lineales y profundos, que coincidían exactamente con las roturas de su vestimenta. Esto nos hace suponer que fue el golpe propinado en la cabeza lo que le ocasionó la muerte y los cortes se los hicieron después, cuando el cadáver ya estaba en el suelo. Pensad, es absolutamente imposible que esas hendiduras se hayan realizado cuando ella estaba aún en pie y viva. Sencillamente porque, al caer al suelo, las rasgaduras de la ropa no coincidirían exactamente encima de la herida. ¿Existirá algún animal capaz de apuñalar a un cadáver?&lt;br /&gt;“¡Tiene razón!”, “¿cómo no reparamos en eso?”, “yo sí que lo había pensado”, “yo también” eran los comentarios más generalizados, que volvieron a llenar la sala de murmullos.&lt;br /&gt;---Si como todo apunta fue obra de Magmalignus… entonces estamos perdidos. ¡Tenemos que huir inmediatamente! ---propuso alguien desde el fondo del salón.&lt;br /&gt;--- ¡Tienes razón, deberíamos marcharnos ahora mismo! ---contestó Zetu, estirando al máximo sus diminutos ojos.&lt;br /&gt;---Yo voy a coger algo de ropa y nos vamos. ---dijo alguien más de entre los presentes.&lt;br /&gt;--- ¡Calma! ¡Calma! ---gritó Samuel para acaparar otra vez la atención de los exaltados---. Nadie va a ningún lado. ¡Ya está bien de escapar! Lo que Magmalignus pretende es que cunda el pánico, que nos dividamos y que huyamos cada uno por su lado. Así le resultará tan sencillo acabar con todos nosotros como lo fue asesinar a Melina en el interior de la cueva. Os aseguro que si permanecemos unidos y le hacemos frente no volverá a atacarnos. ¡No os dais cuenta de que nos tiene miedo! De lo contrario no acometería ataques individuales, amparados por la oscuridad de la cueva, sino que vendría directamente a buscarnos a esta casa.&lt;br /&gt;--- ¿Qué propones que hagamos? ---preguntó Andón&lt;br /&gt;---He pensado en recurrir a algo muy sencillo: montar guardias por turnos.&lt;br /&gt;La sorpresa fue generalizada. Esperaban algo más propio de los poderes sobrenaturales que le habían sido otorgados. Montar simples guardias parecía un recurso cualquiera.&lt;br /&gt;Samuel siguió hablando, a pesar de los gestos despectivos que los presentes no conseguían disimular y afloraban en sus caras.&lt;br /&gt;--- La casa tiene dos laterales expuestos: el orientado al exterior y el que se encara al interior de la cueva. Por cualquiera de los dos lados pueden venir los ataques. Uno de nosotros vigilará el lateral exterior y otro el interior, con relevos cada diez horas. Somos once los que estamos capacitados para este trabajo, por lo tanto hay que hacer un cuadrante para los turnos de vigilancia y exponerlo en la puerta de entrada de la casa. Así cada uno sabrá cuándo y dónde le toca hacer la guardia. Por supuesto, ni que decir tiene que las vigilancias se mantienen día y noche. Si alguien ve algo extraño, por nimio que parezca, contactará conmigo por telepatía. Yo estaré preparado para actuar inmediatamente.&lt;br /&gt;--- ¿Y por qué no instalas otro centro de energía, como hiciste cuando liberamos Candai? Así no podrán acercarse… ---propuso Djama tímidamente, como quien teme exponer algo con el que bien pudiera ganarse el calificativo público de vaga.&lt;br /&gt;A los demás se les iluminó la mirada, a la espera de una respuesta afirmativa por parte de Samuel.&lt;br /&gt;---También he pensado en eso y, desde luego, sería mucho más cómodo para todos. Pero el campo de energía está formado por ondas electromagnéticas que quedan atrapadas entorno al objeto protegido por medio de un agujero negro también electromagnético que se encarga de evitar que estas ondas se propaguen por el espacio, pero eso no impide que sigan emitiendo radiaciones. Y algunas de estas ondas tienen pulsos que se repiten a intervalos de miles de kilómetros, por lo que bien podrían interferir en las comunicaciones de Altrus y ser las causantes de que él detecte nuestra presencia; porque también hay que valorar la posibilidad de que Altrus aún no sepa que estamos aquí y el asesinato de Melina haya sido obra de seres que habitan en esta cueva, cuyas intenciones no sean la obtención de alimento, sino otras mucho más perversas aún. Como cabe una mínima posibilidad de que Altrus aún no nos haya descubierto, debemos tomar precauciones para que siga siendo así.&lt;br /&gt;Samuel sabía que se estaba moviendo en un terreno pantanoso al plantearles también la posibilidad de que no fuera Altrus el autor del asesinato. Primero había defendido la versión de que había sido él y en esos momentos estaba dando un nuevo enfoque para explicar los hechos, que ponía en duda esa primera aseveración. Pero en ningún caso quería que los allí presentes empezaran a sopesar la posibilidad de que el asesino era alguien de la casa.&lt;br /&gt;---No entendí nada, pero seguro que tienes razón ---contestó Djama bromeando.&lt;br /&gt;---Zetu, encárgate tú de preparar los turnos de vigilancia. Empezaremos hoy mismo.&lt;br /&gt;Samuel quería desviar el rumbo de la conversación.&lt;br /&gt;--- ¿Cuántos dijiste que éramos?&lt;br /&gt;--- Once. Excluimos a Amenu, Djama y a los dos niños.&lt;br /&gt;--- ¿Y tú?&lt;br /&gt;---Yo también haré vigilancias, como los demás.&lt;br /&gt;Todos se sorprendieron gratamente. Sabían que, aunque Samuel no era un líder al uso, tampoco era común que él entrara en el reparto del trabajo.&lt;br /&gt;Amenu y Djama rompieron el asombro generalizado con sus protestas porque habían quedado fuera de las vigilancias con la excusa de su avanzada edad y querían ser útiles como los demás, pero nadie les escuchaba.&lt;br /&gt;---Empezaremos mi hija Malu y yo. Cubriré la parte exterior y ella la interior. Las siguientes diez horas les toca a mis hijos Anti y Selu. Los siguientes los designaré tan pronto tenga tiempo. ¡Estaros atentos al cuadrante que dejaré en la parte interior de la puerta de entrada! ---manifestó Zetu, ya de pie y en disposición de ordenar el trabajo para el que había sido designado.&lt;br /&gt;Samuel se retiró otra vez a su habitación, dejando el salón envuelto en un murmullo de dudas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. LA PLANTA FANGUT&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decía Frec, y no exento de razón, que la planta fangut era una dama que vendía muy caros sus favores. Él aprovechaba cualquier ocasión para fundamentar su comparación, permitiéndose incluso aconsejar a sus oyentes que no se equivocaran al considerarla la reina de la flora por su capacidad de proporcionar alimento completo en vitaminas, proteínas y minerales, porque la “reina” exigía a sus súbditos una vida de dedicación completa a cambio del alimento que les daba. Y, por si fuera poco, esa vida dedicada debía transcurrir en la oscuridad, porque ella no admitía competencia ni aceptaba convivir con ninguna otra especie vegetal. Eran tan grandes su prepotencia y orgullo, que hasta rechazaba los rayos de Asten y no los necesitaba para vivir.&lt;br /&gt;La realidad era que la planta fangut había sido creada por Magmalignus para la ocasión (o más bien modificada en sus laboratorios a partir de otra planta muy común en Atia). Su perversa mente pasó largas noches en vela, cavilando hasta que encontró manera de causar el mayor daño posible a aquellos que no renegaban del Rey Kiyama. Desechó de antemano cualquier forma de asesinato porque, por mucho que lograra prolongar la agonía, al final llegaría la muerte, y con ella el fin del sufrimiento y el divertimento de verles padecer.&lt;br /&gt;Una gran carcajada acompañó a la luz que trajo a su malvada mente la idea de regalarles una vida eterna envuelta en sufrimientos que jamás tuvieran fin. Necesitó pasar algunas noches más en vela para hallar la forma de mantenerles con vida dentro de una cueva, en perfecto estado de salud y sin que envejecieran un solo día más. Una vez ideado el siniestro plan, la puesta en práctica vino de la mano de sus biólogos, muy capacitados y con un gran laboratorio a su disposición, dotado de los últimos avances tecnológicos.&lt;br /&gt;Para llevar a cabo sus planes era necesario encontrar una forma de alimentación que fuera capaz de mantenerles sanos durante toda la eternidad. Y la elegida fue una planta común (más bien vulgar por la ausencia de belleza en su forma, su falta de colorido y carencia de flores que la adornaran) que crecía en las agrestes rocas que rodeaban el inmenso palacio. En el laboratorio obraron el milagro de transformarla en una esbelta planta de tallo largo y blancas hojas carnosas con veteados en color amarillo pálido, cuya vida no dependería de la luz, sino de la oscuridad. La bautizaron con el nombre de “fangut”, que en kimismano significaba “reina de la noche”.&lt;br /&gt;Su función de fotosíntesis fue modificada. Podría prescindir de la energía que obtenía de Asten y abastecerse de la que absorbería en el interior de la cueva, procedente de La Gran Aura, que llegaría hasta ella en pequeñas cantidades pero suficientes para permitirle su crecimiento.&lt;br /&gt;Además, sufrió una modificación genética que la dotó de capacidad para producir todos los nutrientes necesarios para la vida, de tal forma que aquellos que la consumieran no tendrían ningún tipo de carencia alimenticia.&lt;br /&gt;El fangut tenía la capacidad de sintetizar la energía procedente de La Gran Aura (que iluminaba la cueva presentándose en forma de leve luz de tono rojizo). Esa energía pasaba a las hojas de la planta, constituyendo la continuación del “tratamiento” para no envejecer.&lt;br /&gt;Los habitantes de la cueva no lo sabían, pero bastaría con que dejaran de alimentarse de hojas de fangut durante un año para que la maldición que les obligaba a vivir eternamente dejara de tener efecto. Pero Altrus sabía que su condena estaba asegurada, sencillamente porque en la cueva no había ninguna otra forma de alimentación. Aunque, por si acaso a alguno se le ocurría dejar de comer para terminar con su eterna vida, activó una función en sus cerebros que daba la señal de alarma cuando pasaban más de tres porciones de tiempo sin ingerir comida. Esa alarma consistía en anular la voluntad del individuo de tal manera que comer fuera lo prioritario. Era una especie de síndrome de abstinencia al que no había voluntad que se resistiera.&lt;br /&gt;Como “reina” que pretendía ser, la planta fue dotada de un reino y unos súbditos que le rindieran pleitesía. El reino era la gran cueva que surcaba las entrañas de la cordillera formada por pequeñas montañas que se extendía al norte de Candai. Y los súbditos no eran otros que los desafortunados que habían resultado absueltos de la pena de muerte y congraciados con una vida eterna. Fueron privados de las muchas alegrías materiales e inmateriales que sin duda les proporcionaría su anterior vida finita para pasar a cumplir el sueño de todo mortal que, según Altrus, era alcanzar la inmortalidad sin envejecer, pero a cambio debían dedicar su vida al cuidado de aquella planta, que no podía ser más exigente y caprichosa en cuanto a atenciones se refiere. Cada día exigía ser regada con cuatro (y sólo cuatro) gotas de agua fresca, recién traída del manantial que surcaba la cueva. Si la mano del cuidador se abría y eran cinco las gotas que le proporcionaba, se secaría por exceso de riego. Si el cuidador era tacaño y pretendía despacharla con sólo tres gotas, se secaba también, pero por defecto en el regadío. Además, cada noche, un tallo delgado con forma de filamento se empeñaba en crecer en el centro de su corona de hojas. Debía ser extirpado durante el día siguiente con un corte limpio, sellando la cicatriz con artea. Si no se observaba ese cuidado, la planta se vengaba dejando secar todas sus hojas y privando al jardinero de su comida para varios días, porque el fangut premiaba la dedicación y la fidelidad ofertando cuatro grandes y carnosas hojas, capaces de proporcionar comida suficiente, durante al menos cuatro o cinco días, para una familia de tamaño medio, como la de Monnie.&lt;br /&gt;Frec había distribuido el trabajo de la familia de tal manera que todos tuvieran ocupación, reservándose para si mismo la parte más técnica y complicada pues, según él, con la comida no se jugaba y las labores importantes (aquellas de las que dependía la subsistencia familiar) debían estar en manos de alguien responsable y capacitado. Casualmente esas tareas también eran las menos laboriosas. Así Frec pasaba la mayor parte de la jornada sentado (programando el trabajo, según decía él) sobre una especie de cojín de hojas secas, que Amand había confeccionado con esmero para servir de base a las delicadas posaderas de su hijo. Mientras tanto, Monnie y su madre debían hacer diariamente cientos de viajes de ida y vuelta al riachuelo para llenar sus cuencos de agua, acercarlos a lugar donde esperaba Frec cómodamente sentado, introducir la pequeña rama seca, sacarla empapada en agua y dársela a Frec para que se encargara de hacer los honores de depositar las cuatro gotas junto a la raíz del fangut.&lt;br /&gt;Pero, a pesar de la holgazanería de su padre, Monnie se sentía afortunada cuando se comparaba con cualquiera de las otras tres familias que habitaban la “gran cueva”. Era cierto que Frec era todo aquello que podía recibir el calificativo de caradura, insolente y vago; pero las cosas hubieran sido más difíciles aún de haber tenido unos padres como Portio y Aurea, porque no podría dedicar ni un instante a la exploración de los alrededores, pues la insaciable ambición de ambos les obligaba a trabajar de continuo para adueñarse de la mayoría de los terrenos, dedicando mucho tiempo a los trabajos de expansión de los campos.&lt;br /&gt;Desde que un día, por casualidad, Portio había descubierto que el filamento que crecía en el centro de la corona de hojas del fangut se convertía en otra planta con sólo introducir su cresta en la artea, era tal su ansia de riqueza que, aunque ya tenían más extensión de la que podían trabajar en condiciones normales, seguían restando cada vez más tiempo al sueño para dedicarlo a expandir sus campos. La jornada laboral se les había quedado pequeña y no les daba tiempo a cuidar las plantas de su vasta extensión de terrenos, por eso las jornadas dedicadas a la expansión tenían que robarlas al sueño, porque sus campos de cultivo aumentaban y aumentaban sin cesar, requiriéndoles cada vez más dedicación.&lt;br /&gt;En el caso de Portio y Aurea, el ansia de posesiones había ganado el pulso a la razón y, aunque ya tuvieran campo bastante, jamás llegarían a tener suficiente, pues la ambición es una bestia de apetito voraz e insaciable.&lt;br /&gt;En el polo opuesto estaba la familia de Anex, Josan, Ire y Dram, quienes subsistían como podían, unas veces ayudados por la suerte y otras por la compasión ajena. Los cuatro niños (bien organizados dadas las circunstancias) se ocupaban de su pequeña plantación de fangut, que no crecía porque ellos jamás se dedicaban a tareas de expansión y consideraban suficiente trabajo el que hacían para cuidar la que les había tocado en suerte cuando se hizo el reparto. Sus campos tenían el mayor índice de plantas muertas, principalmente por descuido en el riego. Su madre, Soccie, alegaba todo tipo de problemas de salud para evitar el cuidado de sus hijos, de la plantación y de cualquier otra cosa que no fuera permanecer el día entero acostada en su siara. Los ánimos del padre también oscilaban por días, e incluso por momentos dentro del mismo día. Había instantes en los que se sentía pleno de vitalidad y se convertía en un trabajador incansable, pero eran mucho más frecuentes los momentos en los que se encontraba demasiado cansado para trabajar y alegraba sus penas sentándose a cantar en el exterior de la casa.&lt;br /&gt;El caso de Llui tampoco era más afortunado. Aunque pertenecía a una familia cuyos padres podrían calificarse dentro de los parámetros de la normalidad, su hermana Gonza (un bebé que jamás dejaría de serlo) la mantenía ocupada en su cuidado mientras sus padres trabajaban los campos.&lt;br /&gt;--- ¡Monnie! ¡Despierta! Coge el cuenco y la rama. Ya es hora de volver a casa. Hemos terminado por hoy. ---gritaba su padre desde la orilla del campo.&lt;br /&gt;Estaba tan inmersa en sus propios pensamientos que el tiempo había transcurrido sin que ella se diera cuenta. De repente recordó los planes que había hecho para cuando la jornada laboral tocara a su fin.&lt;br /&gt;---Me gustaría dar un paseo, si me dais permiso… ---dijo con voz mimosa.&lt;br /&gt;Monnie repetía la misma frase cada mañana y cada tarde, a fin de obtener el permiso de su padre para dejar el trabajo un rato antes que ellos y emplear ese tiempo libre en la exploración de la cueva. Él también repetía siempre la misma contestación: “puedes marcharte, pero recuerda que debes estar en casa para la comida”. Pero ese día había estado tan inmiscuida en sus pensamientos que dejó pasar el tiempo y ya era demasiado tarde. Sus padres ya se iban a retirar a descansar hasta el día siguiente, Frec querría disponer de su comida tan pronto llegara a casa y no iba a permitir que ella no estuviera presente. A él le gustaba ver a la familia reunida durante las comidas.&lt;br /&gt;--- ¿A dónde quieres ir tan tarde? Ya sabes que esa pregunta tenías que haberla hecho hace un tiempo. Ahora es momento de volver a casa, comer y descansar hasta mañana. ---dijo su padre&lt;br /&gt;---Me gustaría ir a dar un paseo. Es temprano para meterme en casa. Todos los demás están aún en los campos, quizá juguemos un poco cuando terminen… ---mintió Monnie, pues su intención era adentrarse en el Túnel del Velvén.&lt;br /&gt;Hacía años que no visitaba a los del final de la cueva y esos últimos días había sentido deseos de pasar por allí para ver cómo continuaban las cosas al otro lado.&lt;br /&gt;---Tiene razón. Al fin y al cabo no es más que una niña y tiene derecho a jugar un poco cada día ---intervino Rostie, su madre, buscando con la mirada la aprobación de Frec.&lt;br /&gt;Monnie estaba sorprendida de que su madre se arriesgara a contradecir a Frec para defender ese instante de libertad que ella requería.&lt;br /&gt;---Ya no es una niña, tiene casi diecisiete años y debería recordar las normas que ella y yo negociamos hace ya mucho tiempo.&lt;br /&gt;---Pero los juegos con esos niños es la única diversión que tiene en la vida. Porque un día se haya olvidado de preguntarte a tiempo, no debemos privarla de su derecho a jugar. ---alegó Rostie.&lt;br /&gt;Monnie estaba asombrada. Su madre nunca había salido en su defensa. Se preguntaba qué le estaría ocurriendo para que diera un giro tan radical.&lt;br /&gt;---Está bien, pero no tardes, ya sabes que me gusta cenar pronto, y con la familia reunida. Y esto no es negociable. Si no estás en casa a tiempo, serás castigada.&lt;br /&gt;Monnie asintió en silencio.&lt;br /&gt;Frec y Rostie se pusieron en marcha hacia la casa, con paso lento y espalda encorvada, manteniendo una incesante conversación que consistía en que él opinaba cuanto le venía en gana y ella asentía en silencio o le manifestaba abiertamente cuánta razón tenía.&lt;br /&gt;Monnie decidió permanecer en el mismo lugar hasta comprobar que entraban en la casa. Quería hacerles creer que esperaría allí hasta que los otros niños terminasen su trabajo en los campos.&lt;br /&gt;Cuando vio que tomaban el camino central y se iban alejando hacia la casa, no pudo esperar más y se puso en marcha hacia el túnel que partía del lado este, allá donde terminaban las posesiones de su familia.&lt;br /&gt;El túnel era ancho en sus comienzos pero, como si de un embudo se tratase, se iba haciendo más angosto a medida que se avanzaba en su recorrido. Y terminaba con un pasadizo tan estrecho que sus paredes parecían estrangular a quien osara adentrarse en él. Marcaba el camino una luz rojiza que apenas conseguía ahuyentar la oscuridad.&lt;br /&gt;Antaño solía recorrerlo a menudo. En aquella época “los del final de la cueva” eran su único contacto con el mundo real y ella, con el único propósito de verles, solía escaparse con el pretexto de que necesitaba dar un pequeño paseo.&lt;br /&gt;Desde la mirilla que había instalado, adecuada a la altura y amplitud de su ojo, les veía llegar ya entrada la noche, cansados y abatidos, pero sobre todo tristes. Sus rostros presentaban un semblante tan serio que casi indicaba enfado. Pero era su mirada cansada, sombría y sin atisbo de vitalidad la que disipaba cualquier tipo de duda, desechando el enfado y dibujando en su cara ese aspecto triste que tanto impresionó a Monnie cuando les vio por primera vez.&lt;br /&gt;Desde ese primer encuentro habían pasado años, muchos años. Durante un tiempo repitió las visitas casi a diario, hasta que una extraña enfermedad germinó en la mente de Amand sumiendo su vida en una tristeza que la obligaba a permanecer acostada en la siara día y noche. Monnie se encargó de cuidarla e infundirle los ánimos necesarios para retomar el camino de la vida.&lt;br /&gt;Cuando Amand estuvo repuesta regresó al lugar para visitar a “los del final de la cueva”, pero el agujero que había camuflado en la pared para espiarles estaba tapado y no podía ver lo que ocurría al otro lado. El temor le invadió al suponer que habían descubierto su travesura y escapó de allí a toda prisa, empujada por el miedo a que los guardianes hubieran decidido vigilar el lugar para apresar al impertinente merodeador.&lt;br /&gt;Mucho tiempo después seguía haciendo cavilaciones (cada cual más descabellada) sobre lo que habría ocurrido al final de la cueva. Hasta que un día se armó de valor para atravesar el Túnel del Velvén y abrir otro agujero en la pared para fisgar. Comprobó con alivio que no había ocurrido ninguna de las tragedias imaginadas y ellos seguían allí en los mismos barracones y con el mismo estilo de vida de siempre, por el que parecían no pasar los años. Sólo que ellos tenían la suerte de poder procrear, nacer, crecer, envejecer y morirse. Monnie sentía una envidia sana cuando observaba a aquellos desventurados gastar su vida finita.&lt;br /&gt;Transcurrido un tiempo dejó de visitarles, esta vez por aburrimiento. Siempre hacían lo mismo y en el mismo momento. Jamás había novedades.&lt;br /&gt;Ahora sus escapadas se dirigían a la boca de la cueva y casi había olvidado a los que habitaban al otro lado. Hacía tanto tiempo desde la última visita que apenas recordaba cual era el mejor momento para observarles. Sabía que debía llegar a tiempo para verles entrar y acostarse, pues si se demoraba sólo encontraría un barracón oscuro invadido por multitud de ruidos que generaban los que allí pretendían descansar. Confiaba en el reloj biológico de su padre, que estaba perfectamente sincronizado y daba la señal de retirarse del trabajo cuando aún quedan al menos dos porciones* de tiempo para que Asten se escondiera hasta el siguiente día. Calculó que habría transcurrido media porción desde que Frec dio orden de retirada, por lo tanto disponía de otra porción y media hasta que los cunches llegaran a los barracones. Teniendo en cuenta que el túnel era relativamente corto (medido en pasos tenía unos quinientos escais**) y el recorrido duraba menos de una porción de tiempo, llegó a la conclusión de que aún tendría que esperar allí otra media hasta que llegaran. Además, esas cuentas daban como resultado que quedaba todavía mucha luz y no podría asomarse al otro lado o correría el riesgo de que su retina se quemara en un instante porque, si bien en los barracones predominaba la oscuridad, las pequeñas ventanas próximas al techo dejaban colarse suficiente luz como para que sus ojos se quemaran en un instante.&lt;br /&gt;De repente se percató de que, si visitaba los barracones no llegaría a tiempo para su cita en sueños. Se alarmó ante la idea de disgustar a Samuel. Si le dejaba plantado, él no regresaría. Si él no regresaba, su vida se convertiría en una rutina sin fin. Vio su mundo desmoronarse como un juego de naipes que caía provocado porque ella no acudía a la cita esa noche. Sencillamente, no podría soportar la ausencia de Samuel. Su amistad, aunque sólo existiera en sueños, era lo único que daba sentido a su vida.&lt;br /&gt;Mucho menos importante era el hecho de que Frec había sido tajante cuando le advirtió que debía estar en casa para la hora de cenar. Aunque fuera intrascendente, tampoco quería ganarse una regañina innecesaria.&lt;br /&gt;Aquella excursión requería disponer de tiempo suficiente, sin prisas, como solía hacer antaño. Por eso decidió dar media vuelta y regresar a casa. Apenas había iniciado el recorrido del túnel y era más sensato volver porque su familia ya estaría disponiendo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;• *Una porción de tiempo equivalía a media hora, aproximadamente.&lt;br /&gt;• ** Un scai equivale a dos metros y medio (250 centímetros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;la cena. Después sus padres y Amand se acostarían enseguida. Y ella también porque había quedado en reunirse con Samuel a orillas del lago durante el sueño de esa noche.&lt;br /&gt;La excursión al final de la cueva tendría que esperar hasta el día siguiente.&lt;br /&gt;Nada más franquear el arco que daba acceso a la casa, ya percibió el ambiente hostil, sin duda motivado por su tardanza en acudir a la reunión familiar entorno a la cena. Ella tenía la sensación de que había transcurrido poco tiempo desde que sus padres se retiraron a la casa. Además tenía permiso para jugar un rato. Pero era evidente que había pasado más tiempo del que su padre podía esperar. Quizá ella se había entretenido demasiado mientras decidía si continuar su visita o regresar a casa. Quizá la posibilidad que había pasado por su mente de perder a Samuel, le había dejado paralizada más tiempo del necesario.&lt;br /&gt;Buscó la mirada de su abuela, a sabiendas de que ella, con algún gesto o mueca disimulada, trataría de darle instrucciones para que la metedura de pata no fuera a mayores.&lt;br /&gt;En cuanto vio que Amand entornaba la mirada y la cabeza hacia el lado derecho, justo donde quedaba el único asiento vacío, entendió que debía entrar rápidamente, sentarse y disponerse a hincarle el diente a las hojas que esperaban dentro de un tazón.&lt;br /&gt;El silencio reinaba entorno a la mesa, interrumpido de vez en cuando porque su madre, Rostie, masticaba y tragaba sin tener en cuenta un mínimo decoro y, además, Frec soltaba de vez en cuando algún que otro bufido para dar a entender que estaba muy harto de que, aunque sólo fuera de vez en cuando, se transgredieran sus normas respecto a los horarios de comida. Así, cuando sus dedos llevaron a la boca la última hoja que quedaba en el tazón, apoyó los dos brazos en la mesa y, dirigiendo a Monnie una mirada retadora, se levantó y marchó en dirección a su siara. Mientras tanto Rosti siguió cabizbaja, sin hacer el más mínimo comentario. Terminó también su comida y siguió los pasos de Frec en busca del ansiado descanso. Era el momento esperado por Amand para verse a solas con Monnie y echarle su cariñosa regañina.&lt;br /&gt;--- ¿Por qué haces estas cosas? Sabes lo mucho que molestan a tu padre… ---preguntó Amand con gesto suplicante, mientras cogía la mano de Monnie.&lt;br /&gt;--- ¿Qué cosas tati? ¿Llegar un momento más tarde de lo que él quisiera? ¡Ni que tuviéramos el tiempo contado! ¡Por Hatai, si tenemos toda la eternidad y vivimos tan al límite como si fuéramos a morirnos mañana mismo!&lt;br /&gt;---Por eso, Monnie, por eso… Estamos condenados a la vida eterna, lo que ya es desgracia bastante y, precisamente por ese motivo, deberíamos esforzarnos en hacernos felices los unos a los otros. Y no hay nada que haga más feliz a tu padre que comer a las horas que tiene estipuladas y luego irse a descansar cuando también lo considera conveniente.&lt;br /&gt;---Esa es la felicidad de los tontos, de los que se conforman y no tienen espíritu para buscar algo mejor, para seguir luchando.--- contestó Monnie con despotismo.&lt;br /&gt;---No digas eso… ¿qué quieres que hagamos? Nadie puede romper la maldición de Altrus. Quien lo intentara sería un insensato y, con esa rebeldía, lo único que conseguirás será sentirte más infeliz aún.&lt;br /&gt;---No estoy intentando deshacer la maldición, sólo exploro los alrededores del lugar donde vivimos. A lo mejor algún día, en una de esas escapadas, encuentro algo o alguien que nos pueda ayudar.&lt;br /&gt;--- ¿Ya olvidaste lo que te ocurrió hace unos días? ---preguntó Amand, acercándose a Monnie en tono confidencial, para evitar que alguien más pudiera escuchar un secreto que sólo les pertenecía a ellas.&lt;br /&gt;---No, tati, para mi desgracia aún no lo he olvidado. Es más… lo recuerdo todos los días.&lt;br /&gt;Monnie contestó por telepatía. Sabía que el oido de Amand no era lo suficientemente agudo como para escuchar una confidencia. Había que evitar que se aliaran un posible sueño tardío de sus padres con la escasa amplitud de la casa para poner al descubierto tan engorroso secreto.&lt;br /&gt;---Pues debes olvidarlo y dejar esos paseos. Aquél día estuviste en serio peligro, créeme que lo digo por tu bien, bueno… y por el mío también. Aún despierto muchas noches, sobresaltada, después de rememorar en sueños lo que pasó cuando yo estaba tranquilamente preparando la cena y apareciste en la entrada de la casa con el rostro desencajado y teñida en sangre desde las orejas hasta los pies, mientras tu mano temblaba sin parar, sosteniendo a duras penas aquella enorme piedra de punta afilada, hasta que no pudiste más y la dejaste caer a mis pies.&lt;br /&gt;--- ¿Qué hiciste con ella, tati? ---preguntó Monnie de repente.&lt;br /&gt;Aunque le había angustiado mucho aquel asunto, hasta ese momento no se percató de que aquella piedra debía permanecer en un lugar tan oculto que nadie pudiera encontrarla jamás.&lt;br /&gt;Ahora se sobresaltaba pensando en la posibilidad de que alguien pudiera encontrar la piedra y comenzara a indagar en un asunto que le llevaría hasta ella. Tal posibilidad y todas sus consecuencias pasaron por su mente en cuestión de segundos para dejarle el cuerpo tiritando de frío y de miedo.&lt;br /&gt;---La tiré al riachuelo cuando te acompañé hasta allí para que te dieras un baño ¿es que no lo recuerdas?&lt;br /&gt;---No, no lo recuerdo. Lo siento…&lt;br /&gt;Se sintió aliviada al saber que la abuela había previsto el destino ideal para la piedra. El agua borraría los restos de sangre y sería una más de las muchas que reposaban en el fondo del riachuelo, sin levantar las sospechas de nadie.&lt;br /&gt;---Por eso quiero pedirte que tengas mucho cuidado, que no salgas de aquí. Tienes más niños para jugar y no necesitas aventurarte en esos paseos tan peligrosos. Piensa que, al igual que aquel día te pasó aquel incidente, otro día puede ocurrir que no salgas de allí con vida para contarlo.&lt;br /&gt;---Ya lo sé abuela… --- contestó Monnie, sin poder evitar que las lágrimas empezaran a inundar sus ojos.&lt;br /&gt;--- Tienes que olvidarlo. Considéralo un incidente que te aportó una importante lección. Y ahora… ¡a dormir para estar mañana bien descansada! ---dijo Amand mientras depositaba un beso en la mejilla de su nieta.&lt;br /&gt;Monnie se despidió de su abuela con una sonrisa forzada que se deshacía por las comisuras y el temor de que el recuerdo de aquel fatídico día le impidiera conciliar el sueño pronto, con el consiguiente retraso en acudir a la cita que tenía esa noche. Habían quedado junto al lago como siempre, pero aquel era un día especial porque él le había prometido que le regalaría uno de aquellos preciosos vestidos que se ponen las humanas y, envuelta en su magia, la llevaría hasta su casa de Madrid para ver juntos una película. No podía demorar el sueño ni un instante más, porque en esos momentos él ya estaría junto al lago, esperándola.&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-5930849087819278479?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/5930849087819278479/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-viii-la-gran-aura.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/5930849087819278479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/5930849087819278479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-viii-la-gran-aura.html' title='CAPITULO IV: &quot;El interrogatorio de Jerima&quot;  y CAPITULO V: &quot;La planta fangut&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-6560613209782932043</id><published>2010-01-14T18:25:00.011+01:00</published><updated>2011-02-18T22:20:29.123+01:00</updated><title type='text'>CAPITULO VI: "La primera desaparición" y CAPITULO VII: "Un amor en sueños"</title><content type='html'>6. LA PRIMERA DESAPARICION&lt;br /&gt;Garfe padecía de insomnio y casi todas las noches se despertaba mucho tiempo antes de que sonara la alarma, aquel pitido estruendoso que terminaba con el descanso nocturno y daba paso a otro día de tantos, tan carente de emociones y novedades como todos los pasados desde que habían regresado a los barracones bajo las órdenes de Magmalignus y su ejército de clones.&lt;br /&gt;A sus treinta años ya había perdido toda la ilusión de vivir y, con demasiada frecuencia, durante las largas noches en vela su mente recurría a la idea del suicidio como posible salida a aquel infierno.&lt;br /&gt;Le había dado más de mil vueltas a la idea de quitarse la vida, llegando a la triste conclusión de que ni eso era posible, por falta de ocasiones y medios. La ocasión no se presentaba porque durante el día cada uno de sus movimientos (al igual que los de los demás esclavos) estaban vigilados por aquellos guardias clonados, diseñados de tal manera que nunca se cansaban, jamás daban la menor señal de despiste y mantenían el mismo nivel de atención de mañana por noche. Así, aunque consiguiera eludir la vigilancia (que era casi imposible), tampoco disponía de los medios necesarios para llevar su determinación a buen puerto. Necesitaría un arma, de la que carecía. Con ingesta de algún veneno mortífero o cualquier otra cosa capaz de causar la muerte tampoco era posible, ya que seguían sometidos al racionamiento de las tres galletas diarias y no les proporcionaban ningún otro alimento ni bebida añadido, salvo el agua que bebían en los abrevaderos. De esa manera no había posibilidad alguna de que algo capaz de causar la muerte llegara a sus manos para ofrecerle la solución.&lt;br /&gt;Y, por si la vigilancia de los clones no bastara, Magmalignus había adoptado las precauciones necesarias para evitar que se produjera otro motín como el que años atrás había propiciado la liberación de Candai, dando como resultado el reinado de Samuel Kiyama. Una de las cautelas adoptadas consistía en equipar los colchones de los barracones con sensores de presión (y así lo hizo saber el día en que les reunió a todos en la explanada). Tenían prohibido abandonar su colchón durante la noche, debían permanecer acostados sobre él y no había pretexto alguno que pudiera liberarles de esa obligación, salvo la muerte. Por las noches, después de pasar revista, los guardias cerraban las puertas de los barracones y activaban los sensores. De este modo, si algún prisionero osaba abandonar su sitio (cualquiera que fuera el pretexto) los sensores se activaban y avisaban a los guardias para que acudieran en tropel a castigar al infractor.&lt;br /&gt;“¡Si por lo menos tuviera familia! Este infierno sería más soportable…”, pensaba Garfe.&lt;br /&gt;Sus padres habían muerto hacía muchos años, cuando él tenía dieciséis. Ellos formaron pareja cuando ya contaban con una avanzada edad y, aunque les hubiera gustado criar una gran prole, el tiempo se les echó encima y la naturaleza cerró la puerta a la ansiada descendencia. Y fue una lástima, porque eran los padres más maravillosos que uno pudiera desear.&lt;br /&gt;Su madre, Aulen, le mimaba y cuidaba con el mismo esmero que un avaricioso cuida un tesoro muy valioso. Cuando Garfe le achacaba el hecho de que estuviera demasiado pendiente de él, ella le contestaba: “mira hijo, imagínate que alguien pusiera en tus manos una joya valiosísima, tan valiosa como toda la galaxia “La Gran Luz”, ¿no la cuidarías con esmero? ¿No estarías pendiente de ella todo el tiempo, por miedo a que alguien te la robara? Para mí, tú eres mucho más importante que esa supuesta joya.”&lt;br /&gt;Garfe compartía colchón con ella por las noches. Sentir su cálido cuerpo transmitiéndole calor a través del rafai le proporcionaba seguridad y reconfortaba la ansiedad que ya padecía en la niñez&lt;br /&gt;Desde que ella murió sus noches se convirtieron en un infierno de horas interminables, de maquinaciones que presentan una cara factible amparada en la oscuridad de la noche, pero que a la luz del alba mostraban su verdadero rostro y se le antojaban absurdas.&lt;br /&gt;Garfe y sus padres no habían tenido mucha suerte en el reparto del trabajo y les tocó desarrollar su labor en el interior de una mina, de la que obtenían material para la construcción de edificios. Toda su vida transcurría en la penumbra y sólo conocían la luz del día porque saboreaban cada mañana una porción cuando salían de los barracones, durante el tiempo que duraba su trayecto hasta la mina. Aprovechaban cada instante para empaparse de ella como esponjas y la retenían en su memoria para que durara el resto de la jornada.&lt;br /&gt;En el interior de la mina la vigilancia era escasa (Altrus no quería malgastar allí la salud de sus costosos clones). Por eso sólo les exigían resultados. Estaba estipulada la cantidad de material que había que extraer por persona y día, y también los castigos en caso de incumplimiento, que consistían en continuar trabajando durante toda la noche, hasta obtener el doble de la cantidad que el prisionero debiera haber extraído durante el día.&lt;br /&gt;Sus padres sólo tenían una preocupación: velar por la salud y el correcto crecimiento de Garfe. Y quemaban la suya, agotando sus fuerzas para desarrollar su propio trabajo y gran parte del de su hijo quien, según decían ellos, era muy joven para hacer trabajos duros y, si los hacía, correría el riesgo de tener dolores de huesos durante el resto de su vida.&lt;br /&gt;Cuando Garfe comprendió (mucho tiempo después) que la causa de la muerte de su madre había sido el agotamiento, ya era demasiado tarde para remediarlo. Su padre la siguió al poco tiempo. Él nunca tuvo dudas acerca del factor que desencadenó el fallecimiento de su padre: murió de pena. Cuando ella faltó, dejó de comer y de dormir. Poco después se apoderó de él una extraña locura, haciendo que su cabeza y sus ojos perdieran la órbita. No hubo compasión ni comprensión por parte de los guardias y, a latigazos, era obligado a sacar adelante su trabajo diario. Garfe se esforzaba en ayudarle (como en su día sus padres habían hecho con él) pero la falta de costumbre fue la causante de que apenas pudiera cumplir con su propio trabajo, mientras su padre era golpeado para obligarle a continuar trabajando durante toda la noche, hasta obtener la cantidad de mineral estipulada. Así continuó hasta la extenuación. Un día dejó caer al suelo la herramienta con la que trabajaba, y después cayó él. A través de las lágrimas que le empañaban los ojos, Garfe pudo ver cómo lo recogían del suelo sin la menor delicadeza, y lo tiraban en el remolque del vehículo que lo transportaría hasta el exterior, donde se desharían de su cadáver.&lt;br /&gt;Terminó acostumbrándose al trabajo en la mina y a cumplir con su cometido hasta que, años más tarde, la suerte (en lo que al trabajo se refiere) vino a socorrerle y pasó a desarrollar su labor en la fábrica de galletas, un trabajo mucho más cómodo. Pero ya era demasiado tarde.&lt;br /&gt;Tras la ausencia de sus padres, la soledad fue su única compañera, la más fiel, la que sabía como nadie teñir de gris el día más hermoso, la que le despertaba por las noches para que contemplara la parte más triste de la penumbra. Se había acostumbrado tanto a ella, a sentir constantemente sus punzadas en el pecho que si algún día le abandonaba, estaba seguro de que se sentiría completamente vacío.&lt;br /&gt;Garfe era considerado muy atractivo por el sexo opuesto y no le habían faltado (ni le faltaban) candidatas para ser su compañera. Eran muchos los que le aconsejaban elegir una entre ellas, alegando que daría un nuevo sentido a su vida y le proporcionaría una familia, hijos y nuevas ilusiones que llegarían con ellos. Además casi todos coincidían en que las féminas que habían intentado convertirse en su pareja eran las más atractivas, las que nadie en su sano juicio rechazaría. Pero Garfe veía en todas ellas a su madre y le provocaban un sentimiento materno-filial que en nada se parecía a los cosquilleos por todo el cuerpo que manifestaban sentir sus compañeros cuando alguna cunche hermosa se cruzaba en su punto de mira.&lt;br /&gt;Él conocía bien ese tipo de cosquilleo porque lo había sentido en todas las ocasiones que acudían a las duchas colectivas y veía a los cunches jóvenes bañarse desnudos, exhibiendo sus cuerpos musculosos perfectamente esculpidos, además de otros atributos de los que no quitaba ojo, provocando el recelo y la ofensa de más de uno, que huían de su lado procurando disimular la incomodidad de sentirse tan observados.&lt;br /&gt;Nunca había escuchado a nadie decir que sintiera algo parecido. “Claro que yo tampoco lo digo”, “seguro que, entre todos los que estamos aquí, a alguno más le ocurre lo mismo que a mí, pero lo disimulan, buscan una pareja del sexo opuesto y llevan una vida normal” “Yo tengo que hacer lo mismo que ellos”, pensaba para tratar de justificarse ante sí mismo.&lt;br /&gt;Procuraba desterrar cualquier idea que acudiera a su cabeza y tuviera que ver con sus orientaciones sexuales. Por eso sus largas noches en vela estaban ocupadas en contemplar el extraño contraste de luces y sombras, de soledad y de compañía. La luz artificial de la calle se colaba por las estrechas ventanas ubicadas en lo más alto de la pared e iluminaba todo el techo como si fuera pleno día; después se iba difuminando pared abajo, mezclándose con la sombra para crear distintos ambientes. Cuando se encontraban, luz y sombra compartían el protagonismo al cincuenta por ciento. Pero a medida que descendían, la sombra exigía mayor porcentaje y, llegados al suelo, dejaba a la luz una intervención mínima pero suficiente para dar forma a los cuerpos que allí descansaban y hacer volar la imaginación de Garfe hacia lugares prohibidos, haciéndole comprender que era imposible poner puertas al campo.&lt;br /&gt;Sus noches más tranquilas fueron las que pasó en libertad, bajo el reinado de Samuel Kiyama. Vivía solo en una bonita casa, dormía solo y se duchaba solo. Por aquel entonces, y con la esperanza de un futuro mejor en el horizonte de su vida, incluso se había planteado aceptar como compañera a alguna joven cunche y formar una familia. Pero, aunque en principio todas ellas se parecían a su madre, cuando profundizaba un poco más en la amistad llegaba a la conclusión de que ninguna estaba a la altura.&lt;br /&gt;Tras la invasión regresó la vida de antaño. Magmalignus no se esforzó en efectuar cambio alguno, salvo que las medidas de seguridad eran más estrictas y que había aumentado la frecuencia de cambio de sus clones con (también supuestamente por seguridad) para que no existiera posibilidad alguna de que llegaran a confraternizar con los esclavos.&lt;br /&gt;Sin embargo Altrus no dedicaba tiempo a cambiar el diseño exterior de las caras de sus guardias, que era el mismo desde que él tenía recuerdos. Habían elegido como molde un rostro cuadrado, con idénticas medidas a lo largo y ancho, de una edad que se podía situar entorno a los treinta años, pequeña nariz y diminuta boca, con las que contrastaban unos grandísimos ojos a los que no se escapaba detalle. Pero los esclavos sabían a la perfección cuando había un cambio de remesa. La manera de comportarse de los clones novatos, torpe y con muestras continuadas de desorientación, difería mucho de la desenvoltura con la que se movían los que llevaban allí algún tiempo. Esas señales indicaban que una nueva remesa de guardias había llegado y que, durante unos pocos días hasta que se hicieran totalmente con el control, habría algo de permisividad en los movimientos.&lt;br /&gt;Precisamente, hacía dos días que había llegado una nueva tanda de guardias y, como decía Llut (el compañero que dormía en el colchón de al lado) “andaban más desorientados que un cunche en un palacio”.&lt;br /&gt;Pensando en Llut, su cabeza giró instintivamente hacia la izquierda. A Garfe le gustaba observarle mientras dormía. Era muy joven (casi un niño) y descansaba con la tranquilidad de los que no sienten sobre sus espaldas el peso de la vida. Su sueño era siempre tan profundo que no le permitía escuchar la sirena de la mañana y Garfe tenía que propinarle unos buenos meneos para que despertase, y luego empujarle hacia el lavadero a toda prisa. En alguna ocasión había tenido que llevarle casi a rastras.&lt;br /&gt;Miró hacia la izquierda buscando el familiar rostro de LLut, que siempre dormía con el cuerpo ladeado hacia él, sin hacer el más mínimo gesto y sin ruido en la respiración. Era la viva imagen de la felicidad y hasta parecía que una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. Al girar la cabeza, dio un salto en el colchón. ¡Llut no estaba allí! ¿Cuándo se habría levantado y para ir a dónde? Pensó que algo debía haber ocurrido durante los escasos momentos en los que él permaneció dormido, que eran muy pocos a lo largo de la noche.&lt;br /&gt;“¿Y por qué no sonó el detector del colchón? ¿Por qué no entraron los guardias? ¿Habrá muerto mientras yo dormía? Imposible, Llut es joven y fuerte.”&lt;br /&gt;Garfe seguía barajando hipótesis que explicaran la ausencia de su compañero y estaba tan nervioso que no vio las piedras esparcidas sobre el colchón de Llut.&lt;br /&gt;Incorporó la cabeza y el tronco para obtener una panorámica del barracón. Probablemente LLut se había sentido indispuesto y estaba en el lavadero o en las letrinas.&lt;br /&gt;Traspasó la tenue iluminación con la mirada, buscando por todo el barracón y prestando especial atención al abrevadero y a las letrinas. No consiguió localizarle en ninguno de esos lugares.&lt;br /&gt;Su impaciencia iba en aumento al ver que la luz del alba empezaba a suplantar a la iluminación artificial que reinaba durante la noche y hacía valer su prevalencia tiñendo los bultos del suelo de un cálido color anaranjado. Pronto sonaría la alarma y Llut seguía sin aparecer por ningún lado. Los azotes que ganaría a cambio de su osadía ya le dolían a Garfe en sus propias carnes.&lt;br /&gt;El tiempo nunca corría a conveniencia y ahora pasaba demasiado rápido, acelerando el temor a que sonara la alarma y Llut no hubiera regresado. Probablemente alguna joven cunche era la responsable de que su compañero arriesgara la vida de aquella manera, y el muy canalla había descubierto alguna forma de burlar los sensores de presión. ¡Efectivamente! Miró más detenidamente y vio unas piedras del tamaño de un puño esparcidas por el colchón, formando un garabato que simulaba la forma del cuerpo, de tal manera que ejercían el peso suficiente para engañar a los sensores. “Pero… ¿cómo consiguió meter esas piedras en el barracón? ¡Nos registran siempre cada vez que entramos…!”, pensaba Garfe.&lt;br /&gt;Ahora estaba más tranquilo porque sabía que Llut había sido lo suficientemente listo como para burlar a los guardias. Incluso sonreía pensando en la astucia que había desplegado para engañarles. Con un poco de suerte, también sería lo suficientemente inteligente como para estar de vuelta a tiempo y evitar el castigo.&lt;br /&gt;La alarma le sorprendió a traición, borrando la sonrisa triunfal de la boca de Garfe e inundando toda la sala con aquel insoportable y estresante sonido que la caracterizaba, diseñado con muy mala fe.&lt;br /&gt;Y Llut no apareció.&lt;br /&gt;Garfe era un manojo de nervios atado con miedos y cavilaciones que aumentaban por momentos, al ver que se iban cumpliendo los rituales matutinos de levantarse, asearse, ponerse a la cola para recoger las galletas… y Llut seguía sin dar señales de vida.&lt;br /&gt;Todo estaba perdido. Aunque Llut se presentase en esos momentos, ya no conseguiría evitar que los guardias se enterasen de sus correrías nocturnas. Ya estaban en la fila para recoger las galletas y pasar por el control (aquel sencillo aparato en el que los guardias tecleaban el símbolo que cada uno de ellos llevaba impreso en la parte posterior del rafai, y que servía para hacer el recuento; así comprobaban que no faltaba ningún prisionero).&lt;br /&gt;Y, efectivamente, cuando toda la fila acabó de pasar, el detector avisó a los guardianes de que faltaba un cunche, aquel cuyo símbolo era tan invisible e insignificante como un simple punto. Era Llut.&lt;br /&gt;--- ¡Paren la marcha! ¡Que nadie se mueva del sitio! ¡No den ni un paso más! ---exclamaba a voz en grito uno de los guardias encargados del control a la salida de los barracones.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre? ¡No podemos detenernos, ya estamos fuera de tiempo! ---gritó el encargado de escoltar la fila de trabajadores hasta las fábricas.&lt;br /&gt;--- Falta uno. Hay un cunche que no ha pasado por el detector.&lt;br /&gt;Dijo el primero, encogiéndose de hombros para exculparse del retraso que estaba ocasionando.&lt;br /&gt;--- ¡Alto! ¡Continuad todos donde estáis ahora! Si alguno se atreve a hacer alguna tontería, lo mataré aquí mismo. ---gritó otro guardia desde el medio de la fila, mientras llevaba su mano derecha al encuentro del arma.&lt;br /&gt;Hubo un tiempo de espera, que a Garfe más que largo le pareció interminable. Sabía que la suerte de Llut estaba echada. Si había huido (como todo parecía indicar) se montaría una cacería en la que no escatimarían tiempo ni medios para darle alcance y, cuando lo tuvieran a su merced, una muerte rápida sería para él el mejor de los regalos.&lt;br /&gt;Uno de los guardias caminó hasta la cabeza de la fila que formaban los cunches, mientras los demás, un grupo muy numeroso, se posicionaban armas en mano a lo largo del barracón.&lt;br /&gt;--- ¡Prestad atención los cunches del barracón número uno! Esperad en la misma posición que os encontráis ahora. ---gritó el guardia desde el frente de la fila---. ¡Atención los demás guardias! Conducid a los otros esclavos hasta sus lugares de trabajo. Este problema sólo atañe al barracón número uno.&lt;br /&gt;Los que debían quedarse eran los que compartían barracón con el desaparecido.&lt;br /&gt;Garfe notaba cómo su estómago se encogía, causándole una punzada de dolor que se repetía una y otra vez con la misma frecuencia. Mientras tanto su mente trataba inútilmente de prepararse para el interrogatorio que estaba seguro llegaría a continuación, y en el que él sería una pieza clave porque el ausente dormía a su lado. No sabía nada del asunto y eso era lo que más le preocupaba. Cuando los guardias le interrogaran y no pudiera dar respuesta a ninguna de sus preguntas, creerían que, además de mentir, les estaba tomando el pelo y se ensañarían con él sin piedad.&lt;br /&gt;--- ¡En marcha hacia la explanada! ---gritó el guardia que había tomado el mando de la situación.&lt;br /&gt;Garfe cavilaba posibles respuestas que, aunque significaran “lo ignoro”, no sonaran a tomadura de pelo. Palabras que resultaran creíbles.&lt;br /&gt;La explanada estaba muy cerca (al otro lado del barracón) pero Garfe sintió que le faltaban fuerzas para llegar.&lt;br /&gt;La fila avanzaba con la cabeza gacha, la espalda encorvada, las piernas cansadas y la voluntad abatida. Querían demorar la llegada el mayor tiempo posible porque muchos de los presentes habían presenciado y otros muchos habían escuchado relatos sobre los interrogatorios a los que eran sometidos aquellos que tenían la desgracia de compartir barracón con alguien que causaba algún tipo de problema. Y todas las veces, las preguntas pertinentes venían seguidas de una matanza en la que salir vivo o muerto dependía únicamente de la suerte, y de lo que cada uno entendiera por suerte. Garfe, aunque sentía que el miedo le estaba dejando paralizado, se consideraría muy afortunado si ese mismo día le llegara una muerte rápida a manos de alguno de aquellos guardias y su moderno armamento.&lt;br /&gt;--- ¡Alto! ¡Media vuelta! ¡Todos mirando hacia mí! ---gritó el que parecía ostentar la jefatura de los clones.&lt;br /&gt;Los giros torpes y desacompasados descuadraron la fila.&lt;br /&gt;--- Falta uno de los vuestros… ---continuó, con una voz que oscilaba entre la ironía y la preocupación---. Su nombre es Llut, su símbolo el artug (planeta representado por un diminuto punto). Que se acerquen aquí aquellos que duermen a su vera, los demás que permanezcan en sus lugares.&lt;br /&gt;Garfe abandonó la fila seguido por una encorvada anciana cuyo rafai apenas encontraba percha en su escuálido cuerpo. Ella le dirigió una mirada rápida e implorante desde sus ojos vidriosos, de ultratumba. Él le devolvió una mirada fría. En esos momentos, su único deseo era que aquellos guardias tuvieran algo de compasión y les obsequiaran con una muerte rápida, capaz de liberarle a él de sus pesares y a la anciana de su interminable agonía.&lt;br /&gt;Consiguieron presentarse juntos ante el Jefe de los guardias, que les recibió alternando miradas de desprecio hacia la anciana y de admiración ante la notable belleza física de Garfe, que no pasaba desapercibida en ninguna circunstancia.&lt;br /&gt;--- ¿Cómo es Llut? ¿Joven o viejo, alto o bajo…? ¿Cómo es? ---preguntó sin dejar de mirar a Garfe de forma descarada.&lt;br /&gt;---Es un joven de veinticinco años, alto y fuerte. ---contestó Garfe, tras tragar saliva para deshacer el nudo de la garganta.&lt;br /&gt;--- ¿Tenía pareja?&lt;br /&gt;--- Creo que no.&lt;br /&gt;--- ¿Tú tampoco lo sabes? ---preguntó, dirigiéndose a la anciana sin poder evitar el gesto de asco que le arrugaba la expresión.&lt;br /&gt;--- Creo que no. ---contestó ella con una voz potente que no se correspondía con su debilidad física.&lt;br /&gt;--- ¿Os comentó algo Llut? ¿Observasteis en él algún comportamiento extraño? Me refiero a preparación de fuga o similar…&lt;br /&gt;---No, nunca me comentó nada de eso. ---contestó Garfe.&lt;br /&gt;---A mí tampoco ---repuso la anciana.&lt;br /&gt;---Ayer por la noche, cuando terminasteis vuestro trabajo… ¿entró Llut con vosotros en el barracón?&lt;br /&gt;El Jefe de los Guardias empleaba un tono de voz amigable y adoptaba poses distendidas, que invitaban a soltar las palabras.&lt;br /&gt;---Sí, estaba delante mío en la fila y le vi acostarse en su colchón, como todos los días. ---contestó Garfe&lt;br /&gt;---Yo también le vi. ---dijo la anciana, que parecía ser muy prudente y siempre cedía al joven el turno para contestar y luego ella asentía y reforzaba esa respuesta.&lt;br /&gt;--- ¿Los dos le visteis acostarse la noche pasada?&lt;br /&gt;---Sí.&lt;br /&gt;---Sí.&lt;br /&gt;--- ¿Ocurrió algo especial durante la noche?&lt;br /&gt;--- No. Tengo el sueño muy profundo y dormí enseguida, sin percatarme de la falta de Llut hasta esta mañana, cuando sonó la alarma. Entonces pensé que quizás el hecho de que no estuviera en su colchón obedeciera a una explicación lógica.&lt;br /&gt;Garfe rogaba para que los clones no llevaran incorporado algún detector de mentiras o similar.&lt;br /&gt;---Yo también me quedé dormida nada más acostarme, estaba muy cansada debido a mi avanzada edad, y tampoco desperté hasta que sonó la alarma y, aún así, no me di cuenta de que faltaba alguien hasta que dieron orden de parar el avance de la fila y explicaron el motivo. ---dijo la anciana, con buen criterio.&lt;br /&gt;---Entonces… ¿no escucharon ningún ruido durante la noche?&lt;br /&gt;---No&lt;br /&gt;---No, ninguno.&lt;br /&gt;--- ¿Alguna vez vieron a Llut entrar en el barracón portando piedras? ---preguntó el guardia.&lt;br /&gt;Su tono de voz amigable se tornó irónico, esbozando una sonrisa que preludiaba venganza ante la sarta de mentiras que creía estar escuchando.&lt;br /&gt;---No ---se limitó a contestar Garfe.&lt;br /&gt;---No ---le siguió la anciana.&lt;br /&gt;---Entonces… ¿nunca visteis piedras en el barracón, en el colchón de Llut o en los alrededores?&lt;br /&gt;---No&lt;br /&gt;---No&lt;br /&gt;El rostro del Jefe se tornó severo casi de repente, y dirigió la mirada a los guardias que permanecían a su lado.&lt;br /&gt;--- ¡Coged a estos dos y encargaros de que reciban el escarmiento que merecen! ---gritó.&lt;br /&gt;Al grupo compuesto por los cinco guardias que durante el interrogatorio habían permanecido a la derecha de su Jefe, inmóviles como estatuas, les pilló la orden por sorpresa (dado el buen humor del que había hecho gala durante todo el interrogatorio) y reaccionaron al unísono echando mano a sus armas, sin saber muy bien cual era el escarmiento requerido, pero dispuestos a emplearse con contundencia para no quedarse cortos.&lt;br /&gt;La anciana exhaló un suspiro de resignación y Garfe otro de súplica, rogando para sus adentros que todo terminase pronto, aunque sabía que no sería así. En ese caso “un buen escarmiento” era sinónimo de una lenta agonía, que sólo terminaría con la muerte.&lt;br /&gt;Voces lejanas interrumpieron el proceder de los guardias (que volvieron a quedar petrificados, con las manos pegadas a las armas) y sobresaltaron al Jefe.&lt;br /&gt;--- ¡Jefe Madus! ¡Jefe Madus!&lt;br /&gt;Un guardia corría hacia ellos, gritando con ansiedad y emergencia, como si proclamara el inminente fin del mundo.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanto escándalo? ---preguntó Madus, sorprendido por los gritos.&lt;br /&gt;--- ¡Hemos encontrado el rafai del desaparecido! ---decía, con la voz entrecortada por la carrera y tal vez por la emoción, mientras mostraba la prenda entre sus manos.&lt;br /&gt;Cuando comenzaron a sonar los gritos anunciando la aparición de la significativa prueba, los guardias aún no habían tenido tiempo de agarrar a Garfe y a la anciana para cumplir la sentencia de escarmiento que había pronunciado Madus. La curiosidad que provocaron los nuevos acontecimientos les hizo soltar sus armas y también olvidar que Garfe y la anciana seguían en el mismo lugar, en primera línea, presenciándolo todo.&lt;br /&gt;Cuando el alarmado guardia consiguió llegar hasta ellos, tendió la prenda a Madus para entregársela como una ofrenda y Garfe pudo comprobar que realmente se trataba del rafai de Llut. Y parecía estar intacto, sin roturas ni manchas de sangre. ¿¡Habría decidido huir desnudo!?&lt;br /&gt;Los hechos eran cada vez más desconcertantes e inexplicables.&lt;br /&gt;El extraño hallazgo logró desbaratar las hipótesis que cada uno de los presentes había barajado para explicar los hechos. Todo eran intercambio de miradas, unas desconcertadas y otras cómplices. La incertidumbre parecía unirles momentáneamente, creando un clima de confraternización ante el desconcierto.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde lo habéis encontrado? ---preguntó Madus, mientras palpaba el rafai con la punta de los dedos y las facciones contraídas por el asco que le causaba la mugrienta prenda.&lt;br /&gt;---Al lado del colchón donde dormía el desaparecido. ---contestó el guardia, aún fatigado pero con la cara henchida de satisfacción, lo que denotaba que él era el autor del hallazgo.&lt;br /&gt;Madus extendió el rafai, le dio varias vueltas hacia un lado y hacia el otro, arriba y abajo, como si entre los pliegues buscara algo que no terminaba de encontrar.&lt;br /&gt;--- ¡No tiene nada! ---se limitó a decir como conclusión, dibujando en su cara una expresión que hacía dudar sobre si era sorpresa o inocencia, mientras giraba la cabeza en todas direcciones buscando la respuesta entre los presentes.&lt;br /&gt;--- ¡No tiene nada! ---repitió, con gesto bobalicón.&lt;br /&gt;--- ¿Nada de qué, Jefe? ---preguntó un guardia de los presentes, dando a su voz una entonación paternalista al ver a su Jefe tan desorientado como un niño que encuentra su estuche vacío.&lt;br /&gt;---No está roto, no tiene sangre… Ha huido desnudo o alguien le ha proporcionado otra ropa. ---acertó a decir Madus.&lt;br /&gt;---Caben las dos posibilidades, Jefe. ---contestó el mismo guardia.&lt;br /&gt;---Esto es muy extraño. Voy a contactar con Altrus para darle cuenta de lo ocurrido.&lt;br /&gt;Madus cogió el andum (aparato de transmisiones que colgaba del cinturón de su rafai), carraspeó levemente para aplacar los nervios, acercó el aparato a su cara, pulsó un botón y, al instante, la voz de Mejún (el lugarteniente de Altrus) se oyó en toda la explanada, al tiempo que su cara aparecía nítida en la pantalla, visible para los que estaban cerca de Madus, como Garfe y la anciana quienes, debido al descontrol de la situación, aún seguían en primera línea.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre en Kimismo para que a estas horas aún no hayáis dado todas las novedades? ---preguntó Mejún, malhumorado.&lt;br /&gt;---Señor, si me permite… no pudimos dar las novedades porque hubo un incidente. --- contestó Madus, con sumisión.&lt;br /&gt;--- ¿¡Un incidente!? ¿Qué clase de incidente?&lt;br /&gt;Mejún asomaba en la pantalla con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.&lt;br /&gt;---Ha desaparecido un cunche, Señor. ---soltó Madus, como quien se libera de un peso inmenso.&lt;br /&gt;--- ¿¡Cómo que ha desaparecido un cunche!? ¿Habrá muerto?&lt;br /&gt;---No, no Señor, no ha muerto, ha desaparecido. Lo encontramos en falta al hacer el recuento esta mañana. ---contestó Madus.&lt;br /&gt;--- ¿¡Cómo!? ¡Eso es una tontería! Si no está muerto… tiene que estar en su barracón, escondido. ¿Habéis revisado el barracón? ---preguntó Mejún con gesto cansado y la paciencia agotada.&lt;br /&gt;---Sí Señor, palmo a palmo.&lt;br /&gt;--- ¿Y qué? ¿No habéis encontrado nada? ---volvió a preguntar Mejún, en tono más elevado, marcando excesivamente las sílabas para mostrar su paciencia ante el novato Jefe de Guardias.&lt;br /&gt;---Hemos encontrado su rafai y, encima de su colchón, unas piedras debidamente colocadas para burlar los sensores.&lt;br /&gt;---Entonces… ¿se os ha olvidado bloquear la puerta del barracón ayer por la noche?&lt;br /&gt;---No señor… la puerta ha sido debidamente bloqueada y también se ha colocado la alarma. ---Madus acompañó su contestación con un suspiro que daba a entender su preocupación por lo ocurrido y su falta de responsabilidad en los hechos.&lt;br /&gt;--- ¡Totalmente imposible! Para empezar, si hubierais hecho bien vuestro trabajo, el cunche no habría conseguido introducir las piedras dentro del barracón para engañar los sensores del colchón, y mucho menos habría podido salir por una puerta de alta seguridad que se precinta durante la noche. Esto pasa por mandar novatos a hacer el trabajo de profesionales. Sigue conectado, voy a hablar con Altrus ---ordenó Mejún, desapareciendo de la pantalla.&lt;br /&gt;La sola idea de ver el rostro de Altrus hizo que la relativa tranquilidad de los presentes se tambaleara. No mermaba el pánico el hecho de saber que su imagen aparecería comprimida en una pequeña pantalla, mientras él se encontraba a millones de escais de distancia y con poca capacidad de hacer daño, al menos de forma inmediata. Pero su leyenda y las ideas a ella asociadas traspasaban barreras físicas y temporales.&lt;br /&gt;El tiempo de espera transcurrió en medio de un silencio sepulcral y una inmovilidad absoluta.&lt;br /&gt;--- ¿Qué pasa con mis inútiles guardias novatos?&lt;br /&gt;Preguntó de repente una voz de ultratumba, melodiosa y malvada a la vez. Era Altrus.&lt;br /&gt;El estómago de Madus dio una fuerte sacudida que traspasó las barreras de su uniforme e incomodó a los presentes. Dirigió su turbada mirada a la pantalla del andum que, no obstante, seguía negra.&lt;br /&gt;---Hay un desa—pa—re—ci--do, Se—ñor Al--trus. ---tartamudeó Madus.&lt;br /&gt;---No te molestes en darme más detalles, ya lo hizo mi lugarteniente.&lt;br /&gt;---Sí, Gran Jefe… ---contestó Madus.&lt;br /&gt;--- ¡Escúchame bien! Es necesario que tú mismo compruebes todos los sistemas de seguridad, uno por uno, constantemente, dando novedades después de cada comprobación. Asegúrate también de que las puertas están completamente cerradas por la noche, de que funcionan los sensores, de todo. Los cunches no desaparecen porque sí, en mitad de la noche, sin dejar rastro… Es evidente que alguien del exterior le ayudó a huir. Alguien con poderes suficientes para burlar cualquier puerta de seguridad, para introducir las piedras en el barracón bajo cualquier forma y sin ser visto… Sabes a quien me refiero, ¿verdad?&lt;br /&gt;La voz de Altrus sonaba aleccionadora, como la de un maestro que trata de enseñar a un alumno desaventajado.&lt;br /&gt;---Si Gran Jefe, al Rey Kiyama ---contestó Madus, seguro de dar la respuesta correcta.&lt;br /&gt;---Con un sí o un no me hubiera bastado ¡imbécil! ¡NO VUELVAS A REPETIR ESE NOMBRE EN MI PRESENCIA! Y mucho menos llamarle Rey. ---contestó Altrus, elevando tanto la voz que parecía que el aparato iba a estallar en mil pedazos.&lt;br /&gt;---En-te-ra-do, Gran Je-fe Al-trus.&lt;br /&gt;El aparato de transmisiones temblaba tanto como las manos de Madus, hasta que se silenció de repente, dejando un vacío que fue sustituido por un murmullo generalizado que circulaba por toda la explanada; mientras los guardias, inexpertos y aturdidos momentáneamente por la presencia de Altrus, no sabían como acallar a los cunches...&lt;br /&gt;Incluso Garfe se atrevió a girar la cabeza para mirar hacia donde estaban sus compañeros. Y lo que vio fueron rostros sonrientes, ojos que brillaban con el fulgor de la ilusión e intercambio de comentarios esperanzadores. Uno de ellos le miró diciendo en voz alta: “Samuel no ha muerto, sigue vivo, se ha llevado a Llut a una vida mejor y volverá a buscarnos también a nosotros, uno a uno nos irá llevando con él”, decía aquél cunche como si estuviera recitando una profecía.&lt;br /&gt;--- ¡Silencio todos! --- gritó Madus.&lt;br /&gt;El murmullo se fue acallando poco a poco y los presentes guardaron la ilusión para mejor ocasión.&lt;br /&gt;--- ¡Quiero ver unas filas perfectas! Tú y tú… ¡volved a vuestros sitios! ---dijo Madus dirigiéndose a Garfe y a la anciana.&lt;br /&gt;Los dos obedecieron sin dilación, contentos de que su castigo no hubiera sido ejecutado. La anciana caminaba ahora con una energía renovada y hasta Garfe parecía haber vuelto a apreciar el placer de contemplar más amaneceres.&lt;br /&gt;Cuando estuvieron de nuevo insertados en el interior de la fila, la voz de Madus volvió a sonar para ordenar la vuelta al trabajo.&lt;br /&gt;Ahora la fila se deslizaba con soltura sobre la artea. Todos parecían contentos de quemar en sus trabajos las horas que restaban hasta que apareciera la noche, y con ella la posibilidad de que la suerte decidiera cuál sería el siguiente afortunado en abandonar los barracones para ir al lado de Samuel. Hatai nunca había recibido tantas plegarias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;7. UN AMOR EN SUEÑOS&lt;br /&gt;Al igual que muchas noches anteriores, cuando el sueño les transportaba al mundo del subconsciente haciendo posible lo imposible, Samuel y Monnie quedaron en reunirse junto al lago. Era una cita sin horario convenido, a la que cada uno acudía tan pronto el sueño nocturno le rescataba de la monotonía diaria. Aunque el tiempo de espera solía ser corto, él casi siempre llegaba antes y le tocaba esperar. A Monnie le gustaba contemplarle, aguardando al lado del árbol centenario, mientras ella descendía por el sendero hacia su encuentro. Sin embargo a Samuel le ocurría lo contrario, prefería llegar primero al lugar, esperar allí acompañado de ese gusanillo que la emoción le ponía en el estómago y contemplarla mientras caminaba hacia él con una sonrisa en la boca.&lt;br /&gt;También era una cita sin punto de encuentro real. ¿Dónde estaba aquel sitio? ¿Existiría en la realidad aquel idílico entorno? Eran preguntas que los dos se hacían continuamente cuando a su mente acudía la estampa de aquel lago de aguas claras que formaba una circunferencia perfecta en medio de montañas escarpadas.&lt;br /&gt;El “yo” consciente de ambos les repetía constantemente: “No existe en la realidad, se trata sólo de un sueño”, decía una y otra vez, como un niño fastidioso que se empeña en desvelar a los más pequeños que no existen los Reyes Magos, dando al traste con todas sus ilusiones infantiles.&lt;br /&gt;Monnie, al menos, se consolaba sabiendo que Samuel era real. Ella lo había visto en varias ocasiones durante sus excursiones a la entrada de la cueva.&lt;br /&gt;Samuel no tenía esa certeza. Su mente se negaba a aceptar que Monnie fuera real. “No puede existir alguien tan especial”, se repetía constantemente a sí mismo. Una vez se convencía de que ella no era de aquel mundo, sino fruto de su imaginación, sentía la agradable sensación que le proporcionaba el hecho de tener la seguridad de que no estaba perdiéndose nada al mantener su vida atada a Laila, de saber que no estaba siendo infiel, porque no se puede cometer infidelidad con alguien que no existe. Era un sentimiento liberador, que le eximía de toda culpa, pero que le helaba el corazón y le hacía sentirse solo en cualquier compañía.&lt;br /&gt;Esa noche era especial (todas lo eran, pero esa un poco más). Él esperaba inmóvil, de pie junto al árbol. La impaciencia le impedía tomar asiento en la que parecía ser una mullida alfombra de hojas secas tendida a sus pies entorno al árbol. No quería perder ni un segundo. En cuanto ella llegase, se marcharían.&lt;br /&gt;Mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad para verla bajar por el sendero que descendía de las montañas, la voz que anhelaba oír se hizo presente a sus espaldas, causándole un sobresalto.&lt;br /&gt;---Hoy cambié de ruta… ---dijo Monnie sonriendo, al ver que Samuel se había girado de un brinco tan pronto escuchó su voz.&lt;br /&gt;---Cualquier ruta es buena, siempre que te conduzca a mí. ---contestó él, también sonriendo, aunque un poco descolocado por el sobresalto.&lt;br /&gt;--- ¡Te has asustado! Sí, te has asustado… ---repetía ella, riendo y bromeando sin recato.&lt;br /&gt;---Vale… reconozco que me asusté un poco. Esperaba verte bajar por el sendero y apareciste de repente a mis espaldas. ---contestó, tratando de justificar aquella improvisada puesta en guardia.&lt;br /&gt;---Yo también me asustaría. ---dijo ella, para quitar importancia al incidente.&lt;br /&gt;---Y ahora que ya ha pasado el susto, ¿nos vamos? ---propuso Samuel, tendiéndole la mano.&lt;br /&gt;--- ¿No me habías prometido algo especial?&lt;br /&gt;--- ¡¿Especial…!? ¿Cómo qué? ---preguntó él, haciéndose el olvidadizo.&lt;br /&gt;--- ¿No te acuerdas?&lt;br /&gt;---No&lt;br /&gt;---Habrá sido fruto de mi imaginación… ---dijo Monnie, mientras su semblante se iba nublando.&lt;br /&gt;Al parecer, entre sus muchos sueños, había imaginado que él iba a convertirla en humana por una noche. Le había pedido un hermoso pelo ensortijado de color rojo, una cara blanca en la que destacaran de forma especial unos grandes ojos verdes, labios carnosos y un cuerpo esbelto, como los de aquellas mujeres que se asomaban por la televisión en el salón de la casa de Madrid, delgadas en exceso y con piernas interminables; que aseguraban haber alcanzado la felicidad a través de aquel maravilloso cuerpo, y que todo aquello era obra de determinados productos que ellas consumían, invitando a los espectadores a que siguieran sus pasos. Monnie ansiaba sentir esa felicidad que dibujaba en la cara aquellas hermosas sonrisas mostrando una dentadura perfecta. Deseaba ser admirada como ellas, que parecían tener el mundo a sus pies. Incluso su delgadez, que en principio le pareció estrafalaria, había logrado despertar su admiración. Ella estaba gorda. Aquellas mujeres tenían el vientre plano y en el suyo se dibujaba una pequeña curva, que pensaba atajar a base de reducir su ingesta de hojas de fangut.&lt;br /&gt;Monnie conocía la forma de vida humana a través de la televisión, que miraba sin perder detalle en el salón de la casa que Samuel tenía en La Tierra; y había llegado a la conclusión de que, para los humanos, era importante ser mujer, joven y hermosa. Esos eran los valores en alza. En realidad, no había escuchado que ninguna otra cosa tuviera importancia. En la televisión hablaban constantemente sobre ese tipo de mujeres, que eran las verdaderamente triunfadoras. Por eso se había hecho ilusiones con experimentar en propias carnes lo que significaba sentirse en la cima del mundo, aunque sólo fuera por un momento.&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre? ---preguntó Samuel, preocupado al ver el rostro taciturno de Monnie.&lt;br /&gt;--- Nada. ---contestó ella, escondiendo la mirada detrás del árbol.&lt;br /&gt;---Cuéntame…, sé que estás preocupada por algo. ---insistió.&lt;br /&gt;---Es que… esta noche me habías prometido convertirme en humana, durante poco tiempo por supuesto.---contestó ella con timidez.&lt;br /&gt;--- ¡Ah, es eso! ¡Claro que me acuerdo! Pero necesitamos un espejo para que puedas ver la transformación. De todas formas, no podré convertirte en una belleza, como tu quieres… ---dijo Samuel, calibrando el efecto que causarían esas palabras.&lt;br /&gt;---Lo sé ---se limitó a contestar Monnie.&lt;br /&gt;---No puedo convertirte en una belleza… porque, en este caso, la transformación siempre sería menos bella que el original. ---terminó él, arriesgándose a piropearla por primera vez.&lt;br /&gt;Ella sonrió para sus adentros, deseando que el rubor fuese benevolente y abandonara pronto sus ardientes mejillas.&lt;br /&gt;---Gracias. ---acertó a decir, aunque le parecía una respuesta cuando menos estúpida.&lt;br /&gt;--- ¿Nos vamos? ---preguntó Samuel, volviendo a tenderle la mano.&lt;br /&gt;--- ¡¿A qué esperamos?! ---contestó ella, aferrándose a la mano de Samuel.&lt;br /&gt;En instantes estaban en el salón de la casa de Madrid y Monnie llevaba una única idea fija: ir al espejo grande que había en el recibidor; pero le pareció conveniente no insistir más en el tema.&lt;br /&gt;--- ¿Me acompañas al recibidor? ---preguntó él, adivinando sus pensamientos.&lt;br /&gt;--- ¡Claro!&lt;br /&gt;Antes de visitar aquella casa, ella nunca había visto un espejo. La reacción fue inmediata: dio un brinco hacia atrás a la par que en su cara se dibujaba una expresión de sorpresa, mientras sus manos nerviosas recorrían brazos, piernas y cara para comprobar que todo seguía en su lugar y no había nada extraño.&lt;br /&gt;--- ¿Recuerdas la primera vez que viste el espejo? ---preguntó Samuel, adivinando una vez más sus pensamientos.&lt;br /&gt;--- ¡Claro que lo recuerdo! ¡Menudo susto, pensé que me había quedado plana!&lt;br /&gt;--- ¡Y yo que pensaba que nunca habías visto tu imagen!&lt;br /&gt;--- ¡Claro que la había visto! Pero no plana. Nosotros teníamos los sagutes, que son como vuestros espejos, pero reflejan la imagen en tres dimensiones.&lt;br /&gt;Samuel sintió un poco de vergüenza al haber imaginado que aquellos seres, para los que el Universo no tenía secretos, ignoraran la existencia de un artilugio capaz de reflejar la imagen. Él no había llegado a conocer los sagutes porque fueron absolutamente prohibidos por Magmalignus nada más instalar el régimen de esclavitud en Candai. Ni siquiera había escuchado hablar de ellos a los cunches y roggies con los que convivió. Era evidente que muchos de los antiguos conocimientos se habían ido extinguiendo a lo largo de quinientos años de retroceso.&lt;br /&gt;Ella (ya acostumbrada a verse reflejada de aquella manera) se situó delante del espejo del recibidor. Estaba nerviosa, en parte por el cambio de imagen y en parte por la cercanía de Samuel, que se había colocado justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir cómo su pecho se ensanchaba al ritmo acompasado de la respiración. Le había puesto las manos sobre los hombros, sin llegar a tocarlos, y su cabeza asomaba por la parte izquierda de la cara de Monnie. A través del espejo ella observaba como Samuel depositaba la mirada sobre su cuello. Estaba hecha un manojo de nervios.&lt;br /&gt;Los deseos de Monnie oscilaban entre la expectación por conocer lo más pronto posible la imagen que se reflejaría en el espejo instantes después y la plegaria que elevaba su alma en ruego para que se detuviera el tiempo en ese preciso instante y seguir sintiéndole a su lado por toda la eternidad.&lt;br /&gt;De pronto, una espectacular pelirroja de cabellos ondulados, cara redonda y ojos verdes, que cubría su escultural cuerpo con unos vaqueros ajustados y una camiseta negra de tirantes, sonreía en el espejo acaparando la atención de ambos.&lt;br /&gt;--- ¿Qué te parece?&lt;br /&gt;Samuel hizo su pregunta por cortesía, pero en sus adentros se sentía tan orgulloso de su obra como debió hacerlo Miguel Ángel cuando terminó El David, pues aquella mujer era un auténtico monumento, pensó, guardándose para sí tales conclusiones.&lt;br /&gt;--- ¡Me encanta! ---exclamó ella, entusiasmada.&lt;br /&gt;---A mí también… ---pensó él, obviando añadir “¡estás impresionante!”.&lt;br /&gt;--- ¿No te habrás pasado un poco? Me veo como muy… muy llamativa. ---observó ella.&lt;br /&gt;---Pues yo te veo hermosa. ---concluyó, dando a entender que no pensaba quitar ni poner nada.&lt;br /&gt;--- ¿Y ahora qué? ---preguntó Monnie, jugando con coquetería con los rizos rojos que adornaban su cabeza.&lt;br /&gt;---Ahora es media tarde, hace un día estupendo, ideal para dar un paseo…&lt;br /&gt;--- ¿Por qué no vamos a coger esas cosas tan bonitas que hay en la televisión? ---preguntó ella, sonriendo con ilusión.&lt;br /&gt;Samuel enmudeció unos instantes tratando de comprender a qué se refería.&lt;br /&gt;--- ¿Te refieres a ir de compras? ---preguntó al fin.&lt;br /&gt;Monnie no comprendió la pregunta y se le quedó mirando con cara de interrogación.&lt;br /&gt;---Esas cosas que vemos en la televisión las venden en las tiendas y para comprarlas hay que tener dinero. Yo no lo tengo… ---contestó Samuel, tratando de justificarse.&lt;br /&gt;--- ¡¿Dinero?! ¿Qué es dinero?&lt;br /&gt;--- Es un objeto que te entregan a cambio del trabajo. Tú haces algo porque alguien te lo pide, y él te corresponde entregándote ese objeto que sirve para adquirir las cosas que quieras, siempre y cuando tengas la cantidad suficiente, por supuesto. ---contestó él, a sabiendas de que la explicación le había quedado muy resumida y era imposible que con esos pocos datos ella se hiciese una idea de lo que era el dinero.&lt;br /&gt;Monnie se encogió de hombros.&lt;br /&gt;--- ¿No existía el dinero en Kimismo?&lt;br /&gt;--- Por lo que me dices, es una cosa u objeto que representa un valor previamente establecido. Se entrega y a cambio te dan las cosas. En Kimismo existió algo así durante un tiempo. Eran unas piezas pequeñas de zafran que tenían valor por sí mismas, pero nuestros gobernantes tuvieron que prohibirlo…&lt;br /&gt;--- ¿Por qué? ---interrumpió Samuel.&lt;br /&gt;--- Por varias razones. Una de ellas fue que aumentaron muchísimo los delitos. Antes del zafran apenas existían robos ni asesinatos, después se multiplicaron. También surgió una nueva clase social, que se volvió muy poderosa. Eran aquellos que habían conseguido tener mucho zafran, y amenazaban con destruir todo el sistema político establecido para situarse ellos en el poder. Nuestros gobernantes sintieron temor y prohibieron el trueque. Después de aquello volvimos al sistema tradicional. A cada familia se le otorgaba una casa completamente equipada y en concordancia con su estatus social, también se proporcionaban los alimentos y vestidos necesarios, la educación, etc.…&lt;br /&gt;Samuel pensó que sería una solución a los muchos problemas que había en la Tierra, pero no se manifestó al respecto.&lt;br /&gt;---Como te decía… tenemos un estupendo día soleado, ¿damos un paseo? ---propuso.&lt;br /&gt;--- ¡¿A qué esperamos?! ---repitió Monnie por segunda vez aquella noche, alargando la mano para coger la de Samuel, que se limitó a dejarse llevar sin poner reparos.&lt;br /&gt;Cerraron tras ellos la puerta de entrada a la vivienda y se dispusieron a cruzar el estrecho pasillo embaldosado que separaba los dos pequeños jardines que formaban la antesala de la casa. En ese momento Samuel tuvo la impresión de que parecían dos fantasmas merodeando por los alrededores de una casa abandonada, a juzgar por el deteriorado aspecto del jardín, en el que tan sólo crecían hierbajos que no respetaban los límites de territorio establecidos y se habían instalado entre las baldosas, en los peldaños de escalera que subía hasta el porche y encima de los pequeños muros, dejando notar su descuidada presencia por todas partes e inundando el entorno con ese color pardusco que combinaba a la perfección con los sofocantes días del verano madrileño y contrastaba con el antinatural verdor que lucían los jardines de las casas vecinas.&lt;br /&gt;El paso del tiempo y la falta de una mano de pintura también habían hecho estragos en la verja que custodiaba la casa. Años atrás, Samuel había comprado aquella vivienda con la ilusión del que cumple un deseo del pasado e invierte en ello todo el fruto del trabajo futuro. También se había esmerado en perfeccionar hasta el más mínimo detalle, tratando de que su bolsillo no se resintiera en demasía (por lo menos no más de lo que ya estaba con el cargo de la hipoteca mensual). Con la escasa ayuda de sus padres había pintado toda la casa, sencillamente porque aborrecía aquel color ocre que tenía cuando se la entregaron. Y la verja de la entrada no fue una excepción. Cambió su color marrón original por el negro, que la resaltaba mucho más.&lt;br /&gt;En ese momento sintió pena al ver aquella verja ferruginosa de color ocre mezclado con algún que otro pegote de la pintura negra de antaño, que permanecía allí para dejar constancia de que la casa había conocido tiempos mejores.&lt;br /&gt;--- ¡Samuel! ¿Eres tú?&lt;br /&gt;Gritaba desde el otro extremo de la calle una voz de mujer que le resultaba tan familiar como inoportuna. Se trataba de Marta, la vecina que vivía dos casas más adelante y que, años atrás, cuando Samuel residía en la urbanización, había mostrado un constante interés sentimental por él, tanto que casi rayaba el acoso. Hasta el punto de que él vivía en un continuo sobresalto, siempre esperando escuchar de un momento a otro la inconfundible voz, que saldría del rincón más insospechado como preludio de que Marta estaba cerca.&lt;br /&gt;Ese día no la esperaba. Ver a su antigua vecina era lo último que tenía en mente.&lt;br /&gt;Ella ya había cruzado la calle y se disponía a abrir la verja de entrada sin necesidad de invitación previa. Samuel se apresuró a salir, convencido de que el encuentro era inevitable y de que debía celebrarse en un terreno neutral, dejando en paz el jardín de su casa que, por otra parte, no estaba presentable.&lt;br /&gt;--- ¡Hola Marta! ---contestó él, intentando aparentar alegría, mientras apoyaba su brazo sobre el hombro de Monnie, para darle a entender que ya no estaba libre.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde has estado? Desapareciste de la noche a la mañana, nunca mejor dicho. ---preguntó Marta, mientras sus ojos vivarachos, adornados con unas lentillas en color verde esmeralda escaneaban a la acompañante de Samuel.&lt;br /&gt;---Por ahí fuera… Tuve que marchar apresuradamente y no hubo tiempo de despedidas. Ya sabes… cosas del trabajo.&lt;br /&gt;Samuel escudriñaba también cada detalle de la anatomía de Marta. Los años le habían pasado una factura que ella pretendía saldar a base de cirugía. Había cambiado y ahora parecía una “barbie” esculpida en los quirófanos, embutida en unos vaqueros dos tallas menos de las necesarias y alzada sobre unas sandalias de tacón de aguja que eran la viva imagen de la incomodidad. Con el transcurso de los años su anterior pelo castaño había devenido en rubio platino y su mirada había mudado la poca inocencia que aún le quedaba para vestirse de picardía, adornada con un gesto característico que indicaba estar ya de vuelta de casi todo.&lt;br /&gt;--- Cuando desapareciste, todos pensamos en lo peor. Estábamos muy preocupados al comprobar que faltaba tu coche y el garaje estaba abierto. Pensamos en un secuestro, porque nos parecía imposible que una persona tan cuidadosa como tú se hubiera marchado sin avisar y dejando la puerta del garaje abierta. ---continuaba Marta, sin quitarle ojo a Monnie, a quien miraba con la mezcla de envidia y respeto que produce la belleza arrebatadora e insultante.&lt;br /&gt;---Todo surgió de repente y no tuve tiempo de avisar a nadie. Tenía que llegar al aeropuerto para coger un vuelo a Estados Unidos y llevaba el tiempo contado. Por eso no me percaté de que dejaba abierta la puerta del garaje. ---improvisó Samuel.&lt;br /&gt;Estaba avergonzado de sí mismo y de las mentiras que en esos momentos le estaba contando a Marta. Miraba a Monnie buscando gestos de desaprobación en su cara, pero ella ofrecía una sonrisa ingenua que indicaba no estar comprendiendo absolutamente nada.&lt;br /&gt;---Hubo muchas más cosas que nos extrañaron… ---dijo Marta, mirándole con ojos inquisidores.&lt;br /&gt;--- ¿Qué cosas?&lt;br /&gt;--- Barajamos la posibilidad de un secuestro y no conocíamos a ningún pariente tuyo. De hecho, tras la muerte de tus padres, creo que alguna vez me has comentado que no te quedaba familia. Por eso llamamos a la policía… ---dijo Marta, esperando a ver la reacción de Samuel, antes de continuar con el relato.&lt;br /&gt;--- ¡Habéis llamado a la policía! ---exclamó.&lt;br /&gt;--- ¿Qué querías que hiciéramos? Todo apuntaba a un secuestro o cualquier otra cosa, no muy buena, desde luego. Pero tú, veo que no has perdido el tiempo… ---dijo Marta, señalando descaradamente a Monnie.&lt;br /&gt;---Ah, perdona que no te haya presentado aún. Es Monnie, mi novia. Monnie, esta es Marta. ---replicó Samuel, haciendo la reverencia con la mano, primero hacia Monnie y luego hacia Marta.&lt;br /&gt;Marta pensó que el nombre le venía al pelo a aquella engreída que no paraba de sonreír, extendiendo al máximo sus abultados labios operados para enseñar una dentadura de anuncio. Parecía una mona, pensó, disimulando la risa malintencionada bajo el velo de una agradable sonrisa, más oportuna en ese momento.&lt;br /&gt;Marta intentó cumplir con el ritual de cualquier presentación. Se acercó a Monnie e hizo amago de darle dos besos en la cara aunque, para no estropear el maquillaje, el beso debía quedar en un simple acercamiento de mejillas, sin llegar a tocarse, acompañando el gesto con una ridícula mueca en los labios en forma de beso. Ese acto provocó el temor de Monnie, hasta el punto de obligarla a dar un brinco hacia atrás para sustraerse al alcance de aquella desconocida, que venía hacia ella usando un gesto que le hizo recordar las afrentas infantiles que había tenido con otros niños, y que se solventaban a base de mordiscos en las mejillas, para que todo el mundo pudiera ver la herida y catalogar al que la exhibía como “buscador de líos”. Así todos sabrían que era poco recomendable acercarse a él.&lt;br /&gt;--- ¿¡Qué le pasa a esta!? ¿Es que se cree tan hermosa que siente asco de todo el mundo? Menos de ti, claro… ---preguntó Marta, encogiendo los hombros en un gesto que oscilaba entre la estupefacción y el enfado.&lt;br /&gt;--- Es americana. Por eso no entiende lo que hablamos ni tampoco nuestras costumbres… --- improvisó Samuel, soltando la primera respuesta con algo de lógica que pasó por su mente.&lt;br /&gt;---Hello! I am Marta. How are you? --- preguntó usando un inglés adornado con el acento y la gracia andaluza.&lt;br /&gt;Monnie había vuelto a sonreír, pero seguía guardando lo que ella consideraba una distancia prudencial.&lt;br /&gt;--- ¿En qué lugar de América la encontraste?&lt;br /&gt;--- La conocí en New York. Es una chica muy amable y simpática, lo que ocurre es que también es muy tímida porque tuvo una experiencia muy triste en su familia. A cualquiera que le hubiese ocurrido lo que a ella, se le quitarían las ganas de hablar con desconocidos para siempre… ---seguía improvisando Samuel.&lt;br /&gt;---Pero está comprobando que yo no soy peligrosa. ¿O no te ve a ti hablando amistosamente conmigo? Si me tiene tanto miedo como para no corresponder a mi saludo… ¿por qué me sonríe?&lt;br /&gt;---Ella es así. Le gusta quedar bien y, a la par, no dar excesiva confianza a la gente que no conoce.&lt;br /&gt;---Está bien... ---dijo Marta, ya resignada ante aquel extraño episodio.&lt;br /&gt;---Y… ¿no me estabas contando que habíais llamado a la policía? ---preguntó Samuel, desviando el motivo de la conversación.&lt;br /&gt;--- ¡Lógicamente! Desapareciste en circunstancias más que sospechosas…&lt;br /&gt;--- ¿Y qué hizo la policía?&lt;br /&gt;---En principio no le dieron demasiada importancia. Nos dijeron que debíamos esperar cuarenta y ocho horas y, si pasado ese tiempo no habías regresado ni sabíamos dónde estabas, deberíamos formular una denuncia por desaparición.&lt;br /&gt;--- ¿Y denunciasteis?&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! Empecé a contar las horas cuando terminé de hablar con los agentes. Al llegar a la que hacía el número cuarenta y siete, cogí mi coche y me presenté en la Comisaría. Allí di cuenta de tu desaparición. Me hicieron un montón de preguntas, que no recuerdo ahora mismo, pero si tienes mucho interés en conocerlas aún guardo la copia de la denuncia en algún lugar de mi casa. Después vinieron dos policías de paisano, comprobaron los alrededores de tu casa e interrogaron a todo el vecindario para que les explicasen lo que supieran sobre ti: edad, ocupación, si tenías novia, familiares, personas extrañas que hubieran merodeado por la urbanización, si solías ausentarte a menudo… Les hablamos del viaje a Kenia. ¡Ah! Y también nos preguntaron si acostumbrabas a salir de juerga, emborracharte, tomar drogas, etc.&lt;br /&gt;--- ¿Habréis contestado a todo que no? ---bromeó Samuel.&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! ---exclamó ella, dirigiéndole una mirada envuelta en llamas.&lt;br /&gt;---Como te comentaba…, me llamaron del trabajo para comunicarme que tenía que partir inmediatamente para Estados Unidos, con el fin de asistir a un curso en New York. Era imprescindible para la buena marcha de la fábrica y la persona encargada de asistir se sintió indispuesta el mismo día que debía coger el vuelo, así que recurrieron a mí y tuve que salir precipitadamente. Con los nervios y las prisas, se me olvidó cerrar la puerta del garaje. El coche lo dejé en el parking del aeropuerto y después, cuando ya tuve claro que no iba a regresar tan pronto, le encargué a un compañero de trabajo que gestionara su venta.&lt;br /&gt;--- ¿Cuánto tiempo de duración tenía prevista el curso?&lt;br /&gt;---Quince días, no más…&lt;br /&gt;--- ¡Quince días que pasaron a convertirse en más de diez años!&lt;br /&gt;---Así son las cosas… Una vez allí me ofertaron un puesto de trabajo dotado de importantes mejoras, tanto profesionales como económicas, que no podía rechazar. Y allí continúo.&lt;br /&gt;--- ¿La conociste en Nueva York? ---preguntó Marta, cambiando de tema a traición.&lt;br /&gt;--- Sí. Nos unió la soledad. Ella está sola en el mundo, como yo. ---contestó con cara nostálgica.&lt;br /&gt;--- ¿Cuántos días piensas quedarte en Madrid? ---preguntó Marta, continuando con el interrogatorio.&lt;br /&gt;---Poco tiempo, quizá una semana… Pero estaremos poco en la urbanización, porque tengo que enseñarle Madrid a mi novia. ---contestó Samuel, cogiendo a Monnie por la cintura para atraerla hacia sí.&lt;br /&gt;---Ya veo que estás muy enamorado. Pero ten cuidado, esta chica es muy joven. Yo diría que incluso es menor de edad y eso te puede traer problemas. ---dijo Marta, liberando una pequeña porción del veneno que llevaba dentro.&lt;br /&gt;---Tiene veinticuatro años. ---repuso él, poniéndose en guardia.&lt;br /&gt;--- ¡Eso no hay quién se lo crea! Esta chica no tiene más de dieciséis años. ---contraatacó Marta&lt;br /&gt;---Piensa lo que quieras… No voy a mostrarte ahora su pasaporte y, si nos disculpas, vamos a continuar… mejor dicho, a comenzar nuestro paseo. ---dijo Samuel, dando por concluida la conversación.&lt;br /&gt;---Piénsalo bien, no te vayas a meter en un lío. Esta chica es menor de edad y lo sabes. ---siguió diciendo Marta, aunque ya Samuel y Monnie le habían dado la espalda y avanzaban cogidos de la mano por la acera de la pequeña carretera que dividía ambos lados de la calle.&lt;br /&gt;¡ESTA CHICA ES MENOR DE EDAD, ES MENOR DE EDAD, ES MENOR DE EDAD! Repetía la voz de Marta en la cabeza de Samuel, aumentando el volumen con cada frase.&lt;br /&gt;--- ¡Samuel! ¡Samuel! ¿Qué ocurre? ¿Qué estas diciendo? ¿Quién es Monnie?&lt;br /&gt;Despertó envuelto en un sudor que le helaba todo el cuerpo, temblando y mirando con gesto extraño la habitación en la que dormía desde hacía varios años y a la persona que compartía con él su vida desde su llegada a Kimismo.&lt;br /&gt;---No pasa nada, Laila. Tuve una pesadilla, eso es todo. ---contestó nada más recobrar la memoria.&lt;br /&gt;--- ¿Quién es Monnie? ---volvió a preguntar---. No es la primera vez que te escucho nombrarla en sueños. ¿Alguna novia que tenías en La Tierra?&lt;br /&gt;Laila se había incorporado en la cama y se dirigía a él con gesto amenazante.&lt;br /&gt;---No lo sé. Sólo era un sueño. ---contestó él, debatiéndose entre el sentimiento de culpa y la incomodidad de verse sometido a un interrogatorio.&lt;br /&gt;--- Tú me estás engañando. ---acusó Laila, antes de salir de la cama con gesto airado y abandonar la habitación, dejando tras de sí un portazo que tambaleó la casa y la conciencia de Samuel.&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;br /&gt;Él clavó la mirada en el techo de la habitación y esperó la llegada del amanecer, seguro de que ya no podría volver a conciliar el sueño.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-6560613209782932043?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/6560613209782932043/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-ix-candai.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6560613209782932043'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6560613209782932043'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2010/01/capitulo-ix-candai.html' title='CAPITULO VI: &quot;La primera desaparición&quot; y CAPITULO VII: &quot;Un amor en sueños&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-6285392263128393401</id><published>2010-01-10T22:04:00.000+01:00</published><updated>2011-02-18T22:11:41.897+01:00</updated><title type='text'>CAPITULO VIII: "El Rey Jeren" y CAPITULO IX: "Al otro lado del túnel del Velven"</title><content type='html'>8. EL REY JEREN&lt;br /&gt;Desde aquella mañana en la que Llut había desaparecido como por arte de magia, dejando como prueba de su astucia un colchón cubierto de piedras que habían evitado que los detectores le delataran y un rafai raído que daba testimonio de su paso por los barracones, otros quince cunches (tantos como noches habían transcurrido) siguieron sus pasos, usando la misma estrategia estrenada por Llut y dejando también de regalo su rafai, intacto. Un obsequio que muchos consideraban una locura porque no acababan de encontrarle la gracia a aquello de marchar desnudo en plena noche. La única explicación, según algunos, era que habían decidido comenzar una nueva vida, deshaciéndose de todo lo que pudiera recordarles la que dejaban atrás. Otros opinaban que igualmente era una locura y que nada podía justificar ese afán por deshacerse de las ropas viejas porque ya tendrían tiempo más tarde, cuando consiguieran otra vestimenta mejor.&lt;br /&gt;Sea como fuere, ninguno de los desaparecidos había mostrado previamente su determinación de abandonar Candai, ni habían hecho el más mínimo comentario a familiares o amigos.&lt;br /&gt;Las conjeturas para dar explicación a sucesos tan extraños florecían por todas las esquinas y la que ganaba más adeptos era aquella que explicaba los hechos aseverando que Samuel Kiyama había decidido rescatar a un cunche cada noche pero, sin anunciar sus intenciones, llegaba amparado en la oscuridad nocturna, les desnudaba y les liberaba de su prisión para llevarles con él a una vida mejor, quizá en otro planeta muy lejano, donde Magmalignus y sus secuaces no pudieran alcanzarles. Samuel tenía poderes, todos allí lo habían comprobado. Era capaz de desmaterializarse y atravesar las gruesas paredes de los barracones. Sólo alguien así podría llevar a cabo una misión tan arriesgada.&lt;br /&gt;Lo más preocupante era la pasividad con la que Magmalignus estaba afrontando la situación. Durante quince días hubo una nueva desaparición cada noche y él ni siquiera hizo acto de presencia en Kimismo. Tampoco había dado nuevas órdenes, ni incrementado las medidas de seguridad. Se mantenía un silencio total al respecto. Era una calma que anunciaba la peor de las tormentas.&lt;br /&gt;El asunto se llevaba con el máximo secretismo, y la reacción ante la noticia de las siguientes desapariciones nada tuvo que ver con el revuelo que se formó cuando descubrieron la ausencia de Llut. Las siguientes se saldaron bajo la más absoluta discreción. Si el dispositivo que les controlaba cada mañana detectaba la ausencia de algún símbolo y, consecuentemente, de su titular, se mantenía un mutismo total. Ni el más leve comentario al respecto salía de boca de los guardias. Las filas de cunches continuaban hacia sus lugares de trabajo y regresaban a la noche sin que su ritmo diario sufriera alteración alguna.&lt;br /&gt;Los prisioneros tenían conocimiento porque a cada nueva ausencia le seguía un rumor, que propagaban aquellos que dormían al lado del afortunado que había pasado a mejor vida, y se transmitía como fuego sobre pólvora, atravesando los barracones envuelto en humo de misterio y esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;……&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Altrus se enteró de la desaparición de otro cunche (y ya eran dieciséis) mientras desayunaba aquellos pequeños bichos verdosos de ocho patas, que eran sus preferidos por sabor y, además, muy recomendables por su gran contenido proteico, eso sí, siempre y cuando se tomasen vivos, ya que después de muertos perdían las proteínas en un instante. Para evitar ese descalabro alimenticio había un clon encargado de madrugar cada mañana para recogerlos en los campos cercanos, frescos, aún con el leve rocío de la noche bañándoles aquel caparazón crujiente que se deshacía entre los dientes de Altrus mientras terminaba de perfilar el plan a seguir con respecto a los prisioneros desaparecidos y a la posibilidad (casi certeza) de que el Kiyama estuviera implicado en el asunto.&lt;br /&gt;Solía tomar el desayuno en su cama redonda, de tamaño colosal, ubicada en lo alto de un tubo acristalado que medía seis escais de alto y cuyo diámetro coincidía con el de la cama, alzándose majestuoso en medio de la sala vacía hasta alcanzar una altura próxima al techo. A Altrus le gustaba dormir tranquilo y, desde el episodio ocurrido en Candai (cuando el Kiyama conquistó Kimismo), había decidido tomar especiales medidas de seguridad para evitar que posibles simpatizantes pudieran atacarle en plena noche mientras dormía. Sabía que el poder atraía y alimentaba las enemistades.&lt;br /&gt;Podría usar los poderes para delatar a sus supuestos atacantes simplemente haciendo que sus oídos emitieran un pitido que le despertara al más leve ruido, instalando alarmas o buscando otras muchas soluciones de las que estaban a su alcance. Pero con cualquiera de ellas necesitaría un mínimo tiempo de reacción para defenderse, y aquella lejanía del suelo (por donde llegaría el posible atacante) le proporcionaba ese espacio de tiempo necesario. Por otro lado, el tubo que sustentaba su cama disponía de sensores de todo tipo (de calor, de movimiento, de voz, etc.), silenciosos, que le avisarían sólo a él porque estaba en contacto directo a través de la cama en la que dormía, pero los asaltantes no recibirían tal aviso y jamás podrían saber que él estaba en guardia. Por supuesto, esa información sólo la conocía él y el ingeniero que lo diseñó, pero el ingeniero ya no representaba problema alguno porque murió en extrañas circunstancias tan pronto hubo terminado su trabajo.&lt;br /&gt;El único inconveniente que tenía el artilugio era que resultaba laborioso subir y bajar de la cama. Tenía que hacerlo mediante una escalera mecánica que se descolgaba del techo cuando recibía una orden oral. El problema era que el mecanismo sólo obedecía la voz de Altrus, y eso se había convertido en un fastidio a la hora de tomar el desayuno, ya que debía bajar él mismo a buscarlo y volver a subir para tomarlo en la cama, como le gustaba.&lt;br /&gt;--- ¿Me ha llamado, Señor? ---preguntó Mejun por telepatía desde el otro lado de la puerta de entrada al dormitorio.&lt;br /&gt;---Sí, te he llamado. Quiero que mi hijo venga a visitarme porque necesito tener una charla con él. Que su cuidadora lo acompañe hasta aquí.&lt;br /&gt;---Siempre a sus órdenes, Señor Altrus. ---contestó Mejún, con el servilismo que le había sido impuesto.&lt;br /&gt;El experimento que estaba llevando a cabo en el planeta Zust ocupaba casi todo su tiempo, pero merecía la pena porque, si todo salía según lo previsto, incluso podría llegar a plantearse el hecho de prescindir de Kimismo y sus pobladores, que tantos problemas le habían causado durante los últimos años y a los que mantenía con vida únicamente por motivos sentimentales. Al fin y al cabo eran de su misma especie. Además, las minas ya estaban agotando su mineral de fácil extracción. Sacar el zafran resultaba cada vez más difícil y la producción se había reducido a menos de la mitad en los últimos cinco años. No significaba que hubiera escasez de ese mineral, el problema era que para extraerlo se necesitaba maquinaria para hacer la labor que hasta entonces habían estado desarrollando los cunches. Pero si las máquinas hacían todo el trabajo… ¿en qué los iba a ocupar? Tampoco era cuestión de mantenerles viviendo a la sopa boba o trabajando únicamente para fabricar las pastillas que comían y los rafais que vestían.&lt;br /&gt;Aunque allá en un recóndito lugar de su alma guardaba un poco de cariño para aquella especie a la que él mismo pertenecía, mantenerles con vida simplemente para conservarla era una opción que le resultaba demasiado cara porque significaba dedicar todo un ejército de clones para controlar que la situación no se desbocara en Kimismo. Y además, en los últimos años, le habían causado más disgustos de los que podía soportar. Eran muy ingratos. Él, que les había mantenido con vida, les daba comida, vestimenta y un lugar para refugiarse… y, a pesar de todo eso, le habían traicionado tan pronto un Kiyama apareció en escena, sin importarles que fuera descendiente de aquellos que, mucho tiempo atrás, habían huido abandonándoles a su suerte. Definitivamente, no merecían la vida que les proporcionaba.&lt;br /&gt;En Zust todo sería diferente. Las prospecciones realizadas habían dado como resultado que se trataba de un planeta muy rico en minerales y de muy fácil extracción en la mayoría de los casos, ya que se encontraba depositado sobre la superficie.&lt;br /&gt;Lo poblaría con clones que se encargarían de realizar el trabajo en las minas. Los clones eran más longevos (duraban tantos años como sus conexiones se mantuvieran en perfecto estado), no envejecían, por lo que siempre mantenían el mismo ritmo de trabajo y, desde luego, resultaban mucho menos problemáticos que los cunches.&lt;br /&gt;Con toda la riqueza que prometía aquel planeta podría doblar su flota de naves y lanzarse de lleno a la conquista del planeta Alamed, donde había detectado la presencia de vida inteligente (aunque todavía sin desarrollar, en estado primitivo), según había comprobado él mismo al participar en una de las expediciones.&lt;br /&gt;Los alameditas (así les había bautizado) eran una raza cuyo aspecto físico podría calificarse de horrible. Su cuerpo tenía forma cilíndrica. Por el centro delantero sobresalía una protuberancia que se ramificaba en dos, formando una especie de enganches a modo pinzas. La parte inferior del tronco la remataban cuatro patas delgadas que se apoyaban en el suelo sobre un ensanchamiento con forma de almohadilla. Aún le resultaba un misterio la manera en que desarrollaban sus funciones vitales ya que, a simple vista, no había observado que tuvieran boca, nariz, oídos ni ojos. Eran tan desagradables que ya se había planteado su destrucción tras la conquista. Le resultaría totalmente imposible soportar la presencia, aunque fuera puntual, de aquellos espantosos seres que, no obstante, eran inteligentes y se habían adueñado del planeta arrinconando a las demás especies que lo habitaban. Pero, por fortuna, su desconocimiento del espacio era casi total. No habían salido nunca de su territorio, pero ya tenían científicos investigando la forma de hacerlo y también estudiaban el espacio a través de observadores, aunque de momento su conocimiento se basaba en meras conjeturas.&lt;br /&gt;Zust y Alamed requerían ahora todo su tiempo. Ese era el motivo por el cual debía dejar Kimismo en manos de su hijo Jeren, entretanto no decidiera la suerte que debían correr tanto el planeta como sus habitantes.&lt;br /&gt;Aunque le había robado más de una vez el sueño, de momento se engañaba a sí mismo pensando que no le preocupaba en demasía lo que pudiera estar ocurriendo en Kimismo. Desde luego el Kiyama no se iba a salir con la suya de ninguna de las maneras y, en el supuesto de que siguiera con vida y estuviera tramando otra vez la liberación, se entretendría durante un tiempo jugando con él y cuando se cansara del juego, le capturaría y le traería a Atia. No deseaba su muerte sino su captura, para tenerle a su merced, sufriendo como se merecía por haber tenido la osadía de retarle.&lt;br /&gt;Sin embargo aquella era una buena ocasión para que Jeren adquiriera práctica en el mando, que probara sus glorias y sus penas, que aprendiera lo que significaba dedicar una vida completa al servicio de los demás y recibir ingratitudes como pago, que se fuera bregando en esos asuntos que le convertirían en un útil colaborador para la conquista de Alamed (el último planeta que le quedaba por gobernar en la Galaxia “La Gran Luz”) y lanzarse después a la conquista de la Galaxia más cercana, a la que ya había puesto el nombre de “Sendero negro”, por su forma alargada y su color, más oscuro de lo normal.&lt;br /&gt;Jeren era su nieto (aunque todos le suponían hijo, incluso el propio Jeren), el único que tenía sangre de su sangre. No había conocido más parientes desde que decidió dar muerte a su único hermano, el antiguo Rey Kiyama, a quien tanto había odiado porque todos le amaban y tanto había echado de menos posteriormente, porque necesitaba tener a alguien que le considerase su igual, que si alguna vez se equivocaba se lo pusiera de manifiesto... Por el contrario, estaba rodeado de aduladores, de fríos y robotizados clones, de kimismanos serviles que un día se unieron a él bajo la esperanza de una vida eterna (que ahora tanto detestaban) y para evitar correr la misma suerte que muchos otros que aquel día terminaron su vida desangrados en las calles de Candai.&lt;br /&gt;Jeren no había dado señas de poseer los poderes que prometía (al parecer su hermano gemelo Rio los había acaparado todos en el vientre materno) y aquella señal en forma de planeta que tenía en el vientre no era más que una mera mancha que fue desapareciendo con el tiempo. Un engaño que le había llevado a cometer un error garrafal. Si por lo menos hubiera escogido al otro niño, a Rio, podría valerse de sus poderes. Con un poco de suerte, habría muerto durante la destrucción del palacio y jamás podría hacer uso de ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;……..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A sus once años de edad, Jeren podía contar con los dedos de las manos las veces que había salido del ala sur del palacio. Y todas ellas habían sido para ir a la última planta, requerido por su padre.&lt;br /&gt;El ala sur de la planta baja estaba dedicada a sus aposentos. Allí era donde dormía, comía y recibía clases. La sala incluso disponía de un laboratorio y un gimnasio para él solo. En la amplia estancia también había cabida para una pequeña habitación que ocupaba su cuidadora, Alduna, un robot con forma exterior muy similar al resto, pero que difería en algunos detalles, tales como que su voz era más suave y agradable que el resto de los clones. Además tenía unos rasgos finos y hermosos. En conjunto su aspecto general resultaba muy delicado. El profesor de cosmos le había explicado que esas diferencias se debían a que Alduna era una hembra y que, si conseguía verla desnuda, podría comprobar que había más diferencias. Pero, a pesar de las reiteradas preguntas de Jeren, el profesor nunca le quiso explicar en qué consistían esas diferencias, que aún le seguían intrigando y le incitaban a permanecer atento cuando Alduna se agachaba, se acostaba o hacía cualquier movimiento a través del cual se pudiera percibir alguna de esas malformaciones que la hacían diferente a los demás.&lt;br /&gt;Alduna cuidó de él desde que era un bebé. Había sido programada para proporcionarle todas las atenciones que su diseñador consideró necesarias para un niño pequeño. Tampoco obviaron incluir en su vocabulario todo un repertorio de frases cariñosas que, no obstante, resultaban artificiales porque las repetía cuando se daban idénticas circunstancias. Las regañinas también se componían siempre de las mismas palabras, que saltaban como un resorte cuando Jeren cometía algún pequeño quebranto que estaba incluido en la programación de la cuidadora.&lt;br /&gt;Ella hacía y decía lo mismo cada día y cada noche, al levantarle y al acostarle. Resultaba tremendamente aburrido. Todos los días le despertaba en el mismo momento, le obligaba a comer en el instante previsto, a estudiar cuando estaba estipulado y asearse cuando su programa lo indicaba. Si se producía alguna discordancia ella se bloqueaba, pulsaba un botón que llevaba instalado en la parte trasera de la oreja izquierda y un técnico (generalmente el profesor de Tecnología) acudía de inmediato para ver qué estaba ocurriendo y restaurar la normalidad. No obstante, Jeren la quería. Era la única madre que había conocido.&lt;br /&gt;Aquella mañana habían recibido un mensaje de Mejun comunicándoles que El Gran Altrus deseaba ver a su hijo, por lo tanto Alduna debía acompañarle hasta sus aposentos.&lt;br /&gt;Ya había ocurrido en otras ocasiones. Cuando su padre regresaba de alguno de sus interminables y constantes viajes, solicitaba que su hijo acudiera a su presencia, quizá para que el regreso no resultara tan frío y lo rodeara ese ambiente familiar que debe tener toda vuelta a casa. Pero a Jeren le fastidiaba toda esa parafernalia que envolvía el encuentro. Además la presencia de Altrus le provocaba pánico. Por eso hubiera preferido que obviara esos absurdos encuentros, que también eran repetitivos, como casi todo en Atia. Siempre ocurría lo mismo. Alduna le acompañaba hasta la puerta, pedía permiso para entrar, le soltaba en medio de aquella enorme sala decorada en un siniestro color negro, donde él debía permanecer inmóvil y con la cabeza gacha en señal de respeto, mientras la cuidadora permanecía presente pero en un segundo plano, un poco alejada de Jeren. Luego llegaban las tres preguntas que su padre le dirigía desde el diván sobre el que descansaba: “¿Tuviste algún problema en mi ausencia? ¿Te has portado bien? ¿Has aprendido todo lo que te han enseñado tus profesores?”. Jeren pronunciaba los tres “sí”, calibrando un tono de voz capaz de hacerse oír sin llegar a ser ofensivo, ni por alto ni por bajo. Acto seguido Altrus daba orden a Alduna para que se retirasen y quedaba satisfecho porque había cumplido con su obligación de padre.&lt;br /&gt;--- ¡Vamos, mi pequeño! No debemos hacer esperar a tu padre.---dijo Alduna empleando el tono programado para esas ocasiones.&lt;br /&gt;Jeren la siguió hasta el confín de sus dominios y se dispusieron a cruzar la gran puerta corrediza, cuya inteligencia artificial podía reconocer las voces autorizadas para permitirles el acceso (que era la de Altrus, Mejun y Alduna). Acto seguido la puerta volvía a plegarse para ejercer su función de guardián, permaneciendo cerrada a cal y canto día y noche. Alduna pronunció la frase convenida (“Deseamos salir”) y pulsó el botón negro, que también hacía funciones de ojo derecho de aquel horripilante bicho que pretendía decorar la parte central de la puerta con su espantosa anatomía en forma de dragón con tres cabezas y cuerpo esférico rematado por nueve patas.&lt;br /&gt;Lentamente la puerta se fue abriendo para dar acceso a un amplio pasillo, exento de muebles o cualquier otro tipo de decoración y bañado por un color rojo intenso que hería la vista y producía desasosiego en el alma. Atravesando el largo corredor se desplazaba una gran caja que, a paso lento, se dirigía hacia ellos avanzando a través de unos raíles laterales. Era su transportador particular, que esperaba pacientemente al fondo del pasillo hasta que alguien autorizado pulsara el ojo del dragón, y entonces acudía solícito para transportar al viajero hasta la parte del palacio que deseara. En un cuadro de mandos presentaba un amplio surtido de botones, dibujados con distintos símbolos, que representan los destinos a elegir.&lt;br /&gt;La caja se abrió desplegando sus dos puertas hacia el exterior. Entraron los dos a la par y Alduna pulsó el botón color amarillo limón que destacaba sobre los demás (más discretos porque empleaban colores que oscilaban entre el marrón claro y el negro). Pero el pulsador que conducía a los aposentos de Altrus debía tener un color muy diferenciado, para que nadie pudiera alegar confusión si era transportado allí sin ser requerido.&lt;br /&gt;Aquel rudimentario medio de transporte era muy criticado por los profesores de Jeren. Todos ellos coincidían en que debía ser reemplazado por otro más moderno, similar a los que estaban a disposición de Altrus. El niño nunca había visto esos modernos aparatos, pero al parecer decoraban uno de sus laterales con una imagen de toda la estructura del palacio y simplemente había que colocar un dedo sobre el lugar elegido para que el transportador se pusiera en marcha hacia aquel lugar.&lt;br /&gt;El trayecto transcurrió en silencio. Jeren deseaba que todo terminara lo antes posible para regresar a la seguridad de sus dominios. Contestaría con un “sí” respetuoso y sumiso a cada una de las tres preguntas que su padre solía formularle, después les ordenaría retirarse y regresaría a su habitación, ya con la tranquilidad de que pasaría mucho tiempo hasta la siguiente visita.&lt;br /&gt;Cuando llegaron a su destino, el transportador abrió sus puertas hacia la gran pared que limitaba los aposentos de Altrus y que, tras la última reforma del palacio, se presentaba completamente revestida en zafran pintado de negro y tallada en alto relieve hasta el punto de que no cabía una figura o dibujo más en toda su amplia extensión. Uno de los profesores le había contado a Jeren que en aquella pared se representaban todas las batallas espaciales de su padre. Jeren pensó que las últimas odiseas las habría tallado en algún otro lugar porque allí ya no cabían más naves, ni satélites, ni animales de formas extrañas. Entre todo aquel laberinto de figuras, fijó su mirada en una escena que se representaba en la parte inferior izquierda, justo limitando con el suelo. Captó su atención por la similitud que el animal allí tallado tenía con los de la especie kimismana. De hecho las diferencias eran escasas: tenía cinco dedos en cada mano en vez de seis, la blanca tersura de su piel en contraste con la tez rugosa y oscura de los kimismanos, y engalanaba su cabeza con unos extraños filamentos que ocultaban las orejas. Ese ser dormía plácidamente sobre una base que simulaba una nave aplastada, rodeado de decenas de kimismanos que velaban su sueño, tan concentrados en lo que parecía ser su héroe que no se percataban de que, desde lo alto, la Altrustia había abierto sus compuertas para lanzar cientos de “lanzastum” que les destruirían a todos. ¿Sería real ese extraño héroe? ¿Por qué le observaban con tanta reverencia los kimismanos?&lt;br /&gt;---Gran Señor Altrus. Soy Alduna, acompañando a su hijo, como ordenó.&lt;br /&gt;Jeren estaba tan inmiscuido en la escena que no se había percatado de que Alduna ya se había presentado a su padre hablando a través del aparato de comunicación que había en el exterior de la habitación, y estaban a punto de ser recibidos.&lt;br /&gt;Como obra de una mano mágica, en el centro de la pared se recortó un rectángulo con la amplitud suficiente para permitir el paso a una persona. El rectángulo desapareció enseguida por la parte superior, como si el techo lo tragara, dando acceso a la gran sala negra como la noche, iluminada por cuatro calaveras cuya luz manaba a través del hueco que habían dejado los ojos de aquel animal cuya característica principal era que los tenía ubicados en lo alto del cráneo. Las lámparas estaban colocadas a ras del suelo y la luz brotaba por el hueco de los ojos para expandirse con timidez por toda la estancia, creando un ambiente tétrico envuelto en misterio.&lt;br /&gt;Como único mobiliario, la sala tenía un gran tubo (coronado por la cama en la que descansaba Altrus por las noches) y una especie de diván donde solía recibir a las visitas. Su profesor de arquitectura le había comentado que casi nadie había visto el resto de las salas privadas de Altrus, al parecer majestuosas y dotadas de aparatos tecnológicos solamente conocidos por él y el ingeniero que los diseñó.&lt;br /&gt;En esos momentos su padre descansaba sobre el enorme diván, cuyo tapizado blanco destacaba en el lateral derecho de la habitación acaparando toda la atención. Había sido diseñado especialmente para él, a su medida (nadie más alcanzaba tan elevada estatura) y el material gelatinoso que lo formaba tenía la propiedad de mantener su dureza para darle consistencia, salvo en las zonas que estaban directamente en contacto con el cuerpo de Altrus, donde una reacción al calor corporal lo tornaba blando para adaptarlo a su fisonomía como un guante.&lt;br /&gt;---Alduna, retírate y espera fuera. ---dijo Altrus, haciendo una señal con el brazo, que oscilaba entre la indiferencia y el desprecio, para indicarle que desapareciera de su vista.&lt;br /&gt;---Como ordene, Gran Señor. ---contestó Alduna, un poco desconcertada, ya que siempre estaba presente durante las entrevistas que tenía Jeren con su padre.&lt;br /&gt;Desde su posición firme, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y la mirada clavada en el suelo, Jeren escuchó cómo el gran rectángulo que les había permitido el acceso volvía a desplegarse tras la salida de Alduna, dejando la estancia herméticamente cerrada, y a él con la sensación de que no se estaba siguiendo el protocolo de las otras veces, que su padre no formularía las tres preguntas de rigor y que algo extraño y grave estaba ocurriendo.&lt;br /&gt;---Como hijo mío que eres, la vida te depara unas responsabilidades que están muy por encima de las que tienen los que nos rodean… ---con esas palabras, envueltas en formalismo, comenzó Altrus lo que prometía ser un largo discurso que amenazaba con poner fin a la despreocupada vida que hasta entonces había llevado Jeren.&lt;br /&gt;Hizo una pausa y miró a su hijo. Jeren se limitó a asentir con la cabeza.&lt;br /&gt;---Sabes también que nos diferenciamos de los que nos rodean por nuestros poderes e inteligencia superior… ---continuó Altrus---. Ellos trabajan para nosotros, nos obedecen y nos temen, y así tiene que ser. Debemos guardar nuestros secretos, jamás desvelar el origen de nuestros poderes y mucho menos su alcance. Debemos mostrar públicamente sólo una pequeña parte de nosotros mismos, lo mismo que esta sala donde recibo a las visitas. Es austera, sin muebles ni decoración… pero observa esas escaleras que culminan en aquella puerta…&lt;br /&gt;Altrus apuntaba con el dedo hacia su derecha.&lt;br /&gt;Jeren miró al lugar indicado. ¿Cómo era posible que jamás hubiera reparado en ella? Quizá porque el miedo que sentía ante la presencia de su padre le impedía observar cualquier otra cosa que no fueran los modales que debía utilizar para no ofenderle. La puerta a la que se refería Altrus (negra como el resto de la estancia) formaba un arco en la parte superior y una pequeña ranura la separaba de la pared, dejando una abertura por la que se colaba una luz roja, misteriosa, capaz de imprimir miedo, respeto y curiosidad a la vez. Su forma, ubicación y tamaño estaban estudiados para que el visitante tuviera la sensación de que tras ella se ocultaba algo sobrenatural. Su fuerza produjo en Jeren un escalofrío que recorrió todo su cuerpo en un instante, con billete de ida y vuelta de pies a cabeza y de cabeza a pies.&lt;br /&gt;---A ti también de produce temor ¿verdad?&lt;br /&gt;---Sí, Gran Altrus… ---contestó Jeren.&lt;br /&gt;---Esa es su misión. Dar a entender que todo está oculto tras ella, que conduce a un lugar misterioso y desconocido al que nadie tiene acceso. Tenemos mucho poder, pero debemos simular que tenemos muchísimo más aún… ¿Me comprendes?&lt;br /&gt;---Sí, Gran Altrus.&lt;br /&gt;---No olvides jamás esta lección. Nunca confraternices con nadie, no muestres tus sentimientos, enseña solamente la punta de tus poderes y deja entrever que ocultas otros muchos, los más importantes. Mantente digno, erguido, soberbio y enigmático. Sólo así te temerán. Y si te temen, te respetarán. ---decía Altrus en tono pausado y dejando asomar un atisbo de preocupación en sus enormes ojos negros.&lt;br /&gt;---Sí Gran Altrus. ---contestó Jeren al ver que su padre hacía una pausa y le miraba, esperando su respuesta, que debía ser afirmativa, por supuesto.&lt;br /&gt;---Tengo reservada una gran misión para ti. Eres mi hijo y debes comenzar a tomar responsabilidades.&lt;br /&gt;Altrus hizo una pausa y miró hacia la puerta, que se abrió de nuevo para ceder el paso a Mejún que, desde la entrada, solicitaba permiso para acercarse.&lt;br /&gt;--- ¡Para eso te hice llamar, imbécil! ---contestó Altrus con desdén, soltando un bufido por los dos agujeros de su trompa elefantina.&lt;br /&gt;---Aquí estoy, siempre a sus órdenes, Gran Señor. ---contestó Mejún, obviando los insultos, a los que ya estaba más que acostumbrado.&lt;br /&gt;---Estoy hablando con mi hijo y quiero que tú estés presente, pero sólo intervendrás si yo lo exijo ¿entendido?&lt;br /&gt;El malhumor repentino dibujaba pliegues en la escamosa piel color verde musgo que lucía Altrus.&lt;br /&gt;---Sí, Gran Señor.&lt;br /&gt;Mejún permaneció junto a la puerta, sin atreverse a avanzar ni un paso más.&lt;br /&gt;---Como te comentaba… tengo reservada una misión para ti. Supongo que tu profesor del Cosmos te habrá hablado del planeta Kimismo… ---dijo, retomando su tono de voz paternal para dirigirse a Jeren.&lt;br /&gt;---Sí, Gran Altrus, allí viven los kimismanos, que son de nuestra raza.&lt;br /&gt;Jeren se arriesgó a componer una frase y exhibirla ante su padre.&lt;br /&gt;---Mas o menos… Son de nuestra raza, pero carecen de poderes e inteligencia. Allí tengo un centro de trabajo que está ubicado en la ciudad de Candai, la única del planeta, con el fin de extraer minerales que utilizo para la fabricación de armas y naves. Esos trabajos los realizan los cunches y, para controlarles, hay un batallón de clones capitaneados por un Jefe. De un tiempo a esta parte han surgido una serie de problemas, que en principio parecían absurdos, pero puede que no lo sean tanto. La cuestión es que está desapareciendo un cunche cada noche, dejando como único rastro su rafai intacto y unas piedras colocadas en el colchón sobre el que duerme, con el fin de burlar los detectores de presión. Por eso quiero que te traslades a Kimismo, acompañado de un lugarteniente como el mío. ----dijo Magmalignus señalando a Mejún--- y trates de controlar la situación.&lt;br /&gt;--- ¿Yo, Gran Altrus? Pero… carezco de experiencia ---contestó Jeren, atónico ante su nueva responsabilidad.&lt;br /&gt;---Como te estaba diciendo… un lugarteniente especializado estará a tu disposición y te aconsejará debidamente. Se llama Yute y ha sido diseñado por Zarret, nuestro Jefe de Laboratorio, insertándole un chip con los mismos conocimientos y experiencia que posee Mejún.&lt;br /&gt;--- ¿Y me acompañará Alduna también? ---se atrevió a preguntar Jeren, mostrando al niño que aún era.&lt;br /&gt;---Por supuesto… Alduna se encargará de tus necesidades primarias, como darte de comer, preparar la ropa… También te acompañarán tus profesores de cosmos, espacio y universo, ciencias oscuras, diseño y pilotaje de naves, poderes y su uso, física y química avanzadas, tecnología, conservación corporal… y no sé si se me olvida alguno.&lt;br /&gt;---Están todos, Gran Altrus.&lt;br /&gt;---Presta atención Mejun, porque tú serás el encargado de poner en conocimiento de Yute los detalles de la misión que hay que cumplir en Kimismo.&lt;br /&gt;---Le escucho, Gran Señor.&lt;br /&gt;Altrus tragó saliva y comenzó a dar sus instrucciones directamente a Mejun, obviando a Jeren, que aprovechó la falta de atención para mover un poco los pies y cambiar de postura.&lt;br /&gt;---El Kiyama es quien está llevándose a los cunches por las noches. Es su modo de “liberarles” y los mantendrá escondidos en algún lugar, quizás en el mismo sitio donde se ha ocultado él durante todos estos años, mientras nosotros le creíamos muerto en la explosión del palacio.&lt;br /&gt;Jeren se moría de ganas de preguntar quién era el Kiyama. Jamás había oído hablar de él, pero suponía que era alguien muy valiente porque osaba retar a su padre, el Señor del Universo. Y, por las palabras de Altrus, dedujo que ya no era la primera vez que lo hacía y aún no habían conseguido terminar con él.&lt;br /&gt;---El Kiyama, no sabemos si solo o acompañado… ---continuó Altrus, dando ya por cierto el hecho de que Samuel continuaba con vida--- se oculta en algún lugar de Kimismo. Y mi plan consiste en elaborar un virus mortal que ataque a todo vegetal comestible, exceptuando la zona del sur donde habitan los grandes animales. No creo que se haya escondido tan lejos.&lt;br /&gt;--- ¡¿Un virus que ataque a todo lo comestible, Gran Señor?!&lt;br /&gt;Mejún no salía de su asombro. ¡Desaparecería toda la flora y fauna del planeta!&lt;br /&gt;---Sí, eso mismo acabo de decir. El Kiyama tiene que alimentarse todos los días, se supone… Cuando salgas de aquí, irás derecho al laboratorio y encargarás un virus que ataque a toda planta viviente y que resulte letal para quien se alimente de ellas. Tendrá efecto durante cuatro días y pasado ese tiempo se expandirá el antídoto para que la población vegetal se recupere. ¿Comprendido?&lt;br /&gt;---Sí, Gran Señor. Pero… ¿y los cunches? Ellos recogen cada día la planta owana para fabricar las galletas que comen… ---sugirió Mejun con timidez, temiendo que la solución a su pregunta fuera tan obvia que Altrus le dejara como un perfecto idiota.&lt;br /&gt;--- ¡Aún no he terminado, imbécil! Es evidente que durante esos cuatro días no se puede recoger la owana, hasta que se le administre el antídoto. Pero los cunches tienen suficientes reservas de galletas para sobrevivir esos cuatro días y sino… tampoco les va a ocurrir nada porque hagan algo de dieta, JA, JA, JA. ---contestó con ironía.&lt;br /&gt;--- ¿Y los animales pequeños, Gran Señor? Morirán todos…&lt;br /&gt;---No necesariamente. Zarret, nuestro Jefe de Laboratorio, ya sabe cómo tiene que hacer las cosas. El virus que atacará a la vegetación contiene un somnífero que mantendrá a los pequeños animales durmiendo durante esos cuatro días y, por lo tanto, no comerán. Sin embargo, no le hará efecto al Kiyama ni a los suyos, si es que alguno de ellos sobrevivió con él. A ellos les matará porque el virus tiene efectos somníferos para los animales, pero resulta mortal para los kimismanos porque ataca un gen que sólo ellos poseen y del que carecen los animales. ---explicó Altrus, con una siniestra sonrisa triunfal.&lt;br /&gt;---Y… Gran Señor… Acaba de ordenar que ese virus se fabrique esta misma tarde… ¿cuándo partiremos hacia Kimismo?&lt;br /&gt;---Para empezar, tú no irás a Kimismo porque te necesito aquí. El que acompañará a Jeren se llama Yute y, a partir de este momento, tomará las funciones de lugarteniente de mi hijo, el nuevo gobernante de Kimismo. Y repito, para que no haya interpretaciones erróneas: el virus tiene que estar preparado esta misma tarde, se expandirá desde una nave y en cuanto tome contacto con las plantas tendrá efecto mortal para cualquier kimismano que se alimente de ellas. Por supuesto, el polvo diseñado tendrá el peso suficiente para caer al suelo, adherirse a la planta sin que pueda ser detectado y dejar el aire libre de ese efecto. Las plantas no morirán, sólo se contaminarán y, cuando se les suministre el antídoto, quedarán a salvo otra vez. Los animales despertarán de su letargo y todo continuará igual, salvo que el Kiyama habrá muerto. ¿Lo tienes claro ya?&lt;br /&gt;---Sí, Gran Señor.&lt;br /&gt;---Pues corre al laboratorio y hazles saber mi decisión. Que dejen todo lo que tengan entre manos y se pongan a trabajar en el virus, que deberá estar desarrollado esta misma tarde. Ah, y recuérdale a Zarret que Yute también debe estar preparado a la par que el virus. Parten juntos hacia Kimismo, JA, JA, JA.&lt;br /&gt;--- Como ordene, Gran Señor.---contestó Mejún mientras hacía la reverencia de inclinación de cabeza, para luego salir caminando hacia atrás y no dar la espalda a Altrus, pues sería una señal inconfundible de falta de respeto.&lt;br /&gt;A la marcha del lugarteniente siguieron unos momentos de tenso silencio. Altrus seguía acomodado en su diván con gesto pensativo, como si estuviera rememorando todas las órdenes dadas a Mejún para comprobar si se había olvidado algo.&lt;br /&gt;Jeren seguía en la misma posición, sin mover un solo músculo, paralizado por el miedo y el respeto que le infundía la presencia de Altrus. Se sentía desbordado ante la nueva responsabilidad que se avecinaba. Además, en una parte recóndita de su alma, había anidado un sentimiento de respeto y admiración hacia el Kiyama, valiente hasta el extremo de poner en jaque al Gran Altrus. Su padre, con todos sus poderes, no había logrado convertirse en su héroe infantil, y ese desconocido lo había conseguido en tan sólo unos momentos. No deseaba verle muerto, sino que le gustaría conocerle y tener ocasión de hablar con él. Varias veces estuvo a punto de interrumpir para preguntar quién era ese tal Kiyama, pero logró contenerse por miedo a hacer enfadar a su padre y a las consecuencias que eso le podía acarrear.&lt;br /&gt;---Puedes retirarte. Alduna te está esperando en el pasillo. Prepara tus cosas porque te vas a Kimismo tan pronto el virus esté fabricado. Yo me encargaré de avisar a tus profesores para que te acompañen también. ---dijo Altrus, haciendo un gesto con su mano para indicar la puerta de entrada, dando a entender a Jeren que desapareciera cuanto antes porque su presencia ya le incomodaba.&lt;br /&gt;Jeren también salió caminando hacia atrás, como había visto hacer a Mejún.&lt;br /&gt;Sintió como todos los músculos de su cuerpo se relajaban tan pronto la aparatosa puerta completó la pared que le separaba definitivamente de su padre, quizá para siempre.&lt;br /&gt;--- ¿Qué pasó ahí dentro, mi pequeño? Tardaste más de lo normal…&lt;br /&gt;Alduna acompañó su pregunta con ese raro gesto de fruncir el entrecejo, que solía emplear en todas las ocasiones en las que ella consideraba que los límites de la normalidad habían resultado rebasados para bien o para mal.&lt;br /&gt;--- ¡Nos vamos a vivir a Kimismo! ---exclamó Jeren, mientras se subían al ascensor que le llevaba de vuelta a sus aposentos, sonriendo entusiasmado por la independencia que le supondría la lejanía de su padre.&lt;br /&gt;--- ¿Qué es Kimismo?&lt;br /&gt;--- Un lejano planeta del que provienen nuestros antepasados. No preguntes más, ya lo verás cuando lleguemos. ---dijo Jeren al volver a encontrarse con el entrecejo fruncido de Alduna---. Prepara las cosas porque creo que saldremos esta misma tarde. Quiero que llevemos toda mi ropa. Puede que allí no haya donde conseguirla. También mis ordenadores. Que no se te olvide meterlos en el equipaje.&lt;br /&gt;Estaba nervioso y entusiasmado a la vez, pensando en la nueva vida que le esperaba lejos de la tiranía de su padre.&lt;br /&gt;---No te preocupes, mi pequeño, no se me olvidará…&lt;br /&gt;Jeren pensó que tendría que buscar la forma de quitar la coletilla “mi pequeño” del repertorio de Alduna. Antes le gustaba, porque eran las únicas palabras cariñosas que escuchaba, pero de un tiempo a esta parte las encontraba cursis y comenzaban a molestarle. Hasta le ponían de mal humor.&lt;br /&gt;En cuanto el ascensor les apeó delante de la puerta de entrada a sus habitaciones, comenzaron las prisas y los agobios para preparar la partida hacia Kimismo. Suerte que la austeridad reinaba en Atia como consorte de Altrus y no tenían demasiadas pertenencias personales. Las ropas se limitaban a los cinco rafais de rigor, también estaban algunos útiles de aseo, los tres ordenadores personales de Jeren y algunos juegos. El transporte del material escolar corría a cargo de los profesores y ocupaba un espacio reducido debido a que la mayor parte de los conocimientos ya habían sido almacenados en un chip que Jeren llevaba insertado en el cerebro.&lt;br /&gt;Solicitaron dos asistentes para encomendarles el embalaje de los ordenadores en cajas perfectamente ajustables a su tamaño, así como la recogida de la ropa y de algunos juguetes que permanecían dormidos en las esquinas de la sala. Después pidieron un pequeño contenedor para colocar en él las cajas y dieron orden de que lo subieran a la nave que les transportaría a Kimismo.&lt;br /&gt;La habitación quedó vacía antes de lo esperado, y el frenesí que mantuvo su mente ocupada durante la preparación del traslado dio paso a la nostalgia de dejar un mundo dominado y conocido por otro extraño al que tendrían que habituarse.&lt;br /&gt;Sentados uno a cada lado del colchón desnudo, donde hasta entonces había dormido Jeren, cada uno se debatía con sus nostalgias e inquietudes. Jeren se preguntaba cómo sería Kimismo, a quién encontraría allí, si llegaría a conocer al Kiyama antes de que su padre le matara, si su nuevo héroe tendría la astucia suficiente para burlar el ataque de Altrus. Ojalá fuera así, porque deseaba conocerle.&lt;br /&gt;En la mente de Alduna no se habían incluido preocupaciones ni nostalgias pero, fruto del paso de los años y del trato diario con Jeren, ella había ido incrementando su programación a base de copiar gestos y sentimientos que observaba en el niño. Y en ocasiones su mirada adquiría una tristeza y una preocupación inusual, como reflejo de las cavilaciones que surcaban su cableado interior y que no habían sido incluidas por su diseñador. Se peguntaba cómo afectaría el traslado a Jeren, cómo encajaría el hecho de dejar todo su universo conocido por un mundo ajeno y quizá plagado de trampas.&lt;br /&gt;--- Jefe Jeren, todo está dispuesto, partimos tan pronto lo ordene. ---era la voz de Yute, que telepáticamente se había puesto en contacto con él para convenir la marcha.&lt;br /&gt;---Estoy preparado, venga a recogerme a mis aposentos. ---ordenó Jeren, tratando de adaptarse a su nueva posición.&lt;br /&gt;---Voy ahora mismo, Jefe Jeren. ---concluyó Yute.&lt;br /&gt;Le sonaba raro el nuevo trato que le estaban dispensando, pero le gustaba porque le hacía sentirse importante y, sobre todo, mayor.&lt;br /&gt;--- Llegó el momento, ya vienen a buscarnos. ---dijo Jeren, propinando un toque cariñoso en el hombro de Alduna.&lt;br /&gt;---Vamos, mi pequeño, vamos en busca de nuestro nuevo destino. ---contestó ella con una nostalgia que sobrecogió a Jeren e hizo que las lágrimas inundaran sus ojos.&lt;br /&gt;Cuando Yute llegó en ascensor ellos ya le estaban esperando fuera de la habitación, pero mantenían la puerta abierta para echar un último vistazo a todo lo que había en ella, obligando a su memoria a hacer un esfuerzo para retener cada detalle y poder regresar allí, a través de los recuerdos, cuantas veces la nostalgia lo demandase.&lt;br /&gt;Subieron al ascensor en silencio y Yute fue el encargado de pulsar el botón que les trasladaría hasta el interior de la nave.&lt;br /&gt;Jeren conoció a Yute en ese preciso instante, nunca le había visto antes. Su padre le había dicho que era similar a Mejun, pero no acababa de encontrar esas semejanzas. Ante él se presentaba un espécimen de mirada sombría y severa, gran corpulencia enmarcada dentro de una enorme joroba que sobresalía de su espalda como un apósito y unas orejas que apuntaban al cielo en toda su extensión, que no era poca. En cambio Mejun gozaba de un físico agradable y proporcionado, así como de unas facciones limpias que inducían a la confianza.&lt;br /&gt;El ascensor dio por terminado el corto viaje y abrió sus puertas hacia una sala redonda, ubicada en el interior de la nave, donde todos sus profesores y diez guardias habían ocupado los asientos adosados a la circunferencia exterior y esperaban la partida equipados con sus protectores de metal que se bajaban de los laterales y cubrían la cabeza y el tronco, con la finalidad de asegurar que el cuerpo se mantuviera en los asientos cuando faltara la fuerza de la gravedad.&lt;br /&gt;Jeren se quedó estancado y boquiabierto al ver que el séquito que le acompañaba ya estaba dispuesto para el viaje, inmovilizados y acomodados en aquella sala con el suelo inundado de luces que abarcaban todo el espectro luminoso y las paredes forradas de pantallas de ordenador emitiendo constantes imágenes de una parte del Universo conocido. En contraste, el techo formaba una bóveda desnuda, carente de cualquier ornamento.&lt;br /&gt;---Sígame por aquí, Jefe Jeren. ---dijo Yute, a la par que se ponía en marcha, cruzando la sala hacia unas escaleras que se abrían paso desde la circunferencia.&lt;br /&gt;--- ¿Y ella? ---preguntó Jeren, al ver que en la sala ya no quedaban asientos vacíos.&lt;br /&gt;---Alduna también viene con nosotros. ---contestó, esbozando una media sonrisa forzada que incomodó a Jeren.&lt;br /&gt;Subieron en fila los diez peldaños de escalera, para llegar a otra sala ubicada sobre el puesto de los pilotos. A diferencia de la que les había recibido, esta presentaba forma cuadrada y tamaño reducido. En el interior, dos divanes iguales esperaban a que los ilustres viajeros se acomodaran en ellos, ofreciéndoles vistas a cuatro paredes y un techo revestidos de material transparente, a través del cual se colaban las imágenes de la explanada del palacio, que ni Jeren ni Alduna habían visto jamás. Aquella inmensidad les dejó parados, boquiabiertos, resultaba intimidante y magnificaba aún más el poder de Altrus.&lt;br /&gt;---Acomódense aquí. ---dijo escuetamente Yute, señalando los dos divanes que descansaban en el suelo.&lt;br /&gt;Jeren y Alduna obedecieron sin dilación. Los divanes eran similares al que adornaba los aposentos de Altrus, salvo que estaban revestidos de un material muy suave, en color azul noche. Resultaron ser extremadamente mullidos y cómodos porque se adaptaban a cada nuevo inquilino adoptando la forma de su cuerpo como si de un molde se tratara.&lt;br /&gt;--- ¿Y el protector? ---preguntó Jeren.&lt;br /&gt;--- ¿Qué protector, Jefe?&lt;br /&gt;---He visto que los que viajan abajo llevan colocados unos protectores que, supongo, evitarán que salgan volando cuando ya no estemos sometidos a la fuerza de la gravedad… ---dijo Jeren, tímidamente, con la esperanza de no quedar como un completo ignorante.&lt;br /&gt;---Esta sala se cierra herméticamente durante el viaje y se ha recreado en ella la gravedad suficiente para que no “salgan volando”, Jefe. ---contestó Yute, con demasiada ironía.&lt;br /&gt;--- Disculpa mi ignorancia. Es mi primer viaje espacial. ---replicó Jeren, sin ocultar su enfado.&lt;br /&gt;--- Discúlpeme a mí Jefe Jeren, había obviado mencionarle ese detalle. ---respondió Yute, ahora en tono más amable y sumiso.&lt;br /&gt;--- ¿Dónde viajarás tú?&lt;br /&gt;---En la sala de pilotos, Jefe. Si no ordena nada más, dispongo que nos pongamos en marcha, Jefe.&lt;br /&gt;Jeren pensó que en el repertorio de Yute figuraba la palabra “Jefe” más de la cuenta. Habría que tratar de arreglarlo.&lt;br /&gt;---No hay nada más que ordenar, sólo una pregunta… ¿ha venido mi padre?&lt;br /&gt;---No Jefe, el Gran Altrus está descansando porque ha de partir hacia el planeta Zust. Pero me dijo que, de su parte, le deseara buen viaje y que lamentaba no poder venir a despedirle.&lt;br /&gt;---Gracias, puedes retirarte y dar orden de partir.&lt;br /&gt;Yute salió de la sala de inmediato, dejando la puerta cerrada tras él.&lt;br /&gt;Jeren y Alduna, acomodados en sus divanes, no se enteraron en qué momento despegó la nave hacia Kimismo. Para ambos era su primer viaje espacial y tenían la sensación de que continuaban en el mismo lugar porque la nave no daba señales de movimiento. No obstante, las paredes y el techo eran de material transparente y a través de ellas desfilaban sin cesar planetas que la distancia hacía pequeños, trozos de materia espacial e infinidad de estrellas que se encargaban de iluminar el oscuro entorno. Daba la sensación de que la nave permanecía quieta y eran los planetas quienes se movían. Pasaban rápidamente. Aparecían por un lado y desaparecían por otro, dando paso a otros que venían de lejos, se acercaban en cuestión de momentos y después se perdían tras la cola de la nave.&lt;br /&gt;Con tanto nerviosismo y alboroto entorno a la partida, Jeren se había olvidado de dar las instrucciones para que se cumplieran los deseos de su padre con respecto a expandir el virus que mataría al Kiyama. Debía contactar con Yute inmediatamente, pero la duda le detuvo durante unos instantes porque no quería ver a su héroe muerto. El Kiyama se había convertido en una referencia, un ejemplo a seguir y brillaba en el interior de su mente envuelto en un halo de fuerza y valentía. Sonrió imaginándole. Pero tan sólo fue un claro de luz en un día nublado y pronto la sombra de Altrus oscureció el cielo de su imaginación y una tormenta de miedo cayó sobre su aún sonriente semblante. Tembló ante la idea de que las órdenes de Altrus no se cumplieran debidamente porque se enfadaría tanto que la vida de todos ellos correría serio peligro.&lt;br /&gt;---No os olvidéis de dar cumplimiento a las órdenes de Altrus respecto a expandir el virus… ---comunicó a Yute telepáticamente.&lt;br /&gt;--- Jefe, esa misión acaba de cumplirse. Hace unos instantes entramos en la atmósfera de Kimismo y expandimos el virus, dejando únicamente libre la zona sur, donde viven los grandes animales… ---contestó, con la parsimonia de un mayordomo ejemplar.&lt;br /&gt;---Entonces… ¿estamos llegando?&lt;br /&gt;A Jeren le parecía imposible tanta prontitud. Tenía la sensación de que el viaje sólo había durado un instante.&lt;br /&gt;---Si Jefe, en breve aterrizaremos en Candai.&lt;br /&gt;En sus fantasías infantiles los viajes espaciales siempre se presentaban plagados de aventuras donde no faltaban los imprevisibles ataques de otras naves, que debían ser esquivados con ingenio; los monstruos del cosmos que aparecían cuando menos se les esperaba, causando mil problemas, que sus héroes solventaban con soluciones rocambolescas. Y muchas, muchas batallas que librar, casi siempre ganadas. Pero jamás se hubiera imaginado que viajar por el espacio no tenía más aliciente que pasar unos momentos acostado sobre un cómodo diván.&lt;br /&gt;La sencilla puerta plateada se abrió y, entre una invasión de luz cegadora que se colaba desde el exterior para ocupar la sala en penumbra, apareció la silueta de Yute que, vista a contraluz, resultaba imponente: era alto, musculoso y dotado de extremidades más grandes de lo normal.&lt;br /&gt;--- ¡Ya estamos en Candai, Jefe! ---dijo, intentando poner a sus palabras un toque de entusiasmo.&lt;br /&gt;---Todo ha pasado muy rápido, demasiado rápido... ---contestó Alduna.&lt;br /&gt;Yute se hizo a un lado para cederles el paso hacia el exterior, reverenciando a Jeren y obviando a Alduna.&lt;br /&gt;Como sonámbulos en fila volvieron a cruzar la sala redonda, ahora ya vacía porque sus acompañantes habían salido primero. Pocos pasos más adelante se encontraron ante la puerta de salida que daba paso a una explanada que les pareció diminuta, en comparación con la de Atia. Allí descansaban algunas docenas de naves toscas, pequeñas y carentes del espectacular diseño que lucían las de Atia. Al fondo de la explanada, el palacio se erigía como un gran balón que alguien hubiera depositado en lo alto de la colina, presto a recibir el chute que lo lanzara valle abajo. Su revestimiento de material azul oscuro perfectamente pulido rebotaba los rayos de Asten y el paisaje en todas las direcciones, como si quisiera dar a entender al mundo que él recibía tales dones y los distribuía a su antojo.&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. AL OTRO LADO DEL TUNEL DEL VELVEN&lt;br /&gt;Aquella tarde Monnie tenía planeado hacer una excursión a través del Túnel del Velven, con el objetivo de visitar a los que vivían al final de la cueva, tan olvidados desde hacía mucho tiempo, desde que los otros habían aparecido en su vida.&lt;br /&gt;Como tantas veces, solicitó permiso a su padre para ausentarse durante un rato, con la excusa de jugar con los otros niños cuando hubieran terminado sus trabajos. Sabía que el momento idóneo para visitarles era precisamente ese, cuando su padre ordenaba retirarse para descansar hasta el día siguiente.&lt;br /&gt;En muchas otras ocasiones había abandonado la casa en horas nocturnas, pero nunca llegaba a tiempo para ver la vuelta a los barracones y, cuando ponía sus ojos en la mirilla, tan sólo conseguía distinguir bultos amontonados durmiendo en la oscuridad. Sin embargo aquellas visitas nocturnas tenían una alta dosis de aventura y por eso le gustaban tanto. Solía esperar pacientemente, acostada en su siara, hasta que comenzaba a escuchar que los ronquidos de su padre se volvían fuertes, estruendosos y constantes en su frecuencia (iban subiendo de tono hasta alcanzar un punto máximo, para a continuación descender hasta hacerse casi inaudibles). Alternados con ellos estaban los de su abuela, mucho menos escandalosos. Sin embargo Rostie no hacía manifestaciones externas, ya que acostumbraba a dormir como un lirón tan pronto caía rendida sobre la siara, después de un largo día (como tantos) en el que Frec había cargado casi todo el trabajo sobre ella.&lt;br /&gt;Cuando consideraba que era el momento oportuno, se levantaba con mucho cuidado y alcanzaba la puerta guardando el máximo sigilo para no hacer ningún ruido que contrastara con los habituales de la noche. El arco de la puerta le servia de parapeto para observar el entorno y comprobar que los vecinos también estaban dentro de sus casas, probablemente durmiendo. Aunque tampoco era inusual que alguno de ellos anduviera por los campos a deshora. Sobre todo Soccie, a quien su enfermedad mental le impedía someterse a un horario.&lt;br /&gt;De todos modos, tampoco era demasiado grave el hecho de ser sorprendida saliendo de su casa en horas de descanso. Siempre podría recurrir a la excusa de que necesidades innombrables requerían que acudiera a los campos propiedad de su familia, donde cada uno había instalado su letrina particular en un pequeño hoyo cavado en la artea y tapado con hojas secas. Ese era el motivo por el cual, durante esas excursiones nocturnas, solía dirigirse en primer lugar hacia la letrina y después, cuando ya estaba completamente segura de que todos estaban guarecidos en el interior de sus casas, tomaba el camino que llevaba al Túnel del Velven y lo atravesaba corriendo para intentar llegar a tiempo.&lt;br /&gt;Esa tarde esperó oculta entre el fangut hasta que vio a sus padres entrar en la casa. Luego, agachada entre las plantas para evitar que sus vecinos pudieran verla, reptó hasta la entrada del túnel y, una vez a salvo de miradas, inició la carrera para llegar a tiempo al otro lado.&lt;br /&gt;A escasos escais de la meta aminoró la marcha para dar tiempo a que su pecho acallara los fuertes latidos de su corazón y su respiración se normalizara, no fuera a ser que la delataran dejando que su agitación se colara a través del agujero por el que oteaba lo que había al otro lado. Después acomodó su ojo derecho en el mirador que ella misma había fabricado y comprobó con alivio que había llegado a tiempo.&lt;br /&gt;En el barracón había más barullo de lo habitual. Recordaba que, cuando les visitaba años atrás, la rutina que tenían montada para entrar en los barracones y acostarse transcurría en absoluto silencio. Sin embargo en ese momento los cunches hablaban entre ellos girando las cabezas en la dirección que estaba su interlocutor, pero manteniendo el cuerpo en posición de firmes al lado de sus respectivos colchones. Era como si estuvieran esperando algún tipo de inspección, pero tuvieran autorización para hablar sin límites entretanto no llegaba. Aquello era inusual.&lt;br /&gt;Los dos cunches que estaban próximos a la pared en la que Monnie tenía la mirilla mantenían una extraña conversación que llegaba hasta ella con total claridad en las palabras aunque no así en el contenido, que no podía ser más confuso.&lt;br /&gt;---Yo estoy deseando dormirme, a ver si esta noche me toca a mí. ---decía un cunche anciano, propietario de una enorme joroba.&lt;br /&gt;---Yo prefiero quedarme aquí. ---contestó otro cunche joven que, a diferencia de su compañero, había sido agraciado con una belleza sobrenatural, casi ofensiva.&lt;br /&gt;--- ¿Por qué? ---preguntaba el anciano, con un gesto de sorpresa que fruncía su piel en mil pliegues.&lt;br /&gt;---Porque no estoy seguro de que Samuel sea el responsable de las desapariciones. ---respondió el joven.&lt;br /&gt;---Mira Garfe… ¿quién puede estar haciendo todo esto, sino Samuel Kiyama? A Magmalignus no le interesa que los cunches desaparezcan y, desde luego, no se tomaría la molestia de llevarlos a ningún lado sin causarles un daño previo. Cuando no nos necesite, nos matará sin más y a todos juntos, no uno a uno.&lt;br /&gt;Monnie agudizó los oídos cuando escuchó el nombre de Samuel.&lt;br /&gt;El anciano hablaba con total convicción, acompañando sus palabras con una sonrisa cansada&lt;br /&gt;--- Si es Samuel el autor de las desapariciones… ¿por qué rescata sólo a los jóvenes? Lo normal sería que lo hiciera al revés, que viniera a buscar a los más ancianos, para librarlos cuanto antes de esta prisión. ---contestó el llamado Garfe, mostrando un semblante severo que no encajaba en sus hermosas facciones.&lt;br /&gt;---Quizá necesite jóvenes, para que le ayuden a llevar a cabo el plan que tenga ideado…&lt;br /&gt;Aunque no sabía de qué estaban hablando, a Monnie le resultaba muy curiosa la disparidad de humor existente entre aquellos dos conversadores. En la cara del anciano se dibujaba la esperanza y el entusiasmo, mientras que la del joven se mostraba ensombrecida por la tristeza y la duda. Pero sobre todo, le intrigaba que la conversación versara sobre Samuel y que le estuvieran achacando una serie de desapariciones, de las que ella sabía no era el autor. Llevaba mucho tiempo observándoles a él y a los que le acompañaban, y ningún extraño se había sumado a ellos.&lt;br /&gt;--- Axún, ¿te puedo contar algo sin que trascienda? ---preguntó Garfe.&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! Tú sabes que mi edad me proporciona la discreción necesaria para recibir un secreto y enterrarlo para siempre en mi mente.&lt;br /&gt;---No quiero desilusionaros, ni a ti ni a los demás… pero tú sabes que yo tengo el sueño muy ligero, por eso paso muchas noches en vela, y anoche creí escuchar un pequeño ruido, similar al gozne de una puerta. Supongo que sería de la exterior, porque no hay ninguna otra aquí dentro…&lt;br /&gt;El joven hizo una pausa larga en su relato, quizá para darle más misterio, o tal vez dudando sobre la conveniencia de continuar desalentando las esperanzas de aquel anciano, cuyos ojos y semblante perdían brillo por momentos ante la posibilidad de que la esperanza de una mejor vida se esfumase para siempre.&lt;br /&gt;--- ¿Y…? ¡Continúa! ---le espetó el anciano.&lt;br /&gt;--- Después me pareció ver una sombra que se dirigía hacia el lugar donde dormía Azan, a quien echamos en falta esta misma mañana.&lt;br /&gt;--- ¿Cómo era la sombra? Quiero decir… tendría una forma ¿o no?&lt;br /&gt;---Tenía la misma forma que cualquiera de nosotros. No podría decir si era varón o hembra, joven o anciano, alto o bajo, pero te puedo asegurar que era como nosotros. Y sabes que la fisonomía de Samuel es muy diferente a la nuestra. Aunque la luz era escasa, pude ver que su cabeza estaba tan lisa como la mía, sin atisbo de los filamentos que luce Samuel. ---contestó Garfe, pasando la mano por su calva.&lt;br /&gt;---Él puede adoptar la forma que prefiera. Y tú tampoco estás seguro de lo que viste. Ni siquiera sabes si estabas soñando o era realidad ¿no es así? ---replicó el anciano, meneando la cabeza hacia los lados para dar a entender que la juventud es un divino tesoro, pero se equivoca más que la vejez.&lt;br /&gt;---Es así. ---contestó Garfe, cayendo en la cuenta de que la esperanza y la fe son imbatibles y desmontarían cualquier conjetura que las contradiga.&lt;br /&gt;--- ¡¿Lo ves?! Todos tenemos dudas. Es lo normal. Pero en estos casos hay que analizar los hechos pormenorizadamente. ---Axun le hablaba como un padre a su niño pequeño, apoyando la explicación con gestos incesantes que sus arrugadas manos dibujaban en el aire--- Sólo los guardias tienen la clave de acceso para abrir la puerta exterior y, además, ellos son los primeros interesados en que no se abra durante la noche; de hecho ningún guardia se atrevería a entrar solo en los barracones cuando nosotros estamos aquí descansando. Desde la liberación, en los tiempos de Samuel, han tomado miedo y saben que somos capaces de algo más que de trabajar en las minas.&lt;br /&gt;---Es cierto… ---siguió asintiendo Garfe, dudando ya de sus visiones.&lt;br /&gt;---Si nos ponemos en el supuesto de que no era un guardia lo que tú viste, la única opción que nos queda es pensar que se trataba de un cunche; pero ninguno de nosotros puede abrir esa puerta, sencillamente porque no disponemos de clave de acceso y, aunque la tuviéramos, resultaría muy difícil burlar la vigilancia externa que montan los guardias entorno a los barracones. Sabes que hay vigilantes y observadores mecánicos por todas partes. Sería imposible que un cunche pululara por ahí en mitad de la noche sin ser visto, y mucho menos aún durante quince noches y con la vigilancia incrementada hasta límites imposibles.&lt;br /&gt;---Reconozco que sigues teniendo razón, pero…&lt;br /&gt;--- ¡No hay pero que valga! El único que puede entrar aquí, burlar toda la vigilancia y salir airoso de ello, es Samuel Kiyama. ---el anciano imponía su criterio recobrando la ilusión que Garfe había puesto en duda.&lt;br /&gt;De pronto, anunciándose con un estruendoso silbato, hizo acto de presencia en la sala un guardia equipado con un uniforme pintoresco cuyas bandas, de un color rojo carmesí estridente, surcaban a lo largo y a lo ancho un rafai negro, más acolchado de lo habitual. Sobre el cinturón, un tubo dorado con pintas de arma mortífera brillaba como los mismísimos rayos de Asten. Monnie no podía ver bien sus facciones desde la lejanía pero, a juzgar por su porte, dedujo que se trataba de alguien importante. Se situó en la puerta de entrada y, de repente, todo el murmullo que invadía el barracón se acalló y cada uno pasó a ocupar la posición que le correspondía al lado de su colchón, procurando mantener el cuerpo erguido y la cabeza en alto, mirando hacia el frente.&lt;br /&gt;--- ¡ATENCION! Va a entrar en la sala nuestro nuevo Jefe, al que conoceremos y nombraremos como El Jefe Jeren, hijo de Altrus. El es el nuevo Rey de Kimismo, nombrado directamente por su padre El Gran Altrus para gobernarnos. ---dijo el recién llegado, con voz firme y potente.&lt;br /&gt;Monnie seguía los acontecimientos con la máxima expectación y forzó al máximo la vista para no perder detalle de lo que iba a suceder en la distante puerta de entrada.&lt;br /&gt;Nada más terminar la presentación, la silueta de un joven se recortó bajo el marco de la puerta. Tendría unos once o doce años; era alto, esbelto, de rasgos armoniosos y tez clara. Vestía capa negra sobre rafai de color blanco, adornado con franjas doradas que se extendían a lo largo de la parte inferior, y miraba el entorno con recelo, como si hubiera aterrizado allí por error o casualidad, mostrando su incomodidad a través de los constantes jugueteos que sus nerviosas manos mantenían con la prenda que cubría su pecho.&lt;br /&gt;Monnie sintió que su cuerpo se estremecía ante la presencia de aquel extraño, a quien sin embargo no conocía ni creía haber visto con anterioridad. Tampoco reconoció al personaje que le seguía muy de cerca, un adulto de facciones severas y ceño fruncido, que controlaba cada movimiento del joven como si de un momento a otro fuera a cometer un error infalible si él no lo impedía.&lt;br /&gt;---Le acompaña su lugarteniente, al que conoceremos y nombraremos como Señor Yute. ---continuó diciendo el presentador.&lt;br /&gt;Monnie no apartaba los ojos del joven que había sido presentado como el nuevo Rey de Kimismo. Había algo en él que le resultaba familiar. Dejó de prestar atención a toda la parafernalia que siguió a la presentación y su mente se puso a trabajar a ritmo acelerado buscando similitudes entre él y las demás personas que conocía, tanto en el presente como en un pasado de hacía quinientos años.&lt;br /&gt;Pronto el corazón le dio un vuelco que estuvo a punto de apearla del altillo al que se había subido para mirar hacia el interior del barracón. ¡No podía ser cierto! Sencillamente, lo que estaba viendo no podía ser verdad, pensó tan pronto descubrió la causa del desasosiego que le producía aquel desconocido.&lt;br /&gt;Tras siglos viviendo en la oscura cueva, sus ojos habían perdido gran parte de su capacidad de visión, pero un nuevo sentido había nacido y se había desarrollado fruto de la constante adaptación de la naturaleza a las circunstancias, dotándola de la capacidad de percibir las cosas que le rodeaban aunque la oscuridad fuera total. Pero además había adquirido (al igual que algunos otros compañeros de maldición) el don de reconocer lo que ellos bautizaron como “el ser etéreo”, que está configurado por las características de la parte inmaterial de los seres. En sueños, Samuel le había dicho que ese “algo” se llama “alma o espíritu”.&lt;br /&gt;Muchos años atrás, cuando tomó conciencia de la adquisición de ese nuevo sentido, se sorprendió al comprobar que al mirar a un ser vivo podía ver más que su aspecto físico. Además esa forma inmaterial que percibía (al igual que ocurre con el cuerpo) era bella en algunos y de una fealdad insoportable en otros; también podía ser generosa o vil, joven o anciana, valerosa o cobarde, atrayente o despreciable. Tiempo después había aprendido a fusionar ambas percepciones, haciendo de la unión un todo que le servía de referencia para conocer al sujeto en cuestión.&lt;br /&gt;En aquel momento ese nuevo sentido adquirido le indicaba que, a pesar de las diferencias físicas (que eran muchas), aquél a quien habían presentado como el Jefe Jeren era el mismo joven a quien había visto en otras ocasiones en un lugar opuesto y en compañía de seres con intereses muy diferentes. Jeren era Rio, el hijo de Samuel, de eso no le cabía ninguna duda. Sus almas eran gemelas y ella podía percibirlo desde la distancia.&lt;br /&gt;Cientos de preguntas sin respuesta se arremolinaron en su mente. ¿Cómo puede Rio (o Jeren) presentarse como hijo de Samuel y de Magmalignus a la vez? ¿A cuál de los dos está traicionando? Monnie volvió a sentir un escalofrío al pensar que el traicionado podía ser Samuel. Después contempló el lado opuesto. También podría ser que Rio se hubiera infiltrado en el palacio de Altrus con el propósito de ayudar a Samuel. No, no, no. Altrus era demasiado astuto. No consideraría hijo suyo, ni daría el cargo de gobernante de Kimismo a alguien que no fuera de su absoluta confianza. Si presentaba a Jeren como su hijo, significaba que él lo había criado en Atia y que podía confiar en él plenamente. Entonces… ¡¡el traicionado era Samuel!! Quizá Jeren le había engañado presentándose en la entrada de la cueva solo y desprotegido. La mente de Monnie sacaba conclusiones a toda prisa. ¡¡Sería Guerrero el verdadero hijo de Samuel!! Para demostrarlo estaba la gran diferencia física que existía entre Guerrero y Rio. Uno era rubio y el otro moreno, uno era alto y el otro mucho más pequeño. Guerrero era fuerte como Samuel, mientras que Rio era mucho más endeble. Por otra parte, el gran parecido de las facciones de Rio con las de Samuel podría explicarse gracias a la capacidad de éste para adoptar cualquier forma externa, como hijo de Altrus que era.&lt;br /&gt;Debía averiguar lo que estaba ocurriendo y poner a Samuel sobre aviso.&lt;br /&gt;Abandonó su privilegiado puesto con vistas al interior del barracón sin interesarse por saber cómo seguía el resto de la presentación y salió de allí corriendo, con la intención de llegar lo más rápido posible a la entrada de la cueva y contactar con Samuel para explicarle lo que estaba ocurriendo, que tenía al enemigo en su propia casa y corría grave peligro. Hablaría con él y trataría de explicarle lo que había visto en los barracones. Tenía que buscar las palabras adecuadas para que su historia resultara creíble. Seguro que lo comprendería y juntos trazarían un plan para desenmascarar a Rio, Jeren o cualquiera que fuera su nombre real.&lt;br /&gt;La sorpresa del descubrimiento y el miedo ante la amenaza que se cernía sobre la seguridad de Samuel atenuaban el cansancio de sus piernas que, más que correr, volaban hacia la entrada de la cueva siguiendo el pasadizo iluminado por aquella leve luz roja cuya procedencia era un misterio.&lt;br /&gt;--- ¿Qué hace una loca corriendo suelta?&lt;br /&gt;La voz de Alabel detuvo repentinamente su carrera cuando ya se disponía a cruzar el poblado a toda prisa para seguir viaje hacia la entrada de la cueva.&lt;br /&gt;--- ¿Te refieres a ti misma, verdad? ---contestó Monnie con ironía y la respiración entrecortada por la carrera.&lt;br /&gt;---Me refiero a ti. Yo vengo de trabajar en los campos y lo que me encuentro es a una enajenada que corre a través de la cueva como si la persiguiera un fantasma.&lt;br /&gt;Alabel soltaba veneno por la boca y fuego por los ojos. A Monnie se le bajó el alma a los pies al pensar que jamás se libraría de su presencia.&lt;br /&gt;---Estoy haciendo deporte. ---contestó, a sabiendas de que no resultaría creíble.&lt;br /&gt;---Tú lo que estás es muy mal de la cabeza. ¿Saben tus padres a lo que te dedicas? ---preguntó Alabel, estirando el cuello como un reptil.&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! Y están de acuerdo en que esta costumbre es muy buena para la salud…&lt;br /&gt;---No te creo. Mañana comprobaré si me has dicho la verdad. Se lo preguntaré a ellos. ---dijo Alabel, exponiendo una media sonrisa irónica.&lt;br /&gt;---Tienes razón, no lo saben. Lo cierto es que no consigo dormir por las noches y por eso salí a hacer ejercicio para cansarme, a ver si así me visita el sueño. Espero que me guardes el secreto. ---expuso Monnie, cambiando de plan.&lt;br /&gt;Alabel trató de ofrecer una sonrisa amigable que, no obstante, destilaba veneno.&lt;br /&gt;---Ya sabes que conmigo tus secretos están a salvo. Pero supongo que ahora ya estarás suficientemente cansada y te irás a dormir… ¿o has quedado con alguien para que te ayude a agotarte aún más? ---preguntó Alabel, soltando el resto del veneno.&lt;br /&gt;--- ¡¿Con quién podría quedar aquí?! Yo ahora me voy a dormir, como tú, supongo…&lt;br /&gt;--- ¡Por supuesto! ¿A dónde íbamos a ir tan tarde?&lt;br /&gt;Caminaron juntas hacia el poblado, rodeadas de silencio y malas intenciones. Monnie entró en su casa y Alabel se quedó fuera, observando descaradamente para comprobar que se acostaba en la siara. Allí permaneció durante el tiempo suficiente como para que Monnie entendiera que no era buena idea arriesgarse a salir otra vez para ir a la entrada de la cueva. Seguramente Alabel continuaría allí fuera, controlando durante un buen rato para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos y pregonarlo al día siguiente. Lo más probable era que no mantuviera el secreto y que su familia, al enterarse de lo sucedido, la sometiera a un interrogatorio para saber por qué trataba de cruzar el pueblo corriendo. Necesitaba tomarse un tiempo para idear un plan que resultara medianamente creíble para explicar al día siguiente a los suyos por qué anda ba corriendo sola de oeste a este del poblado en vez de estar jugando con los otros niños, como les había dicho cuando pidió permiso para quedarse.&lt;br /&gt;Tras descartar varias ideas rocambolescas llegó a la conclusión de que, como respuesta a cualquier posible pregunta al respecto, lo más acertado era defender la versión de que corría porque le dolía mucho la cabeza, que creía estar volviéndose loca como los otros y por eso, antes de optar por la solución que habían escogido ellos, prefería salir a correr porque eso alejaba de su mente las malas intenciones. Era una versión que resultaría creíble porque ella conocía los síntomas y podría relatarlos con todo lujo de detalles.&lt;br /&gt;A lo largo de los siglos que llevaban confinados en el interior de la cueva se habían suicidado cinco de aquellos que un día entraron allí para no volver a salir nunca más. En lo que ella recordaba (tanto por los hechos que había presenciado como por los comentarios que había escuchado) la agonía de todos ellos había comenzado con dolores de cabeza cada vez más frecuentes y cada vez más insoportables, seguidos de una locura incurable que les impedía comer, dormir y permanecer quietos aunque sólo fuera durante un instante. Todos ellos habían encontrado en el suicidio el remedio definitivo para sus males y una solución única para dejar atrás el sufrimiento. Pero el suicidio se presentó como una medicina difícil de obtener porque requería burlar la perversidad y sabiduría de Magmalignus, que había tomado todo tipo de precauciones para asegurarse de que su maldición surtiera efecto.&lt;br /&gt;Durante los días y noches que permanecieron dentro del tubo en el laboratorio de Atia, sus células fueron tratadas para que no sufrieran enfermedades, no envejecieran y se regeneraran hasta el punto de que, si un inoportuno accidente les causaba alguna herida o pérdida de algún miembro, sus células se recuperaban de tal manera que, en instantes, no quedaba rastro de la herida o un nuevo miembro había crecido en el lugar donde había sido amputado el anterior.&lt;br /&gt;Esa cualidad que les había regalado Magmalignus hacía que Monnie dudara sobre la efectividad de la maldición pues, con la capacidad de regeneración que tenían en todos los órganos ¿cómo era posible que el aire y la luz del exterior fueran capaces de quemarlos sin posibilidad de curación? Monnie creía que aquellas palabras de Altrus habían sido un farol, que la maldición no tenía efecto real, por eso ella se arriesgaba tanto al acercarse al exterior. Pero en cambio, sí tenía un pleno efecto psicológico, pues ninguno de los condenados se había atrevido a comprobar su efectividad. Pero a ella también le sirvió para explicar por qué aquel día innombrable, que trataba de apartar de su mente sin éxito, había llegado a casa con las manos y el cuerpo manchados, pero sin un rasguño producido por aquella especie de animal o monstruo (no supo explicar bien de qué se trataba) que la atacó en mitad de la cueva. Había dado explicaciones tan confusas como el aturdimiento interior que sentía. A su abuela le había contado la versión de que un animal la había atacado, pero que a sus padres les dijo que creía haber visto a un monstruo y había luchado contra él, cuando en realidad habían resultado ser agrestes rocas que paredaban el lateral de la cueva. En cualquier caso, esas visiones podrían ayudarle a refrendar ahora sus incipientes signos de locura, si se veía en la necesidad de explicar a sus padres por qué corría por el interior de la cueva. Ella prefería que la tomaran por loca, y que consideraran esas excursiones y carreras su particular medicina, a de que la castigaran y la confinaran en el interior de la casa, impidiéndole controlar la extraña situación que se estaba desarrollando en ambos extremos de la cueva.&lt;br /&gt;Volvió a centrarse en los suicidios para tratar de recabar la mayor información posible, por si más tarde le fuera de utilidad.&lt;br /&gt;El primero que se decidió a demostrar a través del suicidio que el plan ideado por Altrus podría ser reversible se tomó su tiempo en prepararlo y, después de varias tentativas sin éxito, finalmente halló la solución definitiva.&lt;br /&gt;Para el primer intento trabajó durante varios días limando una piedra hasta que obtuvo un borde suficientemente cortante como para rasgar sus venas. Puso a prueba su ingenio en presencia de todo el vecindario (que no pusieron objeción porque comprendían su sufrimiento y anhelaban que pasara a mejor vida). De hecho muchos de los presentes sentían envidia de su valentía y se preguntaban si algún día reunirían las fuerzas necesarias para imitarle y dejar atrás para siempre aquel sucedáneo de vida a la que estaban condenados. Pero la expectación se tornó decepción tan pronto los cortes practicados en las muñecas comenzaron a cicatrizar sin que apenas unas gotas de sangre lograran traspasar la barrera de la piel para salir al exterior. El esfuerzo y la determinación habían resultado inútiles ante el poder de regeneración que poseían sus células.&lt;br /&gt;Aquel desdichado era el padre de Soccie.&lt;br /&gt;Tras el primer intento se tomó un tiempo de descanso, hasta que un día dio a conocer su intención de intentarlo de nuevo. La expectación había caído en picado ante la certeza de un nuevo fracaso, pero él continuó con su determinación de quitarse la vida y siguió labrando utensilios cortantes, cada vez de mayor envergadura. Esos últimos ya tenían capacidad para amputar brazos o piernas de un solo tajo. Pero se encontró con que, a pesar de su valentía y capacidad de soportar el sufrimiento que el dolor le producía, no obtenía resultados satisfactorios porque nuevos miembros ocupaban el sitio de los amputados en cuestión de momentos.&lt;br /&gt;Al cabo de varios descabellados intentos consiguió su objetivo cuando tuvo la idea de sumergir su cabeza en las cálidas aguas del riachuelo que surcaba la cueva y perseverar con ella allí metida hasta que, por la falta de oxígeno, todas las células de su cuerpo murieron, y con ellas cualquier posibilidad de regeneración.&lt;br /&gt;Aquello fue una prueba evidente de que Altrus no era infalible y que sus planes también tenían lapsus.&lt;br /&gt;El ejemplo del padre de Soccie fue seguido por otros cuatro, que optaron también por tan trágica solución pero lo tuvieron mucho más fácil y les bastó con armarse de valor y determinación para mantener la cabeza dentro del agua durante el tiempo suficiente.&lt;br /&gt;Habían pasado más de trescientos años desde el último suicidio, pero su recuerdo aún perduraba en la mente de todos. Y, si bien al principio habían considerado la muerte como la única solución para terminar con la desesperada situación que padecían, después se instauró una conformidad generalizada con el tipo de vida que les había tocado en suerte. Cada uno a su manera, pero todos se habían amoldado a la vida en la cueva. Por eso Monnie pensó que, si sus padres tenían la más leve sospecha de que ella pudiera tener una enfermedad mental como la de aquellos que se quitaron la vida, no pondrían objeción a que se buscara cualquier tipo de remedio, aunque fuera tan extraño como salir a correr por el poblado.&lt;br /&gt;Lo peor era que no podría poner a Samuel sobre aviso. La vigilancia de Alabel se lo impedía. Si los sueños fueran reales, esa misma noche le alertaría sobre la clase de peligros que se cernían sobre él; pero no lo eran y debía esperar a la siguiente noche para hablar con él en persona.&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-6285392263128393401?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/6285392263128393401/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2011/01/capitulo-viii-el-rey-jeren-y.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6285392263128393401'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/6285392263128393401'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2011/01/capitulo-viii-el-rey-jeren-y.html' title='CAPITULO VIII: &quot;El Rey Jeren&quot; y CAPITULO IX: &quot;Al otro lado del túnel del Velven&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8840288567177325999.post-3774358683065018642</id><published>2010-01-09T22:11:00.001+01:00</published><updated>2011-02-18T22:22:13.200+01:00</updated><title type='text'>CAPITULO X:  "El encuentro"</title><content type='html'>10. EL ENCUENTRO&lt;br /&gt;En la cocina de la casa que ocupaba la entrada a la cueva todos (excepto los hermanos Salu y Anti, que cumplían el turno de guardia) esperaban mientras Guerrero ultimaba los preparativos de la cena.&lt;br /&gt;El niño era descendiente del más importante mago de Trutón (uno de los planetas invadidos por Magmalignus) y, aunque sólo contaba seis años de edad cuando se vio obligado a abandonar la escuela de magia y huir con su padre a Kimismo para refugiarse de una muerte segura, había aprendido lo suficiente como para hacer que bandejas y fuentes vacías se llenaran de comida en un abrir y cerrar de ojos. Por eso era el encargado de la cocina, ya que Samuel y Rio tenían el poder de transformar, pero no de crear. Habían probado a convertir piedras y artea en comida, pero no consiguieron que el resultado se librase del sabor original y hasta los más suculentos manjares adoptaban el sabor amargo de la artea o el óxido de las piedras.&lt;br /&gt;Sentados entorno a la gran mesa ovalada, flanqueada en su lado izquierdo por un ventanal con vistas a los arbustos que servían de camuflaje a la casa, conversaban sobre lo extraño y aliviador que resultaba el hecho de que no hubieran sucedido más acontecimientos trágicos. Temían que aquella calma fuera un mal presagio, una tregua para que se relajaran y después sorprenderles con otro golpe mortal.&lt;br /&gt;--- Tal vez la muerte de mi querida compañera haya sido un aviso, una demostración de poder por parte de Magmalignus, para indicarnos que sabe dónde nos escondemos y puede destruirnos cuando le venga en gana. ---dijo Jalon, a quien la tristeza había encogido sus grandes ojos saltones.&lt;br /&gt;La observación de Jalón obtuvo el silencio de los demás por respuesta, porque dedujeron que el silencio era la mejor contestación para aquella opinión que surgía resquebrajada de su pecho dolorido por la ausencia, mientras sus ojos, aún incapaces de mirar hacia cualquier horizonte, se ahogaban entre lágrimas que brotaban a la mínima ocasión. El silencio asentía, acompañaba los sentimientos de quien sufría y evitaba posibles comentarios que incrementaran el dolor, no por malas intenciones, sino por posibles malas interpretaciones.&lt;br /&gt;Samuel observaba cada gesto de Jerima para ver su reacción ante el comentario de Jalon. No había conseguido que ella le contara todo lo que él creía que sabía acerca de la muerte de su amiga. Le había preguntado en varias ocasiones, pero su suegra se mantenía firme, relatando siempre la misma versión de los hechos y lamentando que, a pesar de que a ella también le habían atacado, fuera Melina quien pagara con su vida. Siempre remataba sus lamentos con un baño de lágrimas y varios ruegos a Hatai para que devolviera a Melina a la vida y se la llevara a ella como ofrenda, en lugar de su amiga.&lt;br /&gt;Samuel observaba muchos (demasiados) puntos oscuros en los acontecimientos de aquel día. Apelaba a la razón y no al corazón en la búsqueda de conclusiones, tratando de ser objetivo en el análisis de los hechos. Así llegó a la conclusión de que había algo extraño, algo que se le escapaba por falta de información. Pero tenía la total convicción de que Altrus no tenía nada que ver en la muerte de Melina, sino que otros hechos, misteriosos y desconocidos, habían sido los causantes y por el momento se mantenían ocultos a su conocimiento.&lt;br /&gt;Melina era alta, corpulenta, dotada de fuertes extremidades y poseedora de un espíritu valiente, además de decidido. Por ese motivo él estaba convencido de que hubiera enfrentado cualquier adversidad defendiéndose hasta el fin, si fuera preciso. Sin embargo, su cadáver no presentaba ni una sola herida de defensa; por tanto la única explicación lógica era que la muerte se había presentado ante ella con rostro conocido, atacándola a traición. Era lo más probable, pensaba Samuel.&lt;br /&gt;Por el contrario, Jerima era endeble, de baja estatura, espalda encorvada y extremidades que parecían a punto de romperse en astillas al más mínimo esfuerzo. No obstante había logrado huir, a pesar de ser atacada como su amiga. Definitivamente, Jerima no contaba todo lo que sabía acerca de lo ocurrido durante aquella trágica tarde. Samuel sabía que el tiempo corría a su favor y pronto la verdad saldría a la luz porque el macabro secreto oprimiría el pecho del autor hasta límites insoportables y le obligaría a compartirlo con alguien. Debía estar atento a los movimientos de todos los de la casa (sobre todo de Jerima) porque estaba casi seguro de que el asesino estaba entre ellos y, tarde o temprano, elegiría algún confidente para compartir su secreto.&lt;br /&gt;--- ¡La cena está lista! ---exclamó Guerrero con entusiasmo, para que dejaran sus meditaciones y se dispusieran a colocar la vajilla sobre la mesa.&lt;br /&gt;--- ¿Qué has preparado? ---preguntó Laila.&lt;br /&gt;---Hoy no tenía muchas ganas de innovar y recurrí al pet, que siempre me da buen resultado. ---contestó sonriendo, aunque sabía que aquella comida no era muy bien aceptada por los comensales.&lt;br /&gt;--- ¡Otra vez! ¿Y no hay nada de postre? ---preguntó Laila, sin ocultar su desmesurada afición a los dulces y su rechazo al pet.&lt;br /&gt;--- ¡Es lo que hay! ---exclamó Guerrero, encogiéndose de hombros.&lt;br /&gt;Guerrero había asumido desde el principio la responsabilidad de proveer comida para todos, usando la magia, por supuesto. El puesto de cocinero lo había ganado gracias a sus grandes dotes de mago, incrementadas por su asistencia a la escuela Trutmagic, la más famosa del planeta Trutón (donde vivió hasta los seis años con su padre biológico). En aquella escuela sólo se admitía a los miembros de las más importantes familias de magos, a quienes ya se suponía (por herencia) la capacidad para asimilar los altos conocimientos que allí se impartían.&lt;br /&gt;De su padre biológico sólo recordaba el nombre, Kiet, y que ostentaba un estatus social que le elevaba a la categoría de mago más poderoso de Trutón. Durante algunas noches de insomnio aún sentía en el oído su forma de hablar pausada, semejante a un susurro, que se acercaba a su oreja para impartirle (con más cariño que normas docentes) la forma en que debía concentrarse e imaginar en su mente cualquier objeto conocido, para después crear de la nada otro igual. A la edad de cuatro años ya era capaz de crear todo tipo de cosas conocidas, almacenadas en su mente, y trabajaba con ahínco en la imaginación de otras inexistentes que pudieran tener alguna utilidad para la vida cotidiana.&lt;br /&gt;Nunca llegó a conocer a su madre. Al parecer, según contaba Kiet, había muerto poco después de nacer él, víctima de un desafortunado experimento para diseñar un vehículo capaz de desplazarse por el suelo, en vez de hacerlo por el aire como siempre había sido. Fue un experimento catalogado desde el principio como innovador, pero absurdo y nada práctico. Para la generalidad de los habitantes de Trutón resultaba evidente que el transporte por el suelo sería mucho más lento que por aire, debido a la superior resistencia que ofrecía la artea. No obstante, Kilia, que así se llamaba su madre, perseveró en su inútil invento hasta que consiguió llevarlo a cabo. Pero halló la muerte en un aparatoso accidente que tuvo lugar el día que realizó la primera prueba, cuando el estrafalario vehículo se desprendió repentinamente de las ruedas mal colocadas. Aquel desajuste, unido a la inexperiencia de la piloto, provocó el desvío de la trayectoria del vehículo, que se precipitó hacia el fondo de un terraplén quedando hecho añicos en el fondo.&lt;br /&gt;Su padre (muy creativo en el diseño de todo tipo de aeronaves y otros instrumentos) carecía de imaginación para la cocina. Por ese motivo siempre recurrían al pet, que era algo similar a un guiso de carne (cuya procedencia desconocía, aunque se lo preguntaban a cada momento, precisamente por desconfianzas acerca de su origen) que mezclaba con todo tipo de verduras. En algunas ocasiones el pet también se componía de alguna especie conocida de pescado, que pasaba de la imaginación a la olla en pocos instantes.&lt;br /&gt;Gracias a su padre adoptivo, Samuel, había añadido a su recetario muchos dulces propios de la Tierra, que su madre adoptiva Laila comía sin ningún tipo de recato ni preocupación ante los estragos que estaban causando en su ya más que rechoncha silueta.&lt;br /&gt;En cuanto a la bebida, se limitaba a proveerles de lo único que conocía: el agua (y últimamente el café y la leche para el desayuno). Aunque tampoco recibía muy buenas críticas por parte de los comensales, que le habían encontrado todo tipo de defectos y constantemente alegaban que sabía a “oxido y a sal”. Por ese motivo habían tratado de transportarla en vasijas desde el río que surcaba el valle, pero desistieron al segundo intento porque tenían que ir de noche para evitar ser vistos desde alguna nave de las que sobrevolaban la zona y, además, el camino era muy pendiente y escarpado. El primer día regresaron todos con algún tipo de lesión y tardaron un tiempo en volver. El segundo intento tampoco fue mejor y terminaron desistiendo.&lt;br /&gt;Samuel insistía en que un arroyo surcaba el interior de la cueva, que podía escuchar el movimiento de sus aguas. Pero él, vencido por la depresión, no hizo amago de explorar el interior en busca del agua, y los demás no lo intentaron, alegando que allí no había ningún arroyo, que eran delirios de Samuel; tratando de ocultar que en realidad sentían miedo a adentrarse en la oscuridad.&lt;br /&gt;Pero, quejas aparte, la realidad era que, hasta hacía pocos días, todos comían con avidez lo que les preparaba y las críticas se habían convertido en una costumbre que Guerrero encajaba con buen humor, aunque hubiera preferido los halagos.&lt;br /&gt;Jamás pensó que llegaría a echar de menos las quejas al respecto de su recetario de cocina, hasta que fueron sustituidas por la inapetencia y la desgana generalizada que siguió a la muerte de Melina. Desde entonces las comidas transcurrían en medio de un prolongado silencio que sólo se veía alterado por el ruido de los cubiertos.&lt;br /&gt;Para evitar el esfuerzo de crear diariamente platos, vasos y otros utensilios, se lavaban los ya existentes, empleando un barreño de agua que Guerrero “llenaba” después de cada comida. Para hacer ese trabajo se habían establecido turnos de dos y aquel día eran Laila y Jerima las agraciadas.&lt;br /&gt;Después de las comidas, que transcurrían rápidas y silenciosas, se levantaban para dirigirse a sus habitaciones a descansar (los que tenían ese privilegio) o a sus turnos de vigilancia, los que estaban asignados en el cuadrante que presidía la puerta de entrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;……..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada noche Samuel deseaba que llegara la hora acostarse y rogaba para que el sueño se presentase pronto. A menudo sonreía pensando en lo agradecida y bondadosa que es la felicidad cuando se le pide poco. Él era feliz con unos sueños que se reiteraban lo mismo que las noches y le traían la presencia de una persona imaginaria que había llegado a convertirse en el condimento que aportaba a su vida el sabor de la dicha.&lt;br /&gt;Aquella noche (como todas, desde hacía un tiempo) acudió a su cita junto al lago y, con la ilusión propia de un enamorado, esperó con ansiedad y expectación para verla aparecer por el camino, envuelta en aquella luz mágica que sólo ella desprendía y que a él le iluminaba el pecho.&lt;br /&gt;Pasó un tiempo impreciso, imposible de medir por la alta dosis de anhelo que contenía, y ella no aparecía.&lt;br /&gt;Mientras su mente cavilaba sobre las posibles causas de la ausencia, los pies calmaban la ansiedad dibujando círculos alrededor del árbol milenario, en una caminata que parecía no tener fin. Quizá no había podido dormir, quizá estaba enferma o… le había abandonado. Decidió desterrar esa última posibilidad, por lo dolorosa que le resultaba. En cualquier caso, dado el tiempo transcurrido, era muy poco probable que ella acudiera a la cita.&lt;br /&gt;Despertó bañado en un sudor frío que le helaba el alma. Estaba angustiado y el corazón latía en su pecho como una locomotora a punto de estallar. A su lado, Laila dormía placidamente con una media sonrisa dibujada en la boca. Representaba la viva imagen de la felicidad.&lt;br /&gt;Intentó quedarse junto a ella y contagiarse de aquel ambiente sosegado, pero su ansiedad no le daba tregua y parecía un caballo desbocado, dispuesto a arrollar todo cuanto encontrara a su paso.&lt;br /&gt;“Necesito regresar a la Tierra”, pensó, completamente seguro de que se estaba volviendo loco. Ella, el lago y aquellas citas nocturnas no eran sino malas pasadas que le jugaba el subconsciente, que clamaba por volver a la tranquilidad de su casa en la calle del Peral. Pero ¿cómo regresar? Podría “construir” una nave, pero desconocía las coordenadas para hacer el viaje de vuelta a La Tierra. Le había resultado relativamente fácil llegar hasta Kimismo, pero las coordenadas de regreso eran diferentes. Además, había adquirido una responsabilidad porque había engendrado un hijo y adoptado otro. Por otro lado estaban los kimismanos, que dependían de él para alcanzar su libertad. No podía regresar. Aún no. En su imaginación vio cómo el techo cedía bajo el peso de la responsabilidad y amenazaba con aplastarle contra el suelo.&lt;br /&gt;Se levantó de la cama y, a hurtadillas, salió de la oscura habitación, guiado por sus poderes para ver en la oscuridad (gracias a que sus ojos poseían la capacidad para distinguir objetos más allá del espectro luminoso). Se encaminó escalera abajo y, procurando hacer el mínimo ruido posible, salió de la casa.&lt;br /&gt;--- ¿Quién anda ahí? ---preguntó Anti, que montaba guardia en la parte frontal.&lt;br /&gt;---Soy yo, Samuel. No puedo dormir y me apetece salir a dar una vuelta. Perdón por no haber avisado con anterioridad.&lt;br /&gt;Contestó, al ver el sobresalto que había causado en el rostro famélico de Anti, que siempre lucía el mismo aspecto enfermizo, a pesar de que devoraba cantidades ingentes de comida. Lo mismo ocurría con Salu, su hermano gemelo. Eran hijos de Zetu pero, por un capricho de la genética, no habían heredado ni su estatura ni su complexión atlética.&lt;br /&gt;---Voy a adentrarme en el interior de la cueva. Hace tiempo que tengo ganas de hacerlo, desde que Jerima nos relató lo que ocurrió el día que murió Melina, refiriéndose a que fueron atacadas por seres misteriosos que aparecían y desaparecían con la velocidad del rayo.&lt;br /&gt;--- ¿Quieres que te acompañe? No debes entrar ahí tú solo. ---sugirió Anti, frunciendo el ceño en gesto de preocupación.&lt;br /&gt;---No te preocupes. Nada me puede ocurrir. Además, me volveré invisible tan pronto rebase la parte conocida de la cueva.&lt;br /&gt;Samuel no tenía ninguna intención de hacerse invisible, pero en esos momentos le hubiera molestado cualquier compañía, aunque tuviera tan buenas intenciones como las de Anti.&lt;br /&gt;Avisó telepáticamente a Salu, que hacía guardia en el otro lateral de la casa (el lado que miraba al interior de la cueva), con el fin de no asustarle.&lt;br /&gt;Pasó por su lado sin dirigirle la palabra y siguió caminando con paso decidido hasta que llegó al sitio donde habían encontrado el cadáver de Melina. Allí se detuvo para volver a inspeccionar el lugar de los hechos a solas, sin la presión, la urgencia y el público que acompaña a las tragedias recién acaecidas. Dedicó especial atención al lugar que había acogido el cuerpo de la difunta. Allí la artea adquiría tintes más oscuros, por combinación con la sangre derramada. Samuel se agachó y pinzó con sus dedos una muestra de artea, aún húmeda, espumosa y más negra de lo habitual. Con gesto instintivo sacudió las manos repentinamente, para deshacerse de los restos orgánicos que se habían adherido a ellas como el pegamento. Siguió tanteando en busca de posibles pistas. Todo estaba en su sitio, aparentemente. En el suelo, cientos de pisadas de todos los tamaños ahondaban en el suelo húmedo y morían en aquel mismo lugar; ninguna iba más allá, hacia el interior de la cueva. Había pequeñas piedras esparcidas sobre el suelo en un desorden natural, pero ninguna tenía el tamaño suficiente como para causar la colosal herida que presentaba el cráneo de Melina, y ninguna era tan afilada como para rasgar sus vestiduras y penetrar en la carne con la precisión de un puñal.&lt;br /&gt;Cuando se convenció de que el suelo no le ofrecería nada novedoso, levantó la vista para comprobar qué le deparaba el resto. Las paredes y el techo se componían de una mezcla de artea pardusca, veteada con roca firme de aspecto similar al granito, y algún que otro hierbajo que se aferraba a la vida minimizando sus funciones vitales y aprovechando al máximo la poca luz que le llegaba desde el exterior.&lt;br /&gt;Reparó especialmente en dos grandes rocas, que captaron su atención por lo desproporcionado de su tamaño en comparación con las pequeñas piedras que alfombraban el suelo de la cueva. Por su ubicación (adosadas a la pared lateral derecha) podrían constituir un parapeto perfecto para un atacante al acecho. Aunque estaban a dos metros escasos del lugar donde hallaron el cuerpo de Melina, no había reparado en ellas el día de los hechos, quizá porque aquel día su atención se centró en la búsqueda de restos de sangre y armas mortíferas.&lt;br /&gt;Se acercó a la primera roca. Medio metro más atrás estaba la segunda. Se colocó entre ellas, comprobando que constituían el escondite perfecto. Alcanzaban la altura de su pecho y le ofrecían una visión panorámica de la entrada, sin posibilidad de ser descubierto porque estaba amparado a partes iguales por la oscuridad (que a aquella distancia ya era notable) y por la formidable protección que daban ambas rocas.&lt;br /&gt;Cuando ya se disponía a abandonar su privilegiado parapeto, captó otra vez su atención una mancha oscura que se posaba sobre el lomo de la segunda roca. Al mirar con más detenimiento el estómago le pegó una sacudida que le obligó a desviar la vista durante unos momentos para templar sus pensamientos y proveerse de la objetividad suficiente para analizar lo que estaba viendo. Probó otra vez. Una mano negra se plasmaba con todo detalle sobre la roca. Era una mano derecha, pequeña y de seis dedos, cuyo titular era alguien joven, a juzgar por el tamaño y porque las huellas dactilares aún estaban muy poco marcadas.&lt;br /&gt;Samuel sabía que, a diferencia de los humanos que ya nacen provistos de huellas dactilares, los kimismanos vienen al mundo con las manos lisas. Los surcos se van formando con el paso de los años, de tal manera que las huellas no se hacen totalmente visibles hasta que alcanzan una edad aproximada entre veinte y veintidós años.&lt;br /&gt;Por lógica, la mano que se dibujaba sobre la roca no pertenecía a ninguno de los que habitaban la casa de la entrada de la cueva. En su confusión, Samuel dio un repaso a esa posibilidad pero no le encontró cabida. Los más jóvenes eran Rio y Guerrero, pero sus manos eran humanas y por tanto tenían cinco dedos. Y todos los demás tenían edad suficiente como para que sus huellas también alcanzaran la madurez.&lt;br /&gt;Llegó a la conclusión de que no eran los únicos habitantes de aquella cueva y que, fuera lo que fuera lo que se ocultaba allí dentro, tenía que descubrirlo para poder proporcionar a los suyos la seguridad adecuada.&lt;br /&gt;Había demorado demasiado tiempo la inspección de aquel lugar. Debió haber revisado toda la cueva cuando tomaron la decisión de habitarla, pero aquella extraña depresión le había mantenido atado a su habitación a través de unas cuerdas invisibles que le impedían moverse y cuando salía al exterior no se sentía con fuerzas suficientes para hacer inspección alguna. Por aquel entonces, ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de que aquel lugar podía guardar algún peligro en su interior. Creía que las posibles amenazas vendrían todas del exterior, quizá en forma de tripulantes de naves que avistaran la casa desde lo alto y alertaran a Magmalignus. Por eso su única precaución había sido ocultar la casa tras aquellos arbustos que plantó en la boca de la cueva.&lt;br /&gt;Con tal determinación continuó caminando hacia las entrañas de la cueva. Unos quinientos metros más adelante (Samuel aún no se había acostumbrado a medir la distancia en escais) el sendero se abría de repente dando paso a una enorme gruta, cuyos flancos y techo se adornaban con admirables colgantes que el agua y el paso de los siglos habían regalado a aquel mágico lugar. Por el costado izquierdo un riachuelo surcaba la cueva rompiendo el silencio con su murmullo dejando un aroma a tierra mojada que enfriaba el ambiente.&lt;br /&gt;--- ¡Samuel! ¡Samuel!&lt;br /&gt;Sobresaltado, miró hacia todos lados tratando de identificar la dirección de la que provenía aquella voz femenina que le resultaba familiar. ¿Le habría seguido Laila? Parecía improbable, dada la profundidad del sueño en el que la dejó.&lt;br /&gt;Miró hacia todos lados antes de contestar. La voz le resultaba conocida, pero no la relacionaba con nadie de la casa.&lt;br /&gt;--- ¿Quién eres? ¡Da la cara! ---dijo al fin en tono retador y desafiante.&lt;br /&gt;---Voy caminando hacia ti. Espérame ahí. Tengo algo muy importante que decirte. ---contestó aquella voz, suave, agradable y… conocida, cuyo eco se repetía mil veces en la cueva y en la mente de Samuel.&lt;br /&gt;--- ¿Quién eres? ---continuaba preguntando, continuaba preguntando mientras se esforzaba en localizar a su interlocutora.&lt;br /&gt;---Soy Monnie.&lt;br /&gt;--- ¿De dónde vienes tú? No conozco a nadie que se llame Mo--.&lt;br /&gt;De repente su garganta se acalló sin dejarle terminar de pronunciar aquel nombre, que no dejaba de sonar reiteradamente en su cabeza como un eco.&lt;br /&gt;Miró hacia el interior de la cueva. Una silueta femenina avanzaba por el camino hacia él y, con cada paso, se hacía más reconocible y familiar. ¡Era ella! La chica de los sueños. ¡¡Y venía desnuda!! Su piel blanquecina se abría paso en la oscuridad como la luna entre las nubes.&lt;br /&gt;Monnie… Monnie…, repetía el eco. ¡Monnie! ¡¿Seguía soñando?! ¡Aquello no era posible!. Recordaba perfectamente haber regresado del sueño en el que había estado esperándola a orillas del lago. Y ella no había acudido a la cita. Recordaba la angustia con la que se despertó en su cama, junto a Laila. Después bajó la escalera, salió de la casa. Aún tenía fresca en la mente su conversación con Anti, el descubrimiento de las dos rocas… No era posible que siguiera soñando.&lt;br /&gt;--- ¿Estoy soñando? ---fue todo lo que se le ocurrió preguntar cuando la tuvo de frente.&lt;br /&gt;---Ahora mismo no. Y yo tampoco. ¿Por qué lo preguntas? --- cuestionó ella en la creencia de que aquella pregunta tenía que ser pura casualidad, o que Samuel la hacía refiriéndose a su desnudez, pues no era posible que ambos compartieran los mismos sueños.&lt;br /&gt;Aquellos sueños eran obra de su mente, que desde que le vio le abrió las compuertas y él entró para quedarse. Pero Samuel no la conocía, no era posible que también hubiera soñado con ella.&lt;br /&gt;---Por nada… ---contestó, percatándose a tiempo de lo absurdo que resultaría decir que la había conocido en sueños.&lt;br /&gt;Repentinamente dejó de mirarla y corrió hacia el arroyo que serpenteaba a su izquierda, mientras su corazón latía desbocado y dispuesto a abandonar el pecho. Se tiró de bruces en la orilla para meter la cabeza en las templadas aguas, con la esperanza de que ese gesto le devolviera la vigilia o la cordura.&lt;br /&gt;Tras varias inmersiones continuadas tuvo la certeza de haber espantado el sueño y se incorporó, con la cabeza chorreando y la esperanza de que el espectro de la chica de los sueños hubiera desaparecido. Nada más levantar la mirada se encontró con la de Monnie, sonriendo y esperando pacientemente a que terminase. Ella mantenía un gesto descarado, con las manos pegadas a la cintura dando a su cuerpo forma de jarrón de porcelana fina.&lt;br /&gt;--- ¿Has terminado? ¿Podemos hablar?&lt;br /&gt;--- ¿Aún sigues ahí? ---preguntó Samuel, turbado ante la desnudez de Monnie.&lt;br /&gt;---Sigo aquí porque no estás soñando y ni toda el agua de este riachuelo podrá hacerme desaparecer. Aunque metas la cabeza otras cien veces en ella, seguiré estando aquí.&lt;br /&gt;--- ¿Nos conocemos? ---preguntó él.&lt;br /&gt;---Yo a ti te conozco. Te llamas Samuel y habitas la casa de la entrada de la cueva. ---contestó ella, sin ceder un milímetro de sonrisa.&lt;br /&gt;---Quiero decir… ¿nos conocemos de algo más? ¿De algún sueño quizá? ---“¡Qué tonterías digo!”, pensó, ya demasiado tarde.&lt;br /&gt;---Creo que sí. ¿Te suena un hermoso lago, rodeado de montañas? --preguntó ella, arriesgándose a meter la pata, segura de que aquél lugar no le sonaría de nada, pero deseando que la respuesta fuera afirmativa.&lt;br /&gt;---Allí hay un árbol solitario donde espero cada noche…&lt;br /&gt;---Donde acudo cada noche… ---interrumpió ella.&lt;br /&gt;---Entonces… ¡eres real! Los dos hemos soñado lo mismo, conocemos los mismos sitios… ---comentó Samuel, sin terminar de creer que estuviera despierto.&lt;br /&gt;--- También conozco la Tierra y una casa que hay allí, con un espejo a la entrada y un salón que alberga una gran librería repleta de historias…&lt;br /&gt;Monnie interrumpió su relato al observar que Samuel no levantaba la vista del suelo y parecía ajeno, distante y pensativo. Quizá su historia en común estuviera bien dentro del marco de los sueños, como el personaje de un cuadro que gusta observar en determinados momentos, pero que resultaría problemático si abandonara el lienzo para participar en la vida diaria del observador. En cualquier caso, no eran los sueños lo que la había llevado hasta Samuel, sino asuntos de mayor urgencia y gravedad.&lt;br /&gt;--- ¿Quién eres, qué haces aquí y por qué vas indecentemente desnuda? ---preguntó él bruscamente, dirigiéndole una mirada severa que no daba opción a la evasiva.&lt;br /&gt;---Este es mi hogar. Vivo aquí desde hace siglos. ---contestó ella, no reconociendo a su interlocutor bajo aquella mirada sombría.&lt;br /&gt;---Te hice una pregunta y no aceptaré tomaduras de pelo. ¿Quién eres y qué haces aquí? ---volvió a preguntar Samuel.&lt;br /&gt;---La explicación es larga y no tenemos tanto tiempo. Vine a prevenirte de que algo grave está ocurriendo al otro lado. ---contestó ella, angustiada.&lt;br /&gt;---Te repito la pregunta ¿Quién eres y qué haces aquí? Y tengo todo el tiempo del mundo para escuchar tu explicación.&lt;br /&gt;---Está bien. Trataré de ser lo más breve posible. Acomódate en el suelo o encima de una piedra, si quieres, porque el relato será largo de todas formas. ---contestó ella con ironía.&lt;br /&gt;Monnie no disponía del tiempo suficiente como para relatar a Samuel todas las peripecias ocurridas desde hacía quinientos años, pero también sabía que no la dejaría marchar así como así, sin explicar quién era y el motivo de su presencia en aquel lugar. Así, atajando nimiedades, relató a grandes rasgos cómo era su vida en el Candai de hacía quinientos años, la invasión, el traslado a Atia donde recibieron el tratamiento que le transformó en inmortales, la maldición y la vida en el interior de la cueva.&lt;br /&gt;--- ¿Cuántos habitáis ese lugar? ---preguntó él por inercia, con la mente emborrachaba por el estremecedor relato que acababa de escuchar.&lt;br /&gt;--- Ahora quedamos veinte. Hubo cinco que lograron suicidarse… ---contestó ella, encogiéndose de hombros y tratando de ofrecer una incipiente sonrisa que no cuajó.&lt;br /&gt;---Es lo más espantoso que he escuchado jamás. Sólo una mente como la de Altrus puede ser capaz de idear una venganza tan cruel.&lt;br /&gt;Samuel se preguntaba cuántas sorpresas más le depararía el destino y aquél siniestro planeta, tan lejano del lugar que le había visto nacer.&lt;br /&gt;---De todos modos no vine hasta aquí para lamentarme, sino para hacerte partícipe de lo que está ocurriendo al otro lado de la cueva. ---reiteró Monnie.&lt;br /&gt;---Dime… ¿cuánto tiempo hace que nos observas? ---preguntó Samuel, obviando las palabras de Monnie.&lt;br /&gt;---Hace algún tiempo… aunque sólo he visitado el lugar en unas diez o doce ocasiones. Pero el problema no sois vosotros…&lt;br /&gt;--- ¿Qué ocurre entonces? ---interrumpió Samuel.&lt;br /&gt;---La cueva tiene dos extremos, el que habitáis vosotros y el otro, donde están los cunches, que permanecen esclavos de Altrus…&lt;br /&gt;--- ¿Tienes acceso a ellos? ¿Los has visto? ---volvió a interrumpir Samuel.&lt;br /&gt;--- Por eso vine hasta aquí. Si me dejas explicar…&lt;br /&gt;---Adelante.&lt;br /&gt;Samuel cruzó los brazos y se preparó para escuchar otra historia más. A esas alturas ya estaba completamente seguro de que nada ni nadie podía sorprenderle. En aquél extraño planeta todo parecía posible.&lt;br /&gt;--- Ayer fui hasta el otro extremo de la cueva, donde están los cunches. ---Monnie estaba nerviosa y las palabras le salían a borbotones---. Allí tengo preparada una mirilla que me permite observar el interior de uno de los barracones. Llevaba años sin ir porque nunca ocurría nada, simplemente llegaban de trabajar en las fábricas y se acostaban a dormir en viejos colchones tirados por el suelo; pero ayer decidí volver y pude comprobar que la disciplina se ha vuelto más permisiva, coincidiendo con la presentación de un nuevo jefe. No salía de mi asombro al ver que los cunches hablaban distendidamente mientras esperaban la llegada del recién estrenado mandamás y así, por casualidad, escuché una conversación que en principio parecía un diálogo entre dos enajenados. No tenía sentido alguno pero, al oírles mencionar tu nombre, presté más atención. Continué escuchando y poco a poco sus palabras fueron encajando como las piezas de un engranaje. Apenas podía creer lo que llegaba a mis oídos. Parece ser que cada noche desaparece uno de ellos, sin dejar ni rastro. Sólo queda de él su rafai intacto, sin indicios de haberle sido arrancado con violencia. Los guardias andan alborotados buscando los motivos de tan extrañas desapariciones, mientras que los infelices cunches no caben en sí de alegría creyendo que tú los estás liberando uno a uno para llevarlos a un mundo mejor.&lt;br /&gt;---Yo no tengo nada que ver en eso. ---se limitó a contestar Samuel, mientras en su cabeza anidaba un torbellino de dudas.&lt;br /&gt;---Lo sé… Y ahí está precisamente el problema. Si no eres tú… ¿qué es lo que ocurre en los barracones? ¿A dónde van? ¿Estarán huyendo?&lt;br /&gt;Con tanta sorpresa, Samuel no había tenido tiempo de reparar en la gravedad del asunto, simplemente guardaba toda la nueva información para tratar de encajarla posteriormente.&lt;br /&gt;---Esa alternativa me parece muy improbable. ¿Cómo van a huir? Supongo que actualmente las medidas de seguridad se habrán incrementado aún más, sencillamente porque Magmalignus no querrá correr el riesgo de que los esclavos vuelvan a tomar el poder. Cuando yo vivía en los barracones, los guardias cerraban herméticamente las puertas durante la noche. Además, en el supuesto de que consiguieran idear la forma de abrirlas, ¿por qué escapar desnudos? Es una idea disparatada.&lt;br /&gt;Al sacar a colación el tema de la desnudez, Samuel se percató de que Monnie había tapado parcialmente la suya sentándose en el suelo con las piernas flexionadas, cruzadas delante del tronco con los brazos abrazados a las rodillas.&lt;br /&gt;---Eso mismo pensé yo.&lt;br /&gt;Se hizo el silencio y él comenzó a sentirse incómodo. Ella permanecía sentada con la mirada varada en el suelo.&lt;br /&gt;---Debo marcharme. Creo que he tenido sorpresas suficientes por esta noche…&lt;br /&gt;No hubo respuesta por parte de Monnie. Ya le había facilitado toda la información de la que disponía (ocultando el hecho de que su hijo Rio era el nuevo Jefe al otro lado de la montaña) y, a partir de ese momento, era asunto suyo decidir si debía intervenir en el asunto, si era conveniente tomar medidas de seguridad extraordinarias, o lo que fuera. Ella le había puesto sobre aviso y ahí terminaba su cometido.&lt;br /&gt;Antes de girarse para retomar el camino de vuelta, Samuel lanzó furtivamente una mirada dirigida a los ojos de Monnie y contuvo la sonrisa que comenzaba a aflorar en las comisuras de su boca. Ella seguía sentada en la misma posición y con el semblante serio.&lt;br /&gt;---Me gustaría conocer a tu familia. ---escuchó decir a sus espaldas.&lt;br /&gt;---Todo a su tiempo…&lt;br /&gt;Sin atreverse a girar la cabeza para mirarla, apresuró la marcha empujado por un huracán de dudas que le obligaban a regresar a la relativa seguridad de su casa. Y lo que más le perturbaba de todo era el hecho de que ella existiera realmente. Había traspasado la barrera de los sueños y amenazaba con instalarse en su vida, aprovechando un cúmulo de problemas que supuestamente debían resolver juntos, o más bien que él deseaba que resolvieran juntos, a pesar de la falsa indiferencia que gobernó cada una de sus palabras y gestos durante la reciente entrevista que habían mantenido. Ella existía, era real y ponía de manifiesto que los cimientos de su relación con Laila se alzaban sobre el fango y se hundirían un poco más cada vez que Monnie pusiera un pie en su vida. Pero esa relación no podía ser porque Monnie era muy joven, casi una niña. Una niña de quinientos años, pensó Samuel para justificar sus sentimientos y abrir un hueco en el sólido muro que se erigía firme ante la posibilidad de una vida futura a su lado.&lt;br /&gt;Su angustia fue en aumento cuando, tras sortear el primer muro que le separaba de Monnie y descubrir que existía en la realidad, otros se fueron erigiendo en el interior de su mente atormentada. ¿Y si fuera ella la que causó la muerte de Melina? Todo encajaba. Había puesto de manifiesto sus visitas a la boca de la cueva. Además… estaba la descripción de Jerima: una figura blanca, de aspecto kimismano, ágil… El cuerpo de Monnie, desnudo, esbelto y vestido con una piel tan blanca como la leche alumbró su imaginación como una bombilla que le iluminaba y le quemaba al mismo tiempo.&lt;br /&gt;¿Y si fueran caníbales? Las horribles imágenes exportadas de algunas películas de cine acudieron a su mente proporcionándole una visión clara del rechoncho cuerpo de Melina cociendo a fuego lento en el interior de una enorme olla, en cuyo entorno danzaban en corro una docena de cuerpos desnudos cuya extrema blancura suavizaba el color naranja de las llamas, mientras en sus rostros se reflejaba la malvada sonrisa que alimentaba la gula con la promesa del macabro banquete que se estaba cocinando. La inmediata reacción de Jerima y la rápida respuesta de todos los de la casa para acudir al lugar de los hechos, habían frustrado sus planes y evitado que el cadáver de Melina fuera engullido por aquel grupo de salvajes que, para paliar el hambre habían buscado otras alternativas, hallando al final de la cueva una despensa de carne donde abastecerse. ¿Y si los cunches estaban corriendo la misma suerte que tenían preparada para Melina?&lt;br /&gt;Cuando quiso darse cuenta ya estaba al resguardo de su lecho, donde Laila dormía a pierna suelta, ajena a los acontecimientos que tambaleaban su vida como un terremoto.&lt;br /&gt;Pero su mente no paraba de barajar hipótesis. Recordó el viejo refrán que tanto había escuchado en Madrid: “al toro hay que agarrarlo por los cuernos”. En ese caso, el animal con el que lidiaba se mantenía oculto en el interior de la cueva dejando asomar sus cuernos a ambos lados, unas astas afiladas como cuchillos que segaban vidas para mantener en pie a la enorme bestia que no se dejaba ver.&lt;br /&gt;Y el hilo de conexión era Monnie. Ella había manifestado su deseo de conocer a los que vivían en aquella casa, y debía complacerla porque así también podría pedirle algo a cambio: el acceso a los suyos. Pero, antes de darle entrada en sus vidas, debía mantener una charla con los que vivían en la casa porque se hacía necesario adoptar fuertes medidas de seguridad, ya que ahora se tambaleaba la certeza que tenía anteriormente con respecto a que el asesino estaba en la casa, y asomaban nuevas variantes que trataban de explicar los hechos de manera muy distinta. Existía un alto porcentaje de posibilidades de que los que habitaban el interior de la cueva fueran los causantes de las desapariciones de los cunches y de la muerte de Melina.&lt;br /&gt;Pero, en el fondo de su corazón, y a pesar de todas las evidencias, Samuel buscaba incesantemente explicaciones de los hechos que alejaran a Monnie de toda culpa.&lt;br /&gt;Debía meditar detenidamente sobre lo ocurrido, barajando toda la información de la que disponía, antes de poner los hechos en conocimiento del resto de habitantes de la casa.&lt;br /&gt;A pesar del ambiente tranquilo que reinaba en la casa, no podía conciliar el sueño. Volvió a salir y se dirigió al interior de la cueva, buscando la soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Te han gustado los diez capítulos que has leído de este libro? Déjame tu comentario al respecto, para mí es lo más importante y, si quieres comprarlo para leer el resto, aquí te dejo el precio y el enlace a la librería donde se vende.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precio del libro en papel: 17,50 euros (+ gastos de envio)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precio del e-book: 4 euros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="TEXT-ALIGN: justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Puedes comprarlo en este enlace:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279"&gt;http://www.artgerust.com/libreria.php?id=1279&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8840288567177325999-3774358683065018642?l=kimismo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://kimismo.blogspot.com/feeds/3774358683065018642/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2011/02/capitulo-x.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/3774358683065018642'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8840288567177325999/posts/default/3774358683065018642'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://kimismo.blogspot.com/2011/02/capitulo-x.html' title='CAPITULO X:  &quot;El encuentro&quot;'/><author><name>elisa cotarelo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07035709233643884938</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_9-njq-Le4N8/S14OnJZfBzI/AAAAAAAAADY/k70r3VrcPu8/S220/P1010148.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
